ciento siete.

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Pasó un tiempo.

Pasé de ser las más charlatanas y conocidas, a la chica rara a la que dejaban sola.

Me convencí a mí misma de que estaba bien así.

Me convencí a mí misma de que unos auriculares y un libro hacían todo lo demás desaparecer.

Y mientras más fuerte sonaba el rock en mis oídos, mis pensamientos gritaban más fuerte tu nombre.

Y después de unos meses, un mensaje sonó en mi casilla.

Era tuyo.
«¿Estábas llorando hoy en la escuela?»

Y cuando no contesté mandaste otro.
«No te veía llorar desde que te obsequié la muñequera»

Y el último fue:
«Noté que aún la usas. Sabes que no me gusta verte llorar»

Y sí, las palabras eran dulces, metafórico tú; pero las acciones hablan más.

Así como tu acción del día siguiente.

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