noventa y siete.

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Siguió tocando.

No paraba de insistir.

Así que abrí, sin dejarla entrar.

Ella tenía lágrimas en los ojos.

Por un momento, pareció no saber cómo empezar.

Pero respiró, y soltó:

«Perdóname, por favor»
¿Qué?

No contsté.

Ella suspiró.

«Por favor, entiéndeme, él es especial»

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