De pronto, un niño de unos trece años apreció por la puerta, su aspecto era raquítico, sus costillas asomaban por la carne y los huesos se marcaban también por todo su cuerpo, ese era el nuevo ayudante ahora del doctor, otro que más adelante sería una víctima más cuando el doctor se hartara. El médico le ordenó que la agarrara con fuerza de los hombros mientras él se encargaba de operarle el brazo sin anestesia. Menguele cogió el brazo, y con un bisturí comenzó a abrir por la parte del cúbito mientras Eliana gritaba de dolor. Sus gritos se oían por todo el campo y que gente como Jael reconoció que eran de ella. La pobre suplicaba que le pusiera anestesia o la matara de una vez, que dejara de hacerle daño, y él, en lugar de obedecer cualquiera de sus deseos, se limitó a sonreír y a continuar con lo que estaba haciendo disfrutando escuchar lo fuerte que gritaba. Pero hubo un momento en el que Eliana dejó de sentir ese dolor que le cortaba el aire, no supo explicarse por qué ya no sentía nada, e imaginó que su dolor se había esfumado. Su cabeza comenzó a aturdirse y a ver todo totalmente borroso mientras sudaba por la frente, no escuchaba nada a su alrededor y tampoco sabía si su brazo estaba ya operado o no, pero se desmayó por completo, ya no podía aguantar más. Menguele le tomó el pulso en el cuello para comprobar si estaba muerta o no, y al notar los latidos del corazón sobre sus dedos, siguió con su operación como si nada y le ordenó al niño que se marchara, que ya no lo necesitaba por ahora. Tras acabar de unirle los huesos, le cosió la carne y seguidamente lepuso una venda blanca desde el codo hasta la muñeca. Al cabo de una hora, Eliana se despertó en medio de un dolor terrible, se miró su brazo e intentó moverlo, no puedo a causa del daño, y menos mal, que no era tan fuerte como cuando la estaban operando. Harta de sufrir, se levantó de su camilla y fue a rebuscar alguna aguja y un bote de anestesia para inyectárselo ella misma y así al menos, disminuir ese dolor. Buscó y buscó hasta encontrar lo que necesitaba, llenó la aguja hasta arriba del líquido anestésico y sin parpadear se lo pinchó. Enseguida notó que el dolor iba desapareciendo lentamente y a Eliana se le erizó la piel de lo bien que se sentía así. De pronto, un papel mal colocado de una de las estanterías cayó a sus pies. La muchacha lo cogió para dejarlo nuevamente en su sitio hasta que le entró la curiosidad por saber lo que había en él escrito. Sus ojos no podían asimilar aquello tan horrible que estaba leyendo, un documento en el que Menguele enviaba una cabeza de un niño a Adolf Hitler. Continuó leyendo y vio que supuestamente esa cabeza se encontraba en un congelador, por lo tanto, dejó el papel en su sitio y se dirigió poco a poco al único congelador que había en la enfermería con miedo de lo que pudiera encontrar. Despacio, fue abriendo la puerta y efectivamente, la cabeza estaba envuelta en una bolsa de plástico que desprendía un olor bastante putrefacta que a Eliana le hizo vomitar en el instante. A toda prisa, la joven cogió papel para limpiar lo que había manchado antes de que el doctor apareciera por la puerta, y justo al tirar el papel a la basura, Menguele entró y se quedó mirándola a ella y a la puerta abierta del congelador.

-Despierta y fisgoneando entre mis cosas.-dijo Menguele de brazos cruzados y acercándose a ella-

Eliana agachó la cabeza sin atreverse a decir nada por si se ganaba algún golpe.

-¿Te duele el brazo?.-preguntó él-

Ella asintió mirando al suelo.

-Se te pasará en unos días, espero que no doliera mucho la operación.-dijo con ironía-

Él la observaba en silencio y después cerró la puerta del congelador.

-Puedes largarte a tu antro, ya te iré revisando.

Eliana volvió a asentir y se marchó de la enfermería a su barracón pensando en volver a ver allí a su hermana sana y salva. Entró por la puerta y Jael corrió hacia ella abrazándola, creyendo que la estaban matando cuando escuchó sus fuertes gritos.

-Dime que estás bien...-dijo él-

-Sí Jael, aunque con un brazo vendado... Por favor dime que Clara está aquí.

Jael la miró en silencio y tras un par de segundos le asintió.

-Sí Eliana, pero está débil...

A Eliana se le puso el corazón en la garganta y fue corriendo hasta ella, que estaba tumbada en su barraca con los ojos aturdidos moviéndolos de un lado a otro y sudando en pleno invierno de la fiebre tan alta que tenía. Eliana la agarró de la mano con su brazo vendado y con la otra le secó el sudor de la frente. Clara pareció reconocer a su hermana y entonces sus ojos se quedaron quietos, fijos en los de Eliana, que pudo observar que los ojos de la pequeña habían cambiado de color: habían pasado de negros a marrones claros casi verdes.

-Gracias a Dios...-susurró Jael-

-¿Qué?.-preguntó Eliana sin entender nada-

-Creíamos que se había quedado ciega, pero te ha visto. No ha hablado desde que la trajeron.

Eliana volvió la vista a su hermana, que seguía mirándola, y tras un gran esfuerzo, Clara logró sonreírle, una sonrisa que a Eliana le destrozó el corazón y le alegró al mismo tiempo.

-¿Ves, Clara?. Te dije que no era el final, te lo prometí.-dijo ella-

Clara intentó hablar pero se quedaba a medias, no lograba sacar la voz de su interior.

-¡¿Por qué no habla?!.-preguntó Eliana entre gritos, ya sin poder evitar llorar-

Entonces por fin, la menor consiguió pronunciar el nombre de su hermana.

-¿Cómo te encuentras?.

-No siento mi cuerpo...Apenas puedo moverme ni respirar bien...Siento que me estoy muriendo.-dijo Clara-

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!