ciento quince.

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Así, sin previo aviso, creamos nuestro propio rincón inadecuado, donde podíamos vivir en el pasado.

Todas las clases nos sentábamos atrás.

Charlábamos.

Reíamos.

Bromeábamos.

Jugábamos.

En fin, era todo casi tan perfecto como lo era meses atrás.

Teníamos una hora, día por medio.

Y la aprovechamos al máximo, la exprimíamos.

Al sexto día caí en la cuenta de que al terminar el curso, todo volvería a ser como antes.

Sólo que me hundiría más profundo.
Porque me permití volar.
Y tenía las horas contadas para caer.

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