Jael no podía dormir bien, y no precisamente por la herida en su brazo, sino por haber mentido a Eliana sobre lo que pasó en la enfermería con Menguele. Lo cierto es que le curó la herida como es debido, pero no le confesó que le hizo preguntas personales como por ejemplo, qué tal estaba de salud o si tenía algún tipo de enfermedad o problemas respiratorios, él, por supuesto, contestó la verdad, su salud era buena, no tenía ni enfermedades ni problemas de ese tipo y eso le hizo sonreír como si hubiera recibido un premio. Después de darle el par de puntos en la herida, Menguele se sentó en una silla frente a él y le dijo que era perfecto para su próximo experimento, pero que no sabía cuándo ponerlo en práctica y que mientras tanto, fuera despidiéndose de sus amigos. Jael pensó inmediatamente en Eliana, y más que morir, le atormentaba no volverla a ver nunca más, ya que estando a su lado se había sentido como en casa a pesar de que aquello era un infierno. No quiso decirle la verdad por no herirla nuevamente, pero se sentía culpable si no lo hacía, porque al menos quería despedirse de ella con un último abrazo y tarde o temprano de todas formas, se iba a enterar de que se iba para siempre. Sobre las tres de la madrugada, Eliana se desveló y pudo ver a Jael despierto y algo pensativo, por lo que se levantó de su barraca y se acercó a él en silencio para no despertar a los demás. Al principio de encontrarse ambas miradas, ninguno dijo nada, tampoco sabían qué decir y a parte, por otro lado, Eliana observó sus gestos antes de preguntar.

-¿Una noche pensativa?.-preguntó ella-

-Algo así...

-¿Te encuentras bien?. Te noto diferente.

-Hay algo que no te he contado y no me sentiría bien conmigo mismo si me voy sin que lo sepas por mí.

Eliana se temió lo peor.

-¿Cómo que si te vas?.-preguntó ella-

-Te mentí. Menguele me dijo que era perfecto para su próximo experimento y que mientras tanto me despidiera de mis amigos. Es decir, de ti.

Ella empezó a negar con la cabeza queriendo que aquello fuera un sueño y despertar ya mismo.

-No puedes irte ahora tú...No puedes dejarme sola...-dijo Eliana-

-No lo estarás. Yo estaré contigo aunque no puedas verme, como Clara y tus padres.

-Dile que me cambio por ti.

Jael la cogió de la cara con ambas manos suavemente mientras la miraba.

-¿Aún no lo entiendes?. Yo no tengo nada por lo que luchar, tú sí.-dijo Jael-

-¿Tan poco valoras tu vida que prefieres rendirte?.

-Dime, ¿qué opción tengo?. No voy a esconderme de la muerte como un cobarde, antes prefiero enfrentarme a ella sabiendo que voy a fracasar.

Eliana no contestó y se abrazó a él llorando lamentando la muerte que aún estaba por llegar de un gran amigo.

-Has de saber que te voy a echar de menos cuando ya no estés aquí.-dijo ella-

Jael, tras esa frase, dejó escapar esa lágrima que estaba atrapada en su lagrimal sin querer salir, intentando ser fuerte.

-Prométeme que no te olvidarás de mí, no quiero que eso sucediera.-dijo Jael-

-Nunca podría olvidarme de una persona que ha estado ahí en las buenas y en las malas con una única intención: Hacerme sonreír.

Jael lloró más, sólo escucharla decir esas palabras de despedida, le rompían su corazón dolorido y enamorado en mil pedazos.

-Sé que es tarde, pero se me ocurre algo que podemos hacer.-dijo él-

Eliana lo miró y después le sonrió.

-Sorpréndeme.

Jael le devolvió la sonrisa, la cogió de una mano y corriendo la llevó hasta fuera del barracón. Del suelo cogió un palo y en la arena dibujó un tablero en forma de cuadrado, con dos líneas verticales y dos horizontales; era el juego de "tres en línea", un juego al que solía jugar de adolescente y que ahora quería compartir con Eliana. Se sentaron en el suelo bajo las atentas miradas de unos soldados que vigilaban, no muy lejos de ellos, donde se encontraba también Egbert, que no apartaba su vista de Eliana. Sin importarles quién miraba y lo que pensaran, se pusieron a jugar la partida con el dedo índice, el cual marcaba el signo que tenía cada uno. Primero, iba en cabeza Jael, que ganó las cuatro primeras partidas, pero luego, no era capaz de ganar a Eliana, que también sabía jugar bien. No dejaron de reír en todo el tiempo que jugaron hasta que Egbert se acercó a ellos para devolverlos de nuevo al barracón. Con su mal genio de siempre, deshizo el tablero de la arena de mala gana con un pisotón y luego movió su pie revolviendo la arena hasta borrarlo completamente.

-Estas no son horas de jugar a vuestros estúpidos juegos. Meteos dentro y descansad, que mañana os toca sudar sangre como cada día, inútiles.-dijo Egbert-

Jael se levantó primero y luego le ayudó a Eliana cogiéndola de las manos.

-¡Rápido!.-ordenó Egbert gritando-

Los dos obedecieron y se metieron dentro, donde allí empezaron a reírse sin saber cuál era el motivo.

-¿De qué te ríes?.-preguntó Eliana-

-Pues no sé, ¿y tú?.

-Tampoco lo sé.

Y volvieron a reír olvidando que había más gente en el barracón durmiendo, hasta que se escuchó una leve tosecilla de alguien que se despertó con sus carcajadas. Los dos se miraron riendo pero con la boca tapada para no despertar a nadie más. Por último, se fueron cada uno a dormir hasta que llegara la hora del madrugón de todos los días y por fin, Jael consiguió dormir gracias a la noche que había pasado junto a ella.

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!