cuarenta y cuatro.

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Volví a los sillones.

El chico volvió a acercarse.

Hizo otros chistes ridículos.

Él me agradaba.

Y no, metafórico tú, no me agradaba de ese modo; sólo que se sentía bien que alguien no te dejara de lado en una fiesta.

Y volviste.

«¿Puedo hablar contigo?»

Me levanté y te seguí.

«¿Ya me presentarás a tu amigo?»

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