treinta y seis.

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Y tú reíste, te había puesto miles de apodos; pero ese había llegado para quedarse.

Entonces tú me llamaste "gato" ¿de verdad? ¿no había algún otro animal en la tierra?

Y me dijiste: Elegí gato por ser el contrario del perro, pero con práctica, pueden llevarse muy bien.

En fin, cada día, durante dos meses y medio, yo llegaba y me acercaba a ti.

Tomaba el colgante en mis manos, y comprobaba que seguía limpio.

Y el día llegó.

Como dije, estabas nervioso.

Pocas veces te he visto así.

Por lo general, siempre eres muy calmado.

Me saludaste, y yo seguía incómoda por la estúpida palabra que había inventado.

Así que yo hablé poco.

Y justo antes del receso, más por rutina que otra cosa, te pregunté si ya lo habías grabado.

No me esperaba un «» por respuesta.

Me acerqué a ti, no me respondiste nada.

Y en el cuadrado de metal decía:

«Sí, ya la grabé, gato» con unas letras preciosas pero sencillas.

Era un dulce gesto, pero ¿gato?

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