-A partir de ahora harás aquí tu trabajo y te subirás a los judíos contigo por si un Nazi irrumpe, ¿de acuerdo?. No puedo pagarte mucho ya que en este trabajo se gana poco.-dijo él-

-No quiero dinero, no necesito que me pagues nada.

Él le sonrió gratamente y seguido le extendió la mano.

-Me llamo Bruno Baumbach.

Ella se la dio y le sonrió también.

-Eliana Gabay; Gretel Steimberg para los alemanes y soldados Nazis.

Rieron a carcajadas y Bruno tuvo que bajar porque escuchó el timbre. Eliana bajó también con él y disimuló buscar un libro, pero para sopresa apareció Karl con un par de muchachos judíos silvando la clave. Bruno los mandó hacia Eliana, donde allí ella les indicó el camino. Subieron por las escaleras hasta llegar al mini despacho donde ahora trabajaba.

-¿No os ha visto nadie?.-preguntó Eliana-

-Tranquila sabemos llegar sin que nadie nos vea. Soy soldado y conozco perfectamente las horas de descanso y dónde se sitúan para vigilar. Por eso me envían a mí.-dijo Karl-

-Vete y tened cuidado. Dile a Nevin que he conseguido instalarme.

Karl le asintió y se fue rápidamente de allí mientras que Eliana buscaba nombres y apellidos alemanes para crearles una falsa identidad. Bruno subió al rato y colaboró descosiendo las estrellas de seis puntas de los negros abrigos y después le dio a la chica consejos sobre qué nombres ponerles a los judíos. De pronto sonó de nuevo el timbre cuando ya todo estaba listo dispuestos a salir, y para mayor Inri, Egbert estaba en la puerta. Enseguida Eliana retrocedió con sus dos protegidos evitando ser vista.

-Ten cuidado con ese...-le advirtió Eliana a Bruno-

Se escondieron tras la puerta secreta y luego Bruno movió la estantería para ocultarla ante los ojos de Egbert. El joven le abrió la puerta, que entró sin silvar la clave, saludó y luego comenzó a mirar libros muy cerca de la puerta oculta a través de la cuál, Eliana intentaba escuchar.

-Disculpa.-dijo Egbert-

Cuando Eliana lo escuchó tan cerca, el corazón comenzó a sentirlo en un puño y se retiró de ella un poco. Bruno un tanto nervioso se acercó a él rezando por que no supiera nada de lo que allí se escondía, pero afortunadamente, solo quería un libro.

-Mein Kampf, ¿lo tienes?.-preguntó él-

Eliana y Bruno suspiraron de alivio.

-Sí, ahora mismo lo busco.

Bruno se dispersó por diversas estanterías buscando el libro que le había pedido y no lo encontraba, sabía que si no lo hacía, le esperaría una buena bronca... Tras minutos de búsqueda, Bruno tuvo que decirle que ya no quedaban más ejemplares de ese libro y Egbert lo miró furioso.

-¿No lo tienes?. ¿Y a qué esperas para pedir que te traigan más ejemplares?. Aunque dudo mucho que tuvieras ese libro en este antro. De todas formas, tienes una semana de plazo para traerlos. Volveré, y como no los tengas, juro que te cerraré tu negocio.-dijo Egbert-

-Sí señor, los tendré.

-Yo si fuera tú, estaría bajando la cara de vergüenza.

Bruno, sin más dilación, bajó la mirada y dejó que se retirara sintiéndose un tanto avergonzado y humillado ante Egbert, claro, nadie era capaz de hacerle frente. Una vez que ya se fue, Eliana abrió la puerta tras girar una palanca y observándolo marchar, añadió:

-Cabrón escrupuloso...

-Ha dicho que me cerraría el negocio si no traigo esos libros, ¿le crees capaz?.-preguntó Bruno-

-¿A ese...? Ese es lo peor que ha pisado esta ciudad y es capaz de hacer cualquier cosa si le llevas la contraria. Mató a un buen amigo mío y se llevó presos a mis padres. Ten cuidado cada vez que venga.

Durante esa semana, fueron llegando más y más judíos para ser ayudados por Bruno y Eliana; que luchaban cada día por cada uno de ellos jugándose la vida o ser enviados a cualquier campo de exterminio que era peor que la mismísima muerte. Por suerte, todavía no había habido ningún rumor acerca de aquella biblioteca, de lo que más bien se escondía tras sus paredes. Nevin, Karl y Markus llevaban cada día un camión lleno de judíos, pero los llevaban a ciertas horas en las que los soldados no estuvieran por los alrededores vigilando, mientras tanto, se quedaban en silencio dentro del camión donde recibían agua y comida, en especial a las mujeres embarazadas y a los bebés que allí se encontraban. Una tarde tranquila, Bruno se dedicaba a limpiar la biblioteca de arriba a abajo en cada rincón a solas puesto que era la hora de la merienda y Eliana no se encontraba allí. Egbert volvió a aparecer de nuevo por allí, el problema era que los libros todavía no habían llegado y el muchacho recordando su anterior amenaza, tembló al verlo. Se acercó a la puerta y allí le abrió sonriendo de medio lado.

-Ya sabes lo que quiero.-dijo Egbert-

Bruno tragó saliva, respiró hondo y tomó aliento y valor para decir que todavía no habían venido los libros. A lo que Egbert dio un fuerte puñetazo en la puerta y luego se dirigió al chico muy enfurecido.

-¿Me tomas el pelo? ¿Me has visto cara de estúpido?. Te dije que si no los traías en una semana iba a cerrarte esto, si no están los libros del Führer, ¿para qué seguir manteniendo esto abierto?, ¿qué sentido tiene?.

-Señor, los libros tardan más de una semana en llegar...

-Eso te creerás tú. Hay mucha gente que te los traería al día siguiente, necio. Pero has ido a pedírselo seguro a algún traidor que no comparte nuestras ideologías.

-No señor, lo que pasa es que tiene trabajo que hacer y quizás por eso se retrase.

-¡Cállate!. Te pedí una cosa y no la tienes por lo tanto, ya sabes, ¿no?.

Eliana apareció por allí con tres cajas de cartón en las que había libros y libros de "Mein Kampf"

-Tranquilo Egbert, ya los traigo yo. El comerciante acaba de descargar las cajas. Deja el muchacho en paz.-añadió ella-

-Una gran sorpresa...Deja que te ayude.-dijo Egbert-

El soldado ayudó a Eliana a entrar dentro las cajas y con gran ilusión, él las abrió contemplando los ejemplares.

-Así me gusta. ¿Vienes, Gretel?.-dijo él-

-No, tengo que quedarme a colocar los libros, me ofrecí voluntaria, y siendo los ejemplares de nuestro Führer todavía con más motivo para hacerlo.

Egbert asintió y con una sonrisa satisfactoria se despidió de ambos como si nada hubiera pasado. A su marcha, Bruno y Eliana suspiraron de alivio, los libros habían llegado justo a tiempo.

-¿Cómo lo has conseguido?.-preguntó Bruno-

-Al que le encargaste los libros lo han matado por traidor, por eso no llegaban. Escondía una familia judía en el sótano de su casa y lo descubrieron. Nadie quedó vivo en esa casa. Lo supe e inmediatamente le pedí ayuda a Nevin, que me ayudó a robar unas cajas de un camión que justo pasaba a descargar esos libros en una biblioteca cercana de aquí. Siento si he tardado un poco.

-Me has salvado la vida, lo sabes, ¿no?. Ese casi me mata, si por poco me coge del cuello...

-Te lo dije, es muy peligroso. Cambiando de tema, ahora que ya está todo en orden, vamos a colocar esos libros.

Los dos, aprovechando que las cajas ya las habían abierto comenzaron a ordenar los libros en las estanterías hasta que una hora después, volvió a llegar el siguiente camión con más judíos en su interior. Inmediatamente, Eliana se subió a la parte secreta mientras que Bruno continuaba ordenando esos libros para que nadie sospechara de que trabajaba con alguien más ahí dentro. Nevin se metió con ella para echarle una mano también, más que nada a elegir un nombre y unos apellidos. Un rato después, cuando las cuarenta personas fueron atendidas de cinco en cinco, todo volvió a su naturalidad, lo que nadie imaginaba, era lo que estaba a punto de pasar.

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!