-¿Vas a volver esta tarde?-preguntó Clara-

-¿Por qué lo preguntas?

-Yo he preguntado antes.

-No creo, porque sé que te vas a venir y no quiero estar preocupándome por ti cada minuto que pase.

-No me ha pasado nada.

-Berlín no es sitio para que una niña como tú ande por ahí sola.

-¡No estoy sola! Estoy con mis amigas igual que tú, ¿o esque piensas que por tener dieciséis años ya no eres como yo? Cada día te soporto menos.

Clara se subió a su habitación a toda velocidad y Eliana se sentó en la mesa esperando a que su madre sirviera la comida.

A la hora de comer, la pequeña bajó sin mirar a nadie con el ceño fruncido y la cabeza baja. Sin ganas de hablar con la familia, conforme acabó su plato, hizo su silla hacia atrás y se subió de nuevo a su habitación.

-Quizás debería hablar con ella.-dijo Kiva-

-No. Ya voy yo.-interrumpió Eliana levantándose de la silla-

Subió las escaleras lentamente, buscó el cuarto de Clara y abrió la puerta, donde la niña se encontraba sentada en la cama mirando uno de sus peluches un poco triste sin dejar de pensar en la pelea que había tenido con su hermana unos minutos antes.

Eliana se sentó a su lado y la niña la miró ahora con el ceño fruncido también, al parecer no quería hablar con ella.

-Perdóname Clara, soy estúpida lo sé. Pero no puedo hacer nada a gusto sabiendo que tú estás por otra parte. ¿Y si te pierdes por lo que sea?.-dijo Eliana-

-Me puedo perder yo como tú también. Voy con mis amigas igual que tú.

-Está bien, te prometo que no estaré tan pendiente de ti a partir de ahora.

Clara asintió y volvió a coger su peluche sin estar totalmente convencida de las palabras de su hermana, por eso, a Eliana se le ocurrió una brillante idea.

-¿Qué te parece si vamos a la ciudad tú y yo?.

-¿Las dos solas?.

Eliana asintió con una sonrisa.

-¿Y qué vamos a hacer?

-Ir a las atracciones. Iremos a la noria, a los carros de choque y luego si te apetece nos podemos tomar unos Häagen-Dazs de lo que tú quieras. Hoy mandas tú.

Clara entonces sonrió ampliamente y abrazó a su hermana mayor inesperadamente.

-Pero con una condición.-dijo Eliana-

-¿Cuál?

-Que me dejes ponerte guapa para hoy.

-Trato hecho.

Antes de que Eden tuviera que irse a trabajar, Eliana eligió un bonito vestido verde clarito para su hermana, y en el pelo le hizo una trenza que luego colocó al lado derecho para que se luciera más.

Ahora las dos, iban realmente bonitas reluciendo la belleza de la familia Gabay.

Cuando Eden ya estaba listo, avisó a sus hijas con una voz para marchar a la ciudad.

Clara y Eliana bajaron las escaleras corriendo y bien acicaladas, salieron por la puerta detrás de su padre y se subieron al carro rumbo a Berlín.

Eden dijo a las chicas que debían estar en la puerta de la barbería a las nueve en punto, ni un minuto más ni un minuto menos. Ellas asintieron y se fueron entonces a la feria, donde estaba la noria gigante, los carros de choque, puestos de vestidos, de helados, algodón de azúcar de sabores variados y gente culta haciendo cosas fascinantes en mitad de la calle.

-¿Y bien? ¿Qué quieres hacer?.-preguntó Eliana-

-Volar en la noria.

Eliana sacó el dinero de su bolsillo, pidió dos tickets y subieron las dos en el mismo vagón. La noria comenzó a subir lentamente hasta llegar arriba del todo y pararse para que los que estaban en la cima pudiesen ver todo Berlín lleno de casas con luces que hacían brillar toda la ciudad. En esa escena, Eliana abrazó a su hermana pequeña mientras miraban el paisaje.

-Es precioso.-dijo Eliana-

-¿Nunca lo habías visto?

-Sí pero nunca en un atardecer a punto de desvanecer... El sonido del viento y de los pájaros me inspira tranquilidad. Me siento más libre de lo que ya soy.

Mientras la noria rotaba, alguien las había visto ya desde abajo, y era el muchacho que repartía cartas, que se acercó hasta la atracción para verla un poco más de cerca, y eso pareció tranquilizarlo un poco, pero tuvo que alejarse cuando el feriante le dijo que no podía estar tan cerca de la noria.

Al pararse la noria, el muchacho tuvo la esperanza de que Eliana se fijara en él, y a lo lejos la vio sonreír, se pensó que esa sonrisa iba para él, por ello le sonrió también.

Conforme Eliana estaba más cerca, más temblaba el cuerpo del joven que seguía sonriendole, pero de repente, descubrió que esa sonrisa una dedicada a otra persona que tenía detrás de él: Kinor.

Eliana le dio un abrazo y el joven cartero se avergonzó de sí mismo por creer que le sonreía a él. Se sentó en una acera con los codos apollados en sus rodillas mientras se ponía las manos tapando su rostro como si se encontrara un poco enfermo, y la verdad, ni él entendía por qué estaba sintiendo todas esas cosas cada vez que se cruzaba a Eliana en cualquier parte de Berlín. Solo una persona pareció darse cuenta de los sentimientos del pobre zagal: Clara.

-¿No has quedado con los demás?.-preguntó Kinor-

-Hoy por la tarde no.

-¿Te parece bien si damos un rodeo por la feria?

Eliana sí quería irse con Kinor a solas, pero era una tarde de hermanas que además prometió, y ella siempre cumplía sus promesas.

-Me gustaría, pero le he prometido a mi hermana que pasaría la tarde con ella.

-Ah, ¿así que esta jovencita es tu hermana?. Sin duda tiene también belleza tuya. Bueno princesas, tengo que irme, espero verte pronto.

Kinor tomó la mano de Eliana, la besó y se fue de allí sonriendo a las dos hermanas.

-Te gusta ese chico, ¿eh?-preguntó Clara con picardía-

-Shh, calla anda. Es solo un amigo.

-Y al chico ese de allí, ¿lo conoces?

Clara señaló al joven cartero y Eliana enseguida lo reconoció. Lo único que pensó al verlo así, fue que se encontraba indispuesto.

-De vista. Esta mañana ha sido cuando me lo he cruzado la primera vez, ¿por qué?.-contestó Eliana-

-Creo que le gustas.

-¿Y en qué te basas para decir eso?

-En su mirada. Me he dado cuenta de que te estaba sonriendo, pero cuando has abrazado a otro ha empezado a ponerse así.

Eliana se acordó de lo que su amiga Mara le dijo, lo de que se quedó embobado en ella.

-Lo siento por él pero... Creo que como bien has dicho, me gusta Kinor.

-Ah, ¿se llama Kinor tu "amigo"?

-Ya insinúas...

-Te delataste tú.

-Sí, se me fue la lengua. Por favor no digas nada... Será nuestro pequeño secreto.

-Vale, pero solo si nos compramos un helado de chocolate.

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!