Nevin estaba de camino al campo de Auschwitz en su coche con un informe elaborado en el que se demostraba su pureza aria desde años y siglos atrás para poder entrar. Durante el viaje, no dejó de pensar en ella, en si estaba bien o ya era tarde. Lo cierto era que la segunda idea le atormentaba y le hacía sudar como un loco de forma descontrolada. Llegó al campo con su uniforme y su equipaje por si acaso tenía la suerte de ser admitido. Al colocarse donde los soldados, uno de ellos le detuvo el paso, era una cara desconocida y no dejaban entrar a desconocidos. La selección de reclusos judíos se tuvo que detener por el suceso.

-¿Quién eres?. Tú no eres de aquí.-le dijo uno-

-Solicito audiencia con Manfred Strauss. Ahora.-contestó Nevin-

-¿Y quién te crees tú para solicitar tal audiencia?.

-Su hijo.

Hubo un silencio repentino, un silencio que fue interrumpido por Manfred, que al reconocer la voz de su hijo salió para recibirlo él mismo.

-¿Qué estás haciendo aquí?.-preguntó Manfred-

-Quiero entrar. Quiero que estés orgulloso de mí y veas de lo que soy capaz. Mira, he traído esto para demostrar que soy ario como tú.-contestó Nevin-

Lo que más le interesaba ahora a Nevin era seguirles a todos el juego. Manfred cogió el informe y le echó un vistazo rápido, la verdad es que le resultó un documento muy bien trabajado.

-Está muy bien, pero esto no demuestra lo que eres capaz de hacer.-dijo Manfred-

-Entonces dime qué quieres que haga.

Manfred miró a su hijo y pensó qué podía pedirle que hiciera hasta que se le ocurrió algo.

-¿Ves esa fila de infelices?. Elige a uno y mátalo. No quiero dudas, no quiero que parpadés. Entre ceja y ceja.

Nevin tragó saliva y tomó su pistola ya bien cargada. Caminó de un extremo a otro observando a los judíos sin saber a quién escoger. Quería llorar de rabia, esa gente era inocente para morir a sangre fría. De pronto, un anciano se cayó de una de las filas, ya no podía soportar su peso en un sólo pie ya que estaba tullido. Para Nevin fue la víctima "perfecta". Observó los ojos de ese anciano, que lo miraba también suplicándole que le perdonara la vida. Nevin, con todo el dolor de su corazón apuntó en la frente a ese anciano con su pistola y disparó tras un par de segundos cumpliendo así, con la voluntad de su padre. El hombre cayó muerto del todo al suelo cubierto por su propia sangre y Nevin se dirigió nuevamente a Manfred.

-¿Por qué tantas ansias?.-preguntó Manfred-

-¿Eso es todo?. ¿No me vas a decir sí o no?.

Los dos se quedaron mirando seriamente.

-Enhorabuena, ya estás dentro.

Nevin sonrió de medio lado sin ganas.

-Ven, te presentaré a los soldados para que los vayas conociendo.

***

Cayó la noche, la cena para los presos ya había sido servida. Les sirvieron a todos, menos de medio plato de sopa con las patatas medio crudas y medio vaso de agua. Todos se dispusieron a dormir cuando la puerta del barracón se abrió de golpe. Los reclusos hicieron filas, era una orden cada vez que se abría la puerta. Egbert Blau observaba a las personas hasta ver a su objetivo: Eliana. Memorizó su número del pijama y lo dijo en alto. Ella dio unos pasos adelante hasta colocarse la primera en las filas. Los dos se quedaron mirando y luego Egbert se acercó, la agarró del brazo y se la llevó cerrando la puerta con fuerza. Fueron a parar al despacho personal de aquel soldado tan irritante, que empezó a dar vueltas alrededor de su presa antes de atacarla.

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!