-¿Qué has hecho?.-preguntó Egbert-
-Este cerdo casi me mata.-contestó Nevin-
Egbert se acercó para verle mejor la cara.
-Era un ignorante. Se pensaba que por matar a los suyos, él se libraría, y mira cómo ha acabado: como todos ellos. Heller, llévatelo a los hornos. Será un bonito funeral.
Heller lo cogió por las piernas y lo llevó a rastras hacia un montón de cadáveres acumulados destinados a ir a los crematorios. Los tres soldados de retiraron y Clara abrazó a su hermana con fuerza.
-Por un momento he tenido miedo de perderte...-dijo Clara-
Eliana no contestó nada, simplemente siguió abrazándola, aún le duraba el susto en el cuerpo.

***
Diciembre de 1943 llegó a Auschwitz, muchos del barracón de Eliana habían muerto por inanición, otros por el trabajo forzado y la mayoría asesinados después de haber sido utilizados como conejillos de indias por parte de soldados o del doctor Menguele, que se llevaba la vida inocentes con la intención de "avanzar" en la medicina. Clara se había desmayado más de una vez por falta de agua y comida, no siempre Nevin conseguía robarla de los almacenes. Kiva no había vuelto a ver a sus hijas después de la última vez, no sabía si seguían con vida o no, pero aún así nunca perdió la esperanza, como tampoco la perdió con su marido, el cual estaba cada vez peor físicamente, ya que se encontraba muy cansado de tanto trabajo pesado sin recibir el agua y la comida suficientes. Eden llevaba ya cuatro años en Auschwitz y sólo había visto a Kiva un par de veces, no había tampoco ni un solo día en el que no se acordara de sus tres tesoros. Nevin estaba cada vez más seguro de las palabras de su padre, y acabó confesándole que se había metido dentro por ella, por el gran amor de su vida que no podía permitirse perder. Manfred lo entendió y juró guardar el secreto hasta la muerte. Lo único que le aconsejó, fue que la cuidada a ella y que también tuviera cuidado él. Manfred también le volvió a pedir disculpas a su hijo, pues de corazón estaba arrepentido. Con el tiempo y con todas las cosas que le sucedían a aquellas personas que estaban encerradas, fue comprendiendo que esa no era la solución para estar o convivir en paz. Por otro lado, Eliana continuaba de ayudante en la enfermería con el doctor más temido de Auschwitz, ya que Josef elegía a cada víctima con rapidez para poner en práctica sus ideas. Una tarde de ese diciembre tan frío, Menguele reclamó a la muchacha y esta fue acompañada por dos soldados para que no se escapara. Cuando allí llegó, una niña más pequeña que Clara estaba tumbada en la camilla, inmóvil, con los ojos moviéndose de un lado a otro. Menguele le pidió que se acercara sin miedo y la sujetara por los hombros un momento, pero...¿Cogerla de los hombros? Si ni siquiera se movía, pensó Eliana. Aunque si se lo pidió, sería por algo. Colocó sus manos -una en cada hombro- y la miró a los ojos como solía hacer cuando había una víctima en la camilla o en la sala de rayos X. Cuando los ojos de aquella niña chocaron con los ojos de Eliana, empezaron a ponerse llorosos hasta que de ellos salieron lágrimas. Entonces Josef se dirigió a la pequeña con una enorme aguja con un líquido amarillento dentro de ella, y al ver llorar a la niña, colocó con furia la inyección en una bandeja de plata y cogió un bote pequeño cuyo contenido servía para secarle los ojos.
-Estúpida cría, ¿cuántas veces debo decirte que no llores o estropearás mis planes?.-dijo enfurecido mientras le abría un ojo y le metía un par de gotas en cada uno-
Josef ordenó a Eliana que la soltara y ella obedeció.
-Espero que no se le pase también el efecto de su inmovilidad.
Eliana lo entendió, supo que pinchaba a sus víctimas para que no se pudieran mover. Diez minutos después, le volvió a ordenar que la sujetara y una vez más obedeció. Josef cogió de nuevo la aguja y con cuidado, pinchó en una de sus pupilas echándole después el líquido. La niña empezó a temblar y a tener convulsiones, por eso Eliana la tenía que sujetar. Fue entonces cuando sus ojos empezaron a cambiar del color azul, al marrón y ella dejó de temblar de golpe.
-¿Cómo ves?.-preguntó Menguele-
-Bien, señor.-contestó la pequeña-
El médico cogió una de sus hijas de papel y comenzó a anotar los resultados cuando de repente, la cruel Irma entró por la puerta y se quedó mirando a su enemiga, a la que ella llamaba "linda prostituta".
-Ahora no Irma, estoy ocupado, ¿no me ves?.-dijo Josef-
Irma se acercó a ambos poco a poco.
-Sí, ocupado con esta pequeña y linda prostituta, ¿verdad?.-dijo ella mirando con odio a Eliana-
-No, ocupado en mi trabajo. Ella sólo me ayuda, y además, ¿por qué perdería yo el tiempo con una judía? No me tomes el pelo.
-Porque es más bella que yo.
-No seas estúpida, ninguna puede compararse contigo, ya lo sabes. Y ahora retírate, cuando esté libre te busco.
La supervisora asintió a su amante y se despidió de Eliana con un escupitajo en sus pies. Al retirarse ella, Josef no se molestó ni siquiera en disculpar el desagradable gesto de Irma, lo único que hizo fue acompañarla a su barracón, y cada vez que regresaba, su hermana y Jael la recibían con un abrazo.
-No sabes el miedo que tengo cuando te vas. Menos mal que solo te sueles retrasar cinco minutos...-dijo Jael-
-Tranquilos, sé ganarme la confianza de ese hombre.-dijo Eliana-

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!