-¿Qué quieres?, ¿por qué no me dejas en paz?.-preguntó Eliana-

-No iba detrás tuya, sino de tu hermana.

-A mi hermana déjala tranquila, ella no te interesa.

-Te equivocas, ella es la que más me interesa, ¿y te has preguntado por qué?

-Porque sabes que es lo que más quiero en esta vida.

-Y porque me encantaría poder disfrutarla.

-Eres un cerdo hijo de puta. Si la tocas yo misma te mataré con mis manos.

-¿Tú? Pero si cada vez que me acerco a ti tiemblas.

Kinor avanzó un paso hacia Eliana, y Eliana retrocedió temblorosa.

-¿No ves? Mírate...Si tiemblas al verme, ¿cómo vas a matarme? En todo caso, el gusto sería mío. Algún día sentiré cómo mis manos aprietan con fuerza ese cuello...

Kinor pasó su dedo índice derecho por su cuello y luego comenzó a reírse a carcajadas.

-¿Dónde está ese Nevin? Tanto no te querrá cuando ni siquiera te protege.

-Olvídanos.

Eliana intentó irse y Kinor la cogió del brazo con fuerza haciéndole daño.

-Un paso más y te lo parto.-amenazó él-

Y entonces, Nevin le dio un puñetazo en la cara a Kinor para defender a Eliana y ya se puso delante de las dos para que no les hiciera nada.

-Si vuelves a tocarla te mato.-dijo Nevin furioso-

-No voy a entrar en discusión contigo, esto es entre ella y yo.

Kinor miró a Eliana.

-Ya sabes lo que hay, recuérdalo pequeña princesa.-le dijo a Eliana-

-Lárgate antes de que me arrepienta de dejarte marchar.-dijo Nevin-

Kinor se limpió la sangre con su manga de la camisa blanca con chulería, y al terminar de sonreír, se marchó sin hacer más grande aquel conflicto. Al desaparecer, Nevin se dio la vuelta y miró a Eliana tomando su brazo entre sus manos acariciándolo lentamente hacia arriba y abajo para calmarle el dolor, aunque lo cierto fue que nada más tocarla, el dolor cesó.

-¿Te sigue doliendo?.-preguntó Nevin preocupado-

Eliana negó con la cabeza mirando sus ojos.

-No debí dejarte sola, lo siento.-seguía lamentándose él-

Eliana cogió sus manos sonriéndole.

-Estoy bien, ¿de acuerdo?.-le dijo ella-

-Aún así no me siento bien conmigo mismo.

-Pues hazlo, has sido valiente.

Partieron rumbo a la barbería de Eden donde encontraron a la policía en la misma puerta y entonces, el paso se detuvo de golpe y los dos corazones de ambas hermanas comenzaron a latir a gran velocidad temiendo lo peor, pensaron que iban a llevar a Eden preso o lo que es peor, que se lo llevaran y no lo volvieran a ver nunca. Lo primero que hizo Eliana, fue pedirle a Nevin que se fuera de allí y como siempre, él se negó, pero Eliana le pidió como un favor importante que lo hiciera, que no se preocupara porque pronto le daría noticias de qué estaba sucediendo. Nevin, en contra de su voluntad, así lo hizo, se fue a casa, a parte también tenía que cuidar a su madre de las garras de Manfred, que cada vez estaba más cegado por las ideologías Nazis y más violento cada vez que se le llevaba la contraria o no pensaran igual que lo hacía él. Eliana y Clara corrieron hasta la puerta de la barbería a toda velocidad y las miradas de padre e hijas se clavaron de golpe, fue en ese instante, cuando la policía las miró.

-¿Qué está pasando?.-preguntó Eliana mirando a su padre-

-¿Quiénes son?.-preguntó un hombre alto con su uniforme policial y el brazalete Nazi-

-Nadie señor, han venido a recoger a su padre, pero ya se fue. Iros de aquí niñas.-ordenó Eden-

Las chicas entendieron que algo no iba bien cuando Eden las cubrió de una manera digna y las echó de la puerta de la barbería para que no supiera la policía que ellas era sus hijas, a lo que ambas se fueron de allí con las piernas temblorosas y la frente sudada sin saber qué hacer o hacia dónde ir, si dar la cara con valentía delante de esos Nazis diciendo que eran sus hijas y que no se iban a ir sin su padre, si estirarse de los cabellos unas a otras de la misma desesperación y el mismo miedo que invadía sus mentes y se apoderaba del oxígeno de sus pulmones.

-Somos unas cobardes, le van a hacer algo y nosotras aquí paradas.-dijo Clara-

-Cállate ¿vale? No le harán nada.

-No, cállate tú. Sabes tan bien como yo que cuando nos ha intentado proteger ha sido por algo muy grave.

Eliana se quedaba sin palabras tras la inteligencia de su hermana a pesar de su corta edad.

-Esperemosle en la fuente. Vendrá a buscarnos.-dijo Eliana-

-¿Y si no viene?

-Vendrá.

Cuatro horas después, sobre las seis de la tarde, las chicas seguían esperando junto a la fuente hambrientas ya que no habían comido nada y no llevaban dinero para llenar los estómagos, y entonces al rato, vieron a Eden aparecer desde lo lejos caminando hacia ellas con la cabeza baja y la mirada perdida, apagada. Eliana fue la primera que se acercó hacia él preocupada por el estado de ánimo de su padre, y de nuevo ambas miradas se volvieron a encontrar. Eliana intentó leerle el rostro, y supo enseguida que algo le habían hecho, asíque le dio un fuerte abrazo antes de preguntar y saber con detalle qué era lo que le habían hecho. Tras el abrazo, Eden miró a sus hijas, en especial a la mayor, se limitó a coger aliento y dijo:

-Me han modificado la identidad.-dijo él-

Ninguna de las dos entendió lo que significaba esa frase.

-No entiendo nada.-dijo Eliana-

-La policía se enteró que yo era un judío y me hizo sacar mi carnet de identidad para cambiarlo.

-¿Y qué te han puesto?

Eden metió la mano en el bolsillo, se sacó el carnet y se lo entregó a su hija, que se le abrieron los ojos como platos al ver una enorme "J" ocupando medio carnet.

-¿Y ahora qué?.-preguntó Eliana-

-Ahora me pedirán mi identidad y cuando vean esa letra sabrán quién soy y no podré hacer nada si se les antoja darme una paliza, por eso fingí que no os conocía. Me niego a que estéis fichadas allá donde váis como si no valiérais nada.

-No debiste hacer nada, no debiste hacerlo. No me avergüenzo de lo que soy.

-Ahora no importa lo que tú sientas, o lo que seas, eres judía y esa es tu condena, por lo tanto, procura proteger tu vida.

La conversación finalizó y se fueron a casa al fin después de tantas horas en la calle y sin haber provado bocado. Kiva permanecía sentada alrededor de la mesa de la cocina con las manos en la cabeza temiendo lo peor, y al escuchar que la puerta se abría, se levantó con tanto nerviosismo que la silla en la que estaba sentada, se cayó al suelo.

-¿Qué os ha pasado? Me teníais preocupada.-dijo Kiva-

-Cenamos, y te lo cuento ¿de acuerdo?.-dijo Eden-

Su mujer asintió y ambos se besaron. Los cuatro se sentaron alrededor de la mesa y comenzaron a comer con ansia, ya que tenían el estómago vacío.

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!