Un par de días después, mientras Eliana estaba haciendo su cama por la mañana, Nevin le tapó los ojos y la besó en la mejilla, luego se dispuso a ayudarla a hacer la cama y cuando acabaron, le pidió que se sentara un minuto sobre la cama.

-He invitado a Egbert a comer.-dijo Nevin-

-¿Qué?, ¿por qué?.

-Para que me informe sobre Auschwitz. Si quieres que entre tengo que comportarme como ellos. Sé que se llevó a tus padres, pero si aún tienes interés en sobrevivir, tendrás que seguir disimulado.

-Lo haré, pienso hundirle la vida mientras yo siga respirando.

Nevin asintió y luego le dio un beso en la frente reitrándose por último a ayudar a su madre mientras Eliana se tumbaba en la cama boca arriba echando de menos la ausencia de sus padres, que tanta falta les hacía a su lado. Tenía un objetivo claro, cuidar ahora más que nunca de su hermana y de sí misma y procurar también que no fueran descubiertas, ya que eso implicaba, que Nevin y su madre fueran declarados unos traidores, el inconveniente, eran las identidades, todavía figuraban como judías, así que se le ocurrió buscar la manera para cambiarlas. A la hora de comer, Eliana se había quedado durmiendo y Clara fue a despertarla, le fue a decir a parte, que ya había llegado Egbert a casa, por lo tanto con el ceño fruncido y sin ganas de verle la cara, se levantó de la cama, arregló las arrugas de la colcha y salió de la habitación. Mientras bajaba las escaleras, Egbert la miraba embobado y Nevin le dedicó una leve mirada asesina que Egbert pasó desapercibido, es más, ni se dio cuenta, solo tenía ojos para la mujer que meneaba su vestido al compás de sus piernas con ese brillo en el pelo rubio y esa mirada tan atractiva. Cuando bajó por completo, él la tomó por la mano, la besó suavemente y le sonrió a la cara, sin embargo, Eliana se consumía entre asco, odio y rabia, teniendo ganas de matarlo con sus propias manos, pero eso ahora no servía de nada, la única solución era resignarse, soportar y sobrevivir.

-Hoy se te ve hermosa, Gretel.-dijo Egbert a Eliana, que así creyó desde que la conoció que se llamaba-

-Gracias Egbert, un placer volver a verte como siempre...-dijo a modo de ironía-

Luego, Egbert se acercó a la pequeña y le acarició la mejilla amistosamente.

-Y como no la pequeña Eva también aquí. Me recuerda a alguien, mas no sé a quién...

Recordamos que Clara se parecía mucho a Eden, a quien Egbert había caputrado hace pocos días. Por suerte, el soldado no consiguió sacarle el parecido. Tomaron cada uno su asiento sobre la mesa, puesto que la comida ya estaba servida en los platos. Estuvieron unos tres minutos en silencio para degustar el sabor de la sopa que había preparado Marie, y fue Eliana quien interrumpió, necesitaba obtener información al respecto.

-Nevin me contó que el otro día detuvistéis a una familia judía en una pradera cercana a la ciudad.-dijo ella-

-Así es, por fin encuentro a ese desgraciado. Era tu taxista, llevaba tiempo buscándolo.

-¿A dónde se los llevan?

-A Auschwitz, un campo adaptado para los de su calaña.

-Interesante...

Nevin y Eliana que estaban en frente se observaron deprisa para que Egbert no notara nada raro en la situación.

-He pedido un permiso para entrar, espero que me sea concevido.-añadió Nevin-

-¿Has demostrado acaso tu valía?.-preguntó Egbert-

Nevin lo miró sin saber qué contestar, encogió sus hombros negando con la cabeza.

-Eso es un no. Para poder entrar, primero tienes que demostrarles lo que eres capaz de hacer, si tu padre te considera inferior respecto a eso, no creo que te deje.-explicó el soldado-

-¿Tú no tienes interés?.

-De momento estoy bien aquí, pero no tardaré mucho.

-¿Qué les hacen allí dentro?.-preguntó Eliana-

-Bueno, los tratamos como se merecen. Los explotamos a trabajar, a subir escalones con pedruscos que pesan su cantidad. Si uno se detiene o ayuda a un compañero les volamos los sesos en un parpadeo. Las mujeres cosen y lavan los pijamas de rayas que tenemos preparados para todos, aunque a ellas les depara otra suerte. Las supervisoras se ocupan de sus castigos correspondientes, si perciben una pausa en su trabajo, tienen derecho a fustigarlas o incluso a matarlas. Solo pueden entrar los aptos para este tipo de trabajos, y respecto a los niños, solo los mayores de dieciséis años tienen acceso. Nada de tullidos ni ancianos, ¿de qué nos sirven?. Se van convertidos en humo por las chimeneas cuando nuestras cámaras de gas invaden sus pulmones y los dejan sin vida muy lentamente.

Todos tragaron saliva, aquello era peor que lo que imaginaban, era el infierno presente.

-¿Nunca han entrado niños? He oído que algunos sí, pero si la edad es dieciséis, ¿por qué pasan?.-preguntó Eliana-

Egbert echó una risotada ante la pregunta de Eliana.

-Sólo él decide qué niños entran.

-¿Él?, ¿quién es él?.

-Josef Mengele, uno de los mejores médicos incorporados en el campo hasta hace poco. Investiga enfermedades y casos similares con los judíos, a veces incluso manipula sus materiales genéticos. Es fabuloso.

A Eliana eso lo dejó con la boca abierta y realmente sorprendida, la maldad que Auschwitz ocultaba ya era cruel y sanguinaria. Egbert y Eliana se miraban, ella más soprendida que nadie, Clara miraba al suelo y Nevin sudaba, si le aceptaban el permiso, tendría que superar retos muy fuertes y debería estar preparado psicológicamente.

-Lo sé, es un buen trabajo.-dijo Egbert-

-Claro...-dijo Eliana-

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!