Eliana le miró por última vez y se retiró de la vida de su amigo, que se quedó totalmente destrozado al ver que la niña de sus ojos se alejaba nuevamente de su vida y no podía hacer nada para evitarlo. Nevin, que sujetaba en sus manos las cartas, las lanzó fuertemente contra el suelo sin coger ninguna, seguidamente, comenzó a dar patadas a los papeles bajo la antenta mirada de algunas personas que lo conocían.

Tras dejar marchar a Eliana, se fue hacia su casa, soportando a parte, la presión familiar que tenía con sus padres. Al llegar, solo se limitó a cerrar la puerta de golpe y subir las escaleras hasta llegar a su habitación. Marie, su madre, se dio cuenta de que a su hijo le había pasado algo en la ciudad, asíque subió hasta arriba, abriendo la puerta de la habitación de Nevin, que estaba encima de la cama con los brazos rodeando las rodillas y la cabeza agazapada mientras soltaba pequeños sollozos y moqueaba continuamente.

El muchacho sabía de sobra que había entrado su madre al cuarto, por eso decidió frenar sus llantos, no le gustaba llorar en público, era algo que detestaba más que demasiado.

-¿Nevin?.-preguntó su madre sentándose a su lado-

Pero él no subió la cabeza, se quedó en la misma posición.

-¿Qué te ha pasado?.-volvió a insistir Marie-

Nevin levantó la cabeza, sus ojos ya estaban rojos, llorosos y llenos de tristeza.

-Una mujer....-atinó a contestar puesto que la desgana y la melancolía le impedían hasta respirar-

-Y esa mujer no te corresponde, ¿no?

-Ella es perfecta para mí, pero se ha enamorado de alguien que no la merece, que la controla, que la ha alejado de sus amigos e incluso de mi vida porque solo la quiere para él.

-¿Es tu amiga?

-Lo era. Ahora tengo que aprender a vivir sin ella.

Marie abrazó a su hijo, y Nevin supo ser fuerte ante sus sentimientos, no lloró, aunque el no desahogarse era evidente que le mataba por dentro. Aquel abrazo fue interrumpido por Manfred, que tenía sobre sus manos el uniforme militar. Había conseguido entrar en la unidad con toda su inteligencia para servir las necesidades de Hitler. Presumía de traje delante de su familia, pero Nevin negaba con la cabeza y pensaba qué había sido de su verdadero padre, Manfred nunca había sido una persona que se sintiera orgullosa por un trabajo que ni siquiera era digno para él, al contrario, siempre fue un hombre que solía defender a lo que estaba apartado del mundo, como por ejemplo la gente que no tenía dinero.

-Es bonito, ¿verdad?.-preguntó Manfred-

Acariciaba el uniforme continuamente aunque con mucha suavidad, como si tuviera miedo de romperlo.

-Impresionante...-dijo Nevin con ironía-

-Algún día llevarás uno de estos.

-¡Y una mierda! No pienso parecerme a ti en lo que me queda de vida.

-¿Qué has dicho?

Nevin se levantó de la cama enojado y se puso cara a cara con su padre sin temor a recibir por parte de él un golpe.

-Me has oído perfectamente, aunque si quieres te lo vuelvo a repetir.-dijo Nevin-

-Atrévete si tienes valor, pero atente a las consecuencias si lo haces.

-¿Y qué vas a hacer si lo hago? ¿Me vas a pegar?

Marie vio que la situación entre padre e hijo se estaba empeorando, por lo tanto se levantó de la cama y se puso en medio para detener la pelea, pero Manfred la apartó de un empujón tirando a su mujer a la cama con fuerza.

Nevin se alteró, y no se le ocurrió otra cosa que decirle a su padre lo primero que le vino a la boca de la rabia y la furia que llevaba dentro acumulada.

-No vuelvas a tocarla, hijo de puta.-dijo él-

Manfred reaccionó con violencia y le dio a su hijo un puñetazo en la cara rompiéndole el labio inferior. Su madre llorando y gritando que le dejase en paz, se puso a la medida de su hijo y lo abrazó con fuerza limpiándole la sangre con la tela de su vestido.

-Me da igual si quieres o no, formarás parte de esto.-dijo Manfred yéndose-

***

Durante el viaje a casa, Eliana no habló, permanecía totalmente callada, parecía el mismísimo silencio en persona. Tenía la cabeza baja y los ojos llorosos, todavía no podía asimilar todo lo que había pasado. Eden le preguntó un par de veces qué le sucedía, empezando a preocuparse por la actitud de su hija, pero Eliana solo contestaba negando con la cabeza.

Al llegar a casa, se sentó en la mesa con toda la familia y cenaba a desgana, no quería que sus padres se preocuparan más, y si no comía, la llevarían a un médico o algo así. La única que podía imaginarse lo que le pasaba y a pesar de su corta edad, era su hermana, que de mentalidad y madurez sabía mucho para sus nueve años.

Al acabar su plato de comida, recogió su parte y se subió a la habitación completamente en silencio. Un minuto después, Clara subió también a verla, no quería ver a su hermana mal por culpa de un desgraciado que no la merecía. Clara entró sin llamar a la puerta, tampoco creyó que fuera necesario puesto que ella, lo que son modales en su casa no tenía.

-Vete.-dijo Eliana-

-Pues no, no pienso irme sin saber qué te pasó con Kinor esta tarde. Se lo dijiste, ¿verdad?

Eliana asintió.

-¿Y bien?.-preguntó Clara-

-Me ha prohibido irme con mis amigos.

-Pero, ¿también con...?

-¿Nevin? Sí, también.

-¿Y quién se cree que es? Deberías dejarlo marchar, no es para ti.

-No me deja el corazón.

-Me importan tres cominos lo que quiera tu corazón. A mí me importas tú. ¿Qué opina Nevin de todo esto?

-Está dolido...

-Normal, ha visto como la mujer que quiere se le escapa de las manos de la manera más estúpida, por un estúpido. Deberías decírselo a nuestros padres.

-Ni se te ocurra decírselo. Prométeme que no lo harás o no volveré a confiar en ti.

-Está bien, no lo haré te lo prometo.

Clara se aproximó a su hermana y la abrazó con fuerza. Digamos que aquel secreto por mucho que perjudicara a Eliana, unió la confianza de ambas, pero aunque la menor hubiera prometido no decir nada, no pensaba estarse quieta de brazos cruzados, asíque esperaba que mañana por la mañana no fuese Eliana a la ciudad para hacer de las suyas cuando viera al causante de las lágrimas de su hermana.

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!