ochenta y siete.

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Y el lunes llegó.

Yo llegué temprano, como siempre.

Tú llegaste más tarde.

Y apenas llegaste, tuviste un gran recibimiento.

No alcanzaste a cruzar la puerta que tus labios besaron otros labios.

Y la cosa es, metafórico tú, que no eran mis labios.

No eran mis brazos los que te rodearon.

No eran mis ojos los que tu mirabas.

No era yo a quien levantaste del suelo en un abrazo.

No era yo a quien le tomaste la mano.

Ambos se acercaron a mi, con una sonrisa.

La tuya era real.

La de ella no, parecía nerviosa.

La mía tampoco.
Es difícil sonreír, aguantando las lágrimas.

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