Ambos rivales se miraron fíjamente y él, con su vaso de agua y sonriendo con maldad dijo:

-Te lo juré, y yo, Isaac, siempre cumplo mis promesas.

Delante de ella se bebió lo único que le quedaba en el vaso y Eliana derramó una pequeña lágrima de rabia.

-Y yo te juro que no vas a llegar a Auschwitz con vida.-dijo Eliana-

-¿Me vas a matar?. Si no vas a tener fuerzas para ello...

Isaac había dejado a mucha gente sin beber y comer por su egoísmo, más de una persona deseaba matarlo para así, continuar con la organización puesto que él fue quien la rompió. Le dejó en paz, optó por ignorarlo, no quería pelearse más, estaba segura de sí misma de que ese chico no iba a llegar con vida en la última parada. Se sentó en el suelo al lado de las dos hermanas gemelas que estaban recordando una tarde jugando en un pequeño parque con su padre, el cual estaba actualmente en el campo de concentración de Bergen-Belsen separado de su familia. Eliana escuchaba las aventuras con una sonrisa acordándose ella de aquella noche en la feria con su hermana pequeña comiendo helados y sintiéndose libre subida en la noria, cuando de pronto, se acordó de Nevin sentado, triste por no tenerla aún en sus brazos. En esos momentos deseaba más que nunca estar junto a él. Ya iban tres días sin verlo y le parecía que el mundo se le venía abajo...Recordó el momento en el que salió de clase y lo vio parado mirándola con un ramo de rosas, recordó luego la lluvia de esos mismos pétalos que se lanzaron el uno al otro sin dejar de reír...Lo cierto era que lo echaba mucho de menos. A pesar de que dentro del vagón olía a heces debido a la cantidad que había amontonada en un par de cubos, dejó de olerlas, se olvidó de todo por un largo tiempo, se ausentó de su mundo real. Pidió a su dios con gran esperanza poder salir de allí con vida y reunirse de nuevo con su familia. Su corazón latía fuerte, y sus glándulas suprarrenales liberaban adrenalina del miedo que tenía por llegar y verse sola o de que Clara ya no estuviera allí. Entre pensamiento y pensamiento cayó la noche en un abrir y cerrar de ojos, una noche fresca que no se podía sentir por el gran calor que había allí dentro por no tener las ventanas lo suficientemente grandes y abiertas. A punto ya de caer dormida, Polanski se sentó a su lado.

-¿Estás bien?.-preguntó él-

-Estoy cansada, sedienta y hambrienta. Dime doctor, ¿debo estar bien...?.-dijo Eliana-

-Mañana tienes que intentar comer algo. No puedes estar tanto tiempo así, te vas a deshidratar.

-Ese cerdo no me va a dejar a mí ni a muchos de los que estamos aquí.

-Tenemos que hacer algo o la gente morirá por su egoísmo.

-¿Y si me rindo?. Él cada vez se hace más fuerte y nosotros más débiles.

-Yo puedo hacerlo débil.

Silencio.

-Tengo en mi maleta un frasco de anestesia...Lo hice para curar algún herido en el viaje. Sugiero que mientras duerma, pongamos un poco en alguna de nuestras ropas y lo huela. Una vez dormido, se le puede asfixiar. Sé que suena cruel, pero es la única solución que conozco.-dijo Samuel-

-Vamos a ver lo que pasa y si vemos que empeora, lo ponemos en marcha.

Se sonrieron y luego ya cada uno se fue a dormir al fin. Daba comienzo el tercer día de viaje, de madrugada el tren se volvió a detener. Eliana abrió los ojos un poco aturdida sin saber por un par de segundos dónde estaba. Su frente sudaba a gotazos y no era capaz de levantarse por sí misma, su cuerpo estaba totalmente débil, no tenía ni fuerzas para hablar. Todos escucharon el sonido del agua y se revolucionaron, supieron que ya tocaba la racción, y Eliana, luchando y sacando fuerzas de donde no había, se acercó a la puerta con un paso lento. Se abrió el vagón y dos soldados entregaron el cubo lleno de agua y más pan. Empujones iban y venían golpes y caídas por un objetivo: beber agua. Más de la mitad fue desparramada por el suelo a causa de tanta desesperación. Eliana volvió a ser empujada por Isaac para que no probara el agua y ya sin saber qué poder hacer, lamió el agua del suelo haciéndose pequeños cortes en la lengua, probando así, su sangre a la vez. Cuando Samuel la ve de tal manera, la levanta del suelo y la coloca entre su regazo dándole un trozo de pan que había conseguido sisar. La boca de Eliana estaba más húmeda por la sangre que por el agua del suelo. Samuel le limpió poco a poco con cuidado de no hacerle daño en las heridas y después le comenzó a dar el pan, que lo deboró con grandes ansias.

-No tenías que haber hecho eso, hay demasiada porquería en el suelo, puedes coger una infección.-dijo él-

-Samuel, ¿qué otra opción me quedaba?. Me siento el cuerpo débil, ya no tengo fuerza. Siento que pronto me voy a morir.-dijo Eliana-

-Yo cuidaré de ti. Te prometo que volverás a reunirte con tu familia.

Y tras una sonrisa, cerró los ojos y dejó su cuerpo caer. El cuerpo de Eliana se había desmayado, y poco a poco se estaba muriendo. La tumbó en el suelo encima de una montonera de abrigos para que por lo menos estuviera cómoda. Tras ella y a lo largo del día, fueron cayendo desmayados unas ocho personas más. Las gemelas Judith y Elisa no se separaron de la joven en todo el día, le habían cogido mucho cariño en tan poco tiempo. Durante la noche, Eliana soñó con Nevin, se encontraban en mitad de un bosque cada uno por un lado. Ella se sentía desorientada y perdida sin saber a dónde ir, hasta que se encuentra con su amor y le abraza con fuerza. Él le dice al oído que prometió no dejarla sola, que ya estaba todo bien porque estaban de nuevo juntos aunque fuese en mitad de la nada. Mientras soñaba, Eliana sonreía y Polanski pudo ver ante tanto dolor y sufrimiento, esa sonrisa.

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!