cincuenta y seis.

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Tu amigo (es gracioso como todo gira en torno a ti) me mandó un texto esa misma noche.

Texteamos hasta el amanecer.

No hablamos de nada en específico, pero parecíamos no poder dejar de teclear palabras.

Y se convirtió en un hábito entre nosotros: tomar café juntos en la madrugada, cada uno desde su hogar.

Vimos el amanecer varias veces.

Bromeamos sobre todo.

Nos quejamos sobre todo.

Él era ingenioso.

Él era inteligente.

Él era gracioso.

Él era simpático.

Pero no eras tú.

Me esforcé mucho en sacarte de mi cabeza.

Y él se buscaba camino rápido.

Estaba derrumbando mis murallas.

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