ciento veinticinco.

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Nuestros apellidos resonaron en el pasillo, sin dejarnos tiempo a nada.

Sentía mis mejillas calientes, mientras caminábamos hacia el aula donde hacían las correcciones.

Mis manos empezaron a temblar, como siempre que estoy nerviosa.

Y tomaste mi mano, como siempre que veíamos una película de terror juntos.

Llevabas una sonrisa en tu boca.

Como si nada, ni una gota de nerviosismo.

Y con razón.

Las felicitaciones llegaron rápidas.

Nuestras caras parecían no poder mostrar más dientes.

Me abrazaste, levantándome del suelo, haciéndome girar.

Luego me dejaste en el suelo, a tiempo para atender tu celular.
Era ella.

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