ciento nueve.

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Quería buscarte.

Quería una explicación. 

Pero un pensamiento rondó en mi mente toda la hora.

¿Explicación de qué? ¿quién era yo para pedirte explicaciones? 

Absolutamente nadie. 

Aún así, apenas tocaron el receso salí disparada hacia el otro extremo de la escuela, donde estaba la otra división. 

Y me frené antes de entrar al aula. 

Estabas allí.

Estabas con ella. 

Le escribías algo en su cuaderno, mientras ella estaba distraída. 

Luego ella volteó, y sonrió sorprendida al ver lo que escribiste. 

Se acercó a ti, y te besó. 

Y luego se separaron, con una sonrisa en sus labios. 

Ambos se veían felices.

Y corrí.

Corrí tan rápido como pude. 

Choqué con algunas personas, no podía ver bien por dónde iba. 

Ni hacia dónde iba, sólo quería salir de ahí.

El cubículo de un baño no es el mejor lugar para llorar, pero fue el único que conseguí. 

Fue ahí cuando noté, bastante tarde además, que yo era la que sobraba. 

Que los sentimientos que creía recíprocos, no lo eran.

Que en realidad ella no nos separó, no había nada que separar. 

Que el amor que veía en tus ojos cuando me mirabas, no estaba allí.

No estaba allí para mi, al menos. 

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