ciento once.

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O al menos eso decía el papel en la cartelera, donde estaban las parejas asignadas.

Mi primer pensamiento fue que seguramente pedirías otra pareja.

Pero no lo hiciste.

Y hasta el día de hoy sigo pensando en que me hubiese gustado ver la cara de ella cuando se enteró.

No por maldad, es sólo que siempre me pregunté qué te habría dicho, como reaccionó; la conocía demasiado bien, pero aún así no imagino cómo fue.

Ahora es que noto las miles de dudas que dejaste rondando en mi cabeza.

Apenas leí la cartelera, sentí mis manos temblar.

Todo pareció ir lento ese día.

Pero de igual forma no quería ilusionarme.
Las cosas suelen acabar mal si esperas mucho de alguien.

Y la idea de que cambiarías de pareja era constante, casi seguro.

Y así, abatida, sin ningun tipo de esperanza de lo que ocurriría, me presenté al primer día del curso de desaprobados.

En ese entonces comprendí que es mejor no esperar nada de nadie, es mejor sorprenderse que desilusionarse.
Y tu me sorprendiste, metafórico tú.

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