Nevin miró a otro rival más y se largó dando un fuerte portazo a la puerta del barracón. Jael echó a Eliana en la barraca y allí le dio aire con sus manos hasta que se despertó. Eliana creía que estaría junto a Nevin, pero al abrir los ojos y ver a Jael delante suya, lo abrazó a él y a su hermana sin poder evitarlo.

-¿Cómo estás?.-preguntó él-

-Algo mejor...-contestó Eliana-

Clara fue a preguntar qué le había pasado y al acordarse de las palabras de Nevin calló. Llegaron las primeras heladas, la estancia allí en invierno se hacía insoportable, no había mantas ni abrigos para evitar un poco el frío, mucha gente moría a causa de ello o de hambre, sólo comían una vez al día y siempre era lo mismo: media racción de sopas con pan. Las mujeres trabajaban lavando ropas, cosiendo uniformes o pijamas rotos sin descanso, cualquiera que se detuviera recibía un latigazo o un fuerte golpe que quitaba las pocas fuerzas que tenían en su interior, mientras que los hombres hacían construcciones como cámaras de gas o nuevos crematorios, incluso a veces, les hacían subir doscientos escalones cargando piedras pesadas y quien se detuviera, recibía un disparo en la cabeza. De ello se encargaban los reclusos del Comando Sonder, es decir, gente delincuente donde se encontraba una persona inesperada que fue trasladada allí una semana después de su detención en la ciudad: Kinor, que disfrutaba apretando el gatillo de su pistola contra aquellos que se paraban. Durante el año de 1942, Nevin robaba comida de los almacenes y la repartía por el barracón de Eliana y por el de su madre, que aún no se habían visto desde aquella vez que entró Eliana por primera vez. Jael sentía cada vez más por la chica, los celos le mataban cuando se besaba con Nevin, pero ella no sabía nada de los sentimientos de Jael. Respecto al doctor Josef Menguele, entraba y salía constantemente de ese barracón llevándose consigo a una víctima nueva cada vez. Unos volvían y a otros ya no se les volvió a ver, y los que volvían, preferían estar muertos. Había niños que de tener los ojos marrones habían pasado a ser azules por medio de inyecciones con sustancias químicas. Muchos se quedaron ciegos.

En 1943, se incorporó en Auschwitz una nueva supervisora que cambió totalmente el rumbo y robó la esperanza de muchos: Irma Grese, una joven muchacha de diecinueve años muy bella, rubia y atractiva, la cual fue apodada más adelante como: "La bella bestia" o "El ángel de la muerte" como Josef Menguele, con el que se rumoreaba que tuvo una relación "amorosa". A la bella joven, en su primer día, se le mostró más detenidamente el lugar que sería su nuevo trabajo, entrando en cada barracón sonriendo con maldad a los que allí, presos y moribundos se encontraban. Iba vestida con su uniforme bien elegante con su falda, su chaqueta y sus botas negras, altas y brillantes como si estuvieran recién compradas en una tienda cara, su perfume olía a distancia, por fin, un buen olor que los presos percibían después de tantos años encerrados allí sin nada que pudiesen amar, puesto que el ambiente era un poco lúgubre, y el aroma, desagradable y putrefacto. Cuando Irma entró al barracón número veintitrés en el cual Eliana se encontraba, nada más oler el perfume de la supervisora se ausentó de su mundo real, recordándose a ella misma en el espejo de su casa echándose una fragancia parecida, recordando cómo adornaba su pelo rubio con lazos y cintas mientras su hermana Clara le decía que estaba preciosa, pero cuando abrió los ojos, supo que aquel no era su mundo, al menos no ahora. Todas las miradas se centraron en la rubia que observaba con seriedad a las allí presentes, y después, se marchó al lado de dos soldados que la acompañaban. Eliana tuvo un mal presentimiento al ver a esa mujer, como también lo tuvo con Menguele en las filas de selección, y que temblaba cada vez que ese médico entraba a llevarse siempre niños pequeños o alguna mujer de mediana edad. Por último, llevaron a Irma a su estancia correspondiente, un lugar poco espacioso pero con las cosas suficientes que necesitaría; como un escritorio, un sofá al lado de una mesita con una radio de madera barnizada, su cama y un pequeño armario para guardar la ropa. Las ansias de empezar en su trabajo la consumían, necesitaba ya encontrar una nueva vícitma para hacerla sufrir y sonreír al compás de los gritos.

***

Al atardecer de un invierno de 1943, Eliana hablaba con Jael en el barracón cuando Menguele entró por la puerta con su bata blanca y el uniforme SS debajo de ella. Los que estaban allí lo miraron con atención. Estaba quieto observando de un lado a otro hasta que su mirada se clavó en su objetivo: Eliana. Se acercó a ella lentamente mostrando sus blancos colmillos a través de su sonrisa. Eliana tembló, esa sonrisa que expresaba satisfacción no le produjo una buena sensación, deseó volver con vida si se la llevaba para hacer con ella un nuevo experimento.

-Estás de suerte. Ven conmigo.-dijo Josef-

Sin atreverse a preguntar, Eliana asintió y luego lo siguió hasta que llegaron a su pabellón de enfermería donde sobre la camilla, había un hombre desnudo que al parecer, parecía saber solamente parpadear. Menguele se giró hacia ella.

-Serás mi ayudante. Lo que te ordene tienes que hacerlo, ¿entendido?.

Eliana volvió a asentir. El médico se acercó a su paciente, el cual tenía la cabeza rapada y el cuerpo inmóvil que empezó a temblar cuando Menguele se acercó a él. Cogió un frasco de tinta negra y le marcó en la zona de la apéndice, una línea recta. Eliana esperaba que le pusiera anestesia, algo lógico y normal ante una operación, y sin embargo, le pidió a la muchacha que le pasara el bisturí. Se quedó un par de segundos bloqueada pensando si había oído correctamente su orden expresa, pero entonces un golpe en una mesa de cristal sonó para captar su atención, Eliana cogió el bisturí y se lo entregó un tanto miedosa. Menguele miró su reloj para calcular cuánto tiempo era capaz de aguantar el dolor que iba a causarle y pinchó en la marca abriendo la herida poco a poco. Aquel hombre lanzaba gritos de horror tremendamente fuertes que daban miedo escuchar y que a Eliana le hicieron llorar. El hombre la miraba a ella con la esperanza de que pudiera detener a aquel doctor, pero, ¿qué podía hacer ella por más que quisiera detenerlo?.

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!