PD: Se puede ver el trailer de esta novela en mi perfil de Instagram: @Brixxterr

Berlín, Alemania; 20 de junio de 1938.

Sus párpados comenzaron a abrirse conforme la luz del sol atravesaba su ventana lentamente hasta que sus ojos azules brillaban más que la propia luz solar, su pelo rubio y largo estaba un tanto despeinado y su boca sonreía; al fin era fin de semana.

Eliana tenía muchas ganas de irse con su padre Eden a la ciudad para ver a sus amigos y hacer planes hasta medio día, que era cuando su padre salía de la barbería de trabajar. Se levantó de la cama y con ese ánimo que siempre tenía, escogió uno de sus bonitos vestidos de color azul cían, unos zapatos de charol de color blanco y como adorno, un pequeño lazo en el pelo acorde con el vestido. Sin duda, la mayor de las hijas Gabay, estaba radiante. Bajó las escaleras con rapidez ansiosa por irse con Eden a la ciudad como cada sábado. Le dio un beso a su madre de buenos días, una mujer también muy guapa, sin duda, Eliana tenía a quien parecerse de la familia. Su madre, Kiva, tenía también los ojos azules como su hija, y el pelo corto a media melena de un color rubio ceniza.

Sentada ya en la mesa preparada para desayunar, se encontraba su hermana menor de nueve años, Clara, todo lo contrario a Eliana con la que no congeniaba muy bien que digamos. Clara tenía el pelo negro como su padre, de una longitud también bastante larga, sus ojos eran marrones y la belleza también abundaba en su rostro angelical.

-Buenos días madre, ¿se ha levantado ya padre?. Necesito despejarme de los estudios y ver a mis amigos con urgencia -dijo Eliana-

-Estará a punto de levantarse.

-¿Puedo irme contigo? -preguntó Clara-

Esa pregunta no le hizo demasiada gracia a Eliana, que le dedicó una mirada asesina. Estaba claro que no quería responsabilizarse de su hermana, no tenía ganas de estarla vigilando y menos cuando tenía un rato para estar con sus amigos.

-No, hoy no vienes-contestó Eliana-

-¡Madre!-raplicó la menor-

-Déjala que se vaya.

-No, yo voy a ir por mi camino y no tengo ganas de vigilarla.

-Entonces no vais ninguna de las dos

Eliana abrió la boca mirando a su madre sorprendida, y Clara, al ver la cara de fastidio de su hermana empezó a reírse a carcajadas.

-¿De qué te ríes enana?. Yo no iré pero tú tampoco.

Y Clara se puso seria de repente. Ahora se reía Eliana.

Eden bajaba por las escaleras bien acicalado y presentable para ir a trabajar a la barbería. Iba bien trajeado con su pajarita y su sombrero de color negro. Cuando el hombre de la casa bajó del piso de arriba, los cuatro se sentaron en la mesa para desayunar todos juntos, y le resultó extraño que su hija mayor no tuviera la misma sonrisa de cada día.

Después de que su bigote se mojara de leche tras un pequeño sorbo en una taza blanca de porcelana, la miró y le preguntó:

-¿Y tu alegría de todos los días?

-Se perdió. Y antes de que preguntes por qué, debes saber que yo no quiero que se venga Clara a la ciudad conmigo, por ello madre ha dicho que todas o ninguna.-explicó Eliana-

-Y tiene razón. Puedes llevarte a tu hermana. Ella se irá con sus amigos y tú con los tuyos. Pero eso sí, a las dos en punto os quiero ver en la puerta de la barbería.

Eliana no tuvo más remedio que acatar las órdenes, y si además Claro iba por otro lado, le venía también mejor que bien. Acabaron de desayunar, entre los cuatro recogieron la mesa, se repartieron los cubiertos para fregar y los tres partieron de la pradera hacia Berlín en el carro negro de Eden, muy bien cuidado y arreglado, en su excelente brillo, se notaba que lavaba el coche tres veces por semana.

Al llegar a la ciudad y a la barbería de su padre, se despidió de sus hijas advirtiéndoles de que tuvieran cuidado y de la puntualidad que debían tener a las dos del medio día. Las dos hermanas se quedaron solas, y Eliana como responsable de la menor, debía acompañarla hacia la casa de alguna amiga suya para que todos estuvieran tranquilos. A mitad del camino, Clara vio a lo lejos a una de sus compañeras y corrió hacia ella sin despedirse de Eliana.

-¡Eh, Clara!-dijo Eliana-

La pequeña se dio la vuelta para escuchar qué quería su hermana.

-Ten cuidado.

Ni le asintió ni le contestó, simplemente siguió su camino y Eliana aún no se quedaba tranquila, a pasar de no llevarse muy bien con ella, era su hermana pequeña y la quería mucho, incluso a veces la quería proteger demasiado, pero debía entender que tenía que aprender a cuidarse ella sola.

La chica fue en busca ahora de sus amigos y amigas al centro, donde solían estar la mayoría de las veces sentados alrededor de una fuente, pero esta vez, se las encontró a lo lejos y Eliana detuvo a sus dos compañeras: Dina Baremboin, una joven un año menor que Eliana cuyas facciones de la cara eran casi perfectas, su pelo rojo le llegaba a la altura de los hombros y era la que tenía la costumbre de ir arreglada todos los días, sus ojos verdes oscuros atraían a cualquiera que los miraba más de tres segundos seguidos; y Mara Raynes, era tan distinta a su compañera Dina... Era también guapa, pero no como las otras dos, su pelo era castaño, rizado y de una longitud que le llegaba por la mitad de sus pechos, los ojos eran también del color del pelo, y le encantaba ir todos los sábados al cine.

Al ver aparecer a Eliana, le sonrieron y le hicieron hueco entre las dos.

-Tenemos noticias, querida Eli.-dijo Dina, que así la solían llamar en confianza-

-Apenas ha pasado un segundo y ya estoy impaciente.

-Se ha unido un nuevo compañero al grupo de veraneo. Su nombre es Kinor Bibach, no lo he visto en mi vida pero por lo que me han contado Abraham y Gabriel, es guapo.

-Bueno, seguro que le gustas tú.

-Bromeas, ¿no?. Yo aún sigo esperando a mi querido Abraham.

-No deberías desperdiciar tus oportunidades con otros hombres por una persona que quizás no sienta lo mismo que tú. Espero que no te molestes.

-Eli, no me molesta. Y sé que por un lado tienes razón, pero veo algo en su mirada. Me dejaré llevar por el destino.

Eliana sonrió a su amiga y siguieron avanzando hasta que a una distancia corta, sin sentido y saliendo de la nada, Mara dijo:

-El cartero...

Dina sonrió, pero en cambio, Eliana las miró a las dos sin entender nada.

-¿Y qué?.-preguntó Eliana-

-Creo que se cruza a propósito por alguna de nosotras, siempre nos lo encontramos en el mismo sitio y a la misma hora.

-Quizás sean coincidencias.

-Estoy segura de que no lo son.

Guardaron silencio al pasar delante de aquel muchacho joven, rubio y apuesto que estaba repartiendo cartas en un portal. Al cruzar las tres delante de de él, él solo tenía ojos para una de ellas, y fue Eliana la que hizo que el tiempo se detuviera, la que hizo que el muchacho se quedara encarcelado y atrapado en su sonrisa, en sus blancos dientes perfectos, en su largo pelo rubio y rizado, simplemente en su figura completa.

Él siguió mirando a su señorita hasta que giraron una calle a la derecha y desapareció por completo.

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!