32. Davo

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No sé cómo dejé que Malena me convenciera de aceptar la invitación de aquel correo. Habían pasado dos semanas y aún faltaba otro par para que se concretara el dichoso reencuentro de exalumnos. De repente, no podía pensar en otra cosa. ¿Quería realmente ir? ¿De verdad deseaba volver a ver a toda esa gente después de tantos años? Después de tanto tiempo de haber intentado esconder el pasado al que pertenecían en el rincón más apartado de mi subconsciente.

Había pretendido borrar a aquel otro David, el crédulo, el que aún confiaba en la bondad de los otros. El que llevaba el pecho desprotegido, vulnerable a las desilusiones que pueden flagelarnos. Creía que negando los recuerdos se podía también eliminar todo el dolor sufrido.

¿Acaso alguien puede olvidar a su antojo?

Evidentemente, no.

Todo aquel sufrimiento parecía haberse ido acumulando con el correr del tiempo. Quizá por mi culpa, por haber intentado edificar sobre la inconsistencia de una herida que no se había curado, que había dejado marcas ocultas y que aún escocía bajo las cicatrices.

Había huido tan lejos como había podido, pero tal vez es imposible huir de uno mismo.

—Señor, ¿otra vez no va a comer? —me preguntó mi asistente, devolviéndome de mis pensamientos.

Levanté la cabeza y la descubrí observando con perplejidad el plato que mantenía intacto frente a mí.

—No tengo hambre, Malena. Gracias.

Entendí su gesto inequívoco al retirarlo de la mesa tal como lo había dejado, sacudiendo la cabeza con resignación mientras caminaba de vuelta hacia la cocina.

—¿A qué hora viene el auto? —quise saber.

—En diez o quince minutos, señor.

—Me voy a cambiar entonces —dije, poniéndome de pie y dando algunos pasos camino a mi cuarto.

Me sentía ansioso por tener que salir a la calle. Las pocas veces que lo había hecho desde mi arribo, habían sido un completo desastre. Los periodistas no dejaban de hacer guardia en la entrada del edificio al que me había mudado. Inclusive, varios de los vecinos ya se habían quejado por las molestias que causaban a toda hora tanto en el acceso peatonal como de vehículos.

—¿Vendrá conmigo al mall? —le pregunté deteniendo mi marcha.

—No, mi señor. Debo reunirme con el estudio de abogados, por el tema de la discográfica que exige que cumplamos el contrato firmado hace tres años.

—Ah, cierto; me había olvidado.

—El joven Augusto parece muy correcto, ofreció cerrar su atelier para aguardar su llegada. No creo que deba lidiar con nadie dentro del local.

—No se preocupe. Igual me acompañará el guardaespaldas. Solo preguntaba por si quería venir.

—Es usted muy amable, señor.

Caminó hacia mí, estirando sus brazos hasta alcanzar mi rostro. Colocó las palmas de sus manos sobre mis mejillas. Sus gestos se tornaban cada vez más próximos, casi maternales. El contacto de su piel cálida y gruesa me resultaba reconfortante. Sus ojos oscuros buscaron algo en los míos. Me intimidaban ese tipo de interacciones. En algún momento de mi vida había llegado a la conclusión de que todo el que se me acercaba buscaba lastimarme. Desvié la mirada.

—¿Va a estar bien, señor?

—Sí, Malena. De verdad, no debe preocuparse.

—Se lo ve cansado.

TAMBIÉN LO RECUERDO TODODonde viven las historias. Descúbrelo ahora