Esa misma madrugada, todos fueron despertados para trabajar como cada día, Eliana y Jael se miraron sonriendo recordando la noche anterior y juntos salieron hasta la puerta donde allí se dividieron los caminos, pues no trabajaban en lo mismo. Mientras ella cosía y lavaba pijamas o uniformes, no se quitaba de la cabeza las palabras de Jael, de que se marchaba para siempre abriéndose a la muerte como un verdadero valiente en manos de la misma persona que acabó con la vida de su hermana. Tales pensamientos la llevaron a pincharse las manos más de dos veces con la punta de un alfiler, derramando leves gotas de sangre. Como remedio casero, se lamía las pequeñas heridas y continuaba su trabajo en silencio y haciéndolo todo correcto para no llevarse una buena bronca por parte de las mujeres que vigilaban lo que estaban haciendo. Jael estaba en plena construcción de una cámara de gas, construían su propio matadero y a cambio de nada, de humillaciones y malos tratos; pero sólo Eliana en su pensamiento le hacía olvidar todo lo malo, digamos que pensarla al cabo del día lo mantenía con vida a pesar de estar a punto de morir. De vez en cuando se despistaba y recibía un latigazo en la espalda como castigo para que no volviera a suceder, y eso parecía espabilarlo algo más, aún así, eso no le hizo olvidar a Eliana en toda la mañana. A la hora de comer, Eliana y Jael estaban charlando un rato juntos hasta que empezaron a servir la comida de todos los días: sopa en malas condiciones y un pequeño trozo de pan duro. La ración para cada uno era una cucharada grande que a veces no llegaba ni a llenar el plato hasta arriba. Para comer el pan sin necesidad de hacerse daño en las encías ni sangrar los dientes, lo ablandaban en el caldo que más bien parecía agua y así podían comerlo bien. Eliana era una de las que mejor se conservaba físicamente, pero seguía con su delgadez. El pelo ya lo iba teniendo un poco más largo, a veces se lo cortaban para venderlo como a muchas de las que estaban allí. De pronto, una visita inesperada interrumpió la charla de ambos amigos: Menguele buscaba a su objetivo entre la gente hasta verlo a lo lejos al lado de Eliana. Llegó el momento. Los dos se agarraron con fuerza de la mano viendo a aquel hombre aproximarse a ellos mirando a Jael, el cual empezó a sentir un miedo terrible. Eliana acercó la boca al oído de su compañero y le susurró:

-Tranquilo, estoy contigo...

Eso pareció calmarlo un poco, pero los nervios volvieron a aparecer cuando se detuvo frente a ellos, y tras él, un par de soldados como escolta.

-¿Listo?.-preguntó Josef-

-¿Cuándo se está listo para morir?.-preguntó Jael-

-¿Cómo?. ¿Crees que voy a matarte?. No, yo no. Todo dependerá de ti y de tu fortaleza física. Aún puedes vivir...

Eliana y Jael se miraron.

-¿Has oído eso?. Puedes vivir, Jael. Te estaré esperando aquí cuando regreses.-dijo ella-

Menguele sonreía pues sabía de sobra que no iba a dejarlo vivir, ya que iba a comprobar simplemente cuánto aguantaba con vida. Con un gesto, el médico ordenó a sus escoltas que lo prendieran y lo llevaran a la enfermería de inmediato.

-Si no vuelvo, no me olvides...-dijo Jael antes de soltar su mano para siempre-

Salieron de allí con él preso y Eliana los siguió hasta salir de la puerta, donde allí se miraron por última vez, creyendo ambos en la esperanza para volverse a encontrar. De camino a la enfermería, Jael intentó ser fuerte pero las ganas se le quedaron atrás, sin poder evitarlo empezó a llorar y Menguele soltó una leve risotada, para él matar era divertido. Una vez dentro, lo metieron en otra sala a parte donde había algo parecido a una piscina cuadrangular reforzada de hierro. Menguele le ordenó quitarse toda la ropa lo más deprisa que pudiera ya que estaba impaciente por jugar a sus macabros jueguecitos. Después, le puso como un chaleco salvavidas y le ordenó meterse al pequeño tanque donde el agua estaba a cero grados bajo cero. Cuando Jael sentió el doloroso frío en sus pantorrillas, tuvo la horrible sensación de que le clavaban cuchillos, pero Menguele harto de su lentitud, lo cogió por los hombros y lo introdujo del todo en el agua, mirando después su reloj para calcular su muerte. Jael empezó a tiritar sintiendo por unos segundos cortos muerta su conciencia, el frío le impedía pensar fuera lo que fuera, aunque su vista no la apartaba en ningún momento de aquel hombre que lo miraba mostrando su blanca dentadura.

-¿De verdad creías que ibas a salvarte?. Sólo vive quién a mí me conviene y tú no eres de mi conveniencia. Espero que te hayas despedido a gusto.-dijo el doctor volviendo a mirar su reloj-

Jael cerró los ojos con fuerza y perdió la pequeña esperanza que se hallaba dentro de él, o que más bien, se halló alguna vez, ahora sólo intentaba pensar en ella, en su pelo rubio y sus ojos azules, su tez morena, su dulce piel suave y en el bonito sonido de su voz...Su recuerdo le hizo a pesar de todo sonreír, y decidió que si iba a morir, prefería hacerlo pensando en Eliana sus últimos segundos. Al cabo de cinco minutos, su piel empezó a ponerse morada poco a poco y ya no sentía siquiera su cuerpo, no podía moverse. Menguele calculó que no le quedaba más de un minuto y miró su reloj nuevamente observando de vez en cuando a su víctima, que en su último aliento consiguió decir el nombre de la mujer que amba: Eliana.

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!