ciento dieciocho.

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El día del exámen ambos llegamos temprano.

No habíamos quedado deacuerdo.

Siemplemente parecía natural.

Más que una coincidencia, un ritual entre nosotros.

Los bancos dobles se veían infinitamente pequeños a tu lado.

Estábamos haciendo la evaluación.

Escribiendo sin parar.

En realidad yo escribía, tu dictabas.

Y luego yo dictaba y tu escribías.

Todo era tan fácil, tan sencillo.

Hasta que colocaste tu mano en mi rodilla, justo donde terminaba la pollera del uniforme.

De repente quedé en blanco.

Paré de escribir.

Ni siquiera recordaba qué debía continuar en la oración que ya había empezado.

Levanté la vista a tus ojos.
Tus ojos raros.

Me estabas sonriendo.

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