setenta y nueve.

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Llenaste mi casilla de mensajes.

En cada uno te disculpabas.

Pero en ninguno pusiste el por qué.

Cada mensaje era una repetición del anterior.

Y al mismo tiempo, cada uno era único.

Y el sábado llamaste.

A la madrugada.

Estabas ebrio.

Estabas llorando.

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