Tres días después, Nevin y Marie marcharon a comprar un par de sobres y sellos para escribir a Manfred, y Eliana, antes de ponerse a buscar la llave, escribió una carta para su amor, aquel amor que dejaba atrás por proteger a su familia:

"Querido Nevin, si estás leyendo esto es porque ya no estoy. Siento marcharme por ti, porque vaya donde vaya te estaré echando de menos a cada instante, no dejaré de pensar en ti. No vengas a buscarme, sabes que eso significaría jugarte la vida y ya bastantes cosas has hecho por mí. Perdóname por haberte hecho daño y por haber escuchado la conversación con tu madre en la que se nombraba una llave de respuesto. Dile también a Marie que ha sido un orgullo estar un año y medio junto a ella y que gracias por su hospitalidad. Si me odias lo entendré, ya que yo me estoy odiando por abandonarte, pero necesito cuidar de Clara y sé que lo conseguiré. Merecerá la pena, por fin podré ver a mis padres. Cuídate y no tengas miedo de seguir adelante. Te querré siempre. Eliana"  

Dejó la carta encima de un mueble que fuera visible ante los ojos de Nevin y comenzó a buscar la llave por todos los lados revolviendo cada cajón, cada rincón, cada mueble hasta encontrarla oculta dentro de un calcetín. La cogió, abrió la puerta con ella y abandonó la casa tras un fuerte suspiro sin saber a lo que se enfrentaba, estaba dispuesta a continuar luchando aunque la gente supiera quién era realmente. Anduvo y anduvo hasta llegar a un camión que estaba deportando judíos. Allí se acercó y preguntó a dónde llevaba, a lo que los soldados respondieron que a los barracones de Auschwitz. Eliana con valor y miedo a la vez, sacó su carnet de identidad verdadero y se lo enseñó a los demás.

-Entonces yo también debo subir...-dijo Eliana-

Uno de ellos la cogió del pelo con fuerza y la subió de golpe con furia al camión donde ya se hizo su primera herida en la palma de las manos. Nevin ya había leído la carta y la buscaba por los rincones de Berlín desesperado hasta encontrar aquel camión que estaba a punto de marchar. Corrió hacia él y allí la vio dentro. Cuando se vieron las caras, Eliana empezó a llorar y Nevin se contuvo. 

-¿A dónde se dirige?.-preguntó Nevin a un soldado-

-A Auschwitz.-contestó-

El auto comenzó a moverse rumbo a los trenes y Nevin con gran dolor la vio marchar hacia la muerte. Se fue a casa y allí se dispuso a entrar en ese campo fuera como fuera aunque tuviera que llevarse una vida por delante con tal de estar de nuevo al lado de la mujer que amaba. Preparó también sus cosas para presentar de nuevo una petición en persona allí mismo y demostrar a todos los que estuvieran presentes lo que era capaz de hacer para entrar dentro y proteger a Eliana en secreto. Durante el viaje en el camión, muchas personas y un silencio inmenso que daba miedo, interrumpido paulatinamente por los niños preguntando a dónde iban. Las respuestas eran variadas, pero la que más se repetía era: "No lo sé". Eliana solo podía pensar en si iba a conseguir el reto de entrar en el campo con vida cuando algún alemán que la conociera (como Egbert), descubriera que había mentido para protegerse, lo que no sabía, era que ahora debía conseguir salir con vida de los vagones de tren. Al llegar a la estación, los hicieron bajar a gritos, a empujones tan fuertes que algunos llegaron a caer con fuerza al suelo haciéndose heridas. Por suerte, Eliana se dio prisa y consiguió salir sin recibir golpes en su cuerpo. A parte de todos los que habían viajado en el camión, había como cientos y cientos de personas a la espera del tren vigilados por más soldados para que no hubiese ninguna fuga. Ella miraba a todos sus alrededores totalmente desorientada, confusa, deseando volver atrás junto a Nevin por una parte y por otra, deseando salir ya de allí y correr a abrazar a su familia. En silencio y sola, se puso también a la espera cuando de pronto, no muy lejos de ella, vio a Egbert vigilando de un lado a otro y cada vez acercándose más. Lo único que se le ocurrió hacer fue dar unos pasos más atrás para perderse entre la gente que era más alta que ella. Todavía no tenía valor para mostrar la verdad ante aquel soldado tan malo y detestable que había matado a uno de sus amigos a sangre fría y llevado presos a sus padres como perros. Cuando Egbert pasó por allí se paró en seco observando a aquella gente que él consideraba basura, y Eliana se alborotó los pelos poniendo algunos en su rostro para taparlo un poco deseando no ser reconocida. Él la miró, de echo se acordó de Eliana, pero por suerte no sabía que era ella. Continuó andando de un lado a otro y suspiró de alivio al verlo más alejado. Un pito se escuchaba aproximarse a gran velocidad; el tren ya había llegado por fin. Los vagones eran rojos y poco espaciosos donde metían en cada uno a unas cincuenta personas como mínimo. Empezaron a meterlos en los vagones con golpes y gritos que se oían a kilómetros de distancia. Un soldado cogió a Eliana del pelo metiéndola dentro de un empujón, por superte logró mantener el equilibrio sin caer. En el interior había un simple cubo de agua y unos diez vasos, lo que significaba que tenían que distribuirse el agua para todos sin que cundiera el pánico. Una vez el tren en marcha, un hombre de avanzada edad con el pelo blanquecino y barba, se levantó poniéndose en el centro, rodeado por todos los demás compañeros. Todos los que estaban allí concentraron su atención en él, que esperaba el silencio para disponerse a hablar:

-Tenemos un cubo de agua al día y poco suministro de pan...Debemos permanecer unidos y repartirnos todo lo que nos den. Es muy importante que me hagáis caso. Por la supervivencia. Mi nombre es Samuel Polanski, soy médico.

-¿Y cómo garantizas que vayamos a sobrevivir si todos colaboramos?.-preguntó una mujer-

-Porque sé que hay suficiente para todos si lo hacemos bien.

La gente comenzó a murmurar. Unos decían que era una locura y otros que podía funcionar. Entonces Eliana dio un paso adelante poniéndose al lado de aquel hombre.

-Tiene razón, podemos conseguirlo si todos estamos juntos en esto...¿Lo estamos?.-dijo ella-

Asintieron todos. El médico y la joven se miraron.

-Gracias.-dijo él-

-Si hay que colaborar, mejor que sea ya. Me llamo Eliana.

Ambos se dieron la mano sonriendo dispuestos todos a cumplir con el plan para que lograran sobrevivir. 

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!