Clara no soportaba ver a su hermana así una vez más, odiaba verla sufrir de esa manera, por ello intentó animarla.

-¿Por qué no lo intentas? Has pasado todo el verano junto a él y nadie os ha descubierto.-dijo Clara-

-Porque cada vez las cosas se ponen peor, y si nos pillan nos pueden matar y yo no quiero que le pase nada.

-Pero os queréis...

-Pues habrá que intentar olvidar...

-¿Y vas a ser capaz?.

Ambas hermanas se miraron y tras un escape de lágrimas, Eliana negó con la cabeza.

-No sabría hacerlo, pero no puede ser entiéndelo.-dijo Eliana-

-No puedo entenderlo. No debería importarte lo que seáis si vuestro amor está por encima de todo. La decisión es tuya.

Eliana le negó, no estaba decidida a volver por mucho que lo deseara, asíque se retrió la pequeña de la habitación. Esa noche, Eliana leyó la misma carta más de diez veces hasta quedarse sin ganas de llorar sobre las tres de la madrugada, y al día siguiente tenía que ir al instituto para continuar con sus clases, por ello, puso la carta a un lado e intentó dormir.

9 de Noviembre de 1938:

La mañana de ese miércoles, Eliana no acudió a clases, digamos que la presión la obligó a que se las saltara. Necesitaba un poco de aire y desconectar del universo en el que estaba, poner en orden sus ideas y a ser posbile, tener la mente en blanco. Ya habían pasado cinco días y nadie había visto a Nevin por las calles, asíque deambulaba sola por Berlín hasta que se encontró con Egbert Blau, cuyo soldado había golpeado a Eden repetidas veces.

-¿No deberías estar en clase?.-preguntó él-

-No eres mi madre para decir lo que tengo que hacer.-contestó Eliana-

La ira le salió de forma maleducada por la boca, pero enseguida pidió disculpas.

-Lo siento, no llevo un buen día.-dijo ella-

-¿Qué te pasa?.

-Problemas familiares. Necesitaba tomarme un día libre para despejarme.

-¿Me permites, señorita?.

Egbert le tendió la mano y ella la agarró con odio en su interior aguantando las ganas de apretar con fuerza su mano hasta dejarlo sin sangre en las venas, pero tenía que seguir disimulando. La llevó a una cafetería donde allí, en una mesa estaban Abraham y Dina tomando una mouse de chocolate. Los tres amigos intercambiaron las miradas y Eliana con un gesto, les dijo a sus amigos que guardaran silencio. Dina y Abraham entendieron que estaba fingiendo para que no la descubrieran. Egbert y Eliana se sentaron alrededor de una mesa y pidieron al camarero un par de cafés con leche.

-¿Has visto a esos judíos? Siguen entrando a sitios a los que se les tiene prohibido el paso y aún así desobedecen. Necesitan una lección de disciplina.-dijo él-

Eliana no sabía lo que decir, iba improvisando sobre la marcha.

-¿Sólo una lección? Acabarán apestándonos a todos.-dijo ella sin sentir lo que decía-

-Ya les queda poco, te lo aseguro.

-¿A qué te refieres?.

-Cosas de soldados, ya sabrás por lo que lo digo.

El camarero sirvió los cafés y ambos se quedaron en silencio hasta que a Eliana se le ocurrió sacarle información a Egbert.

-¿Qué crees que sucederá con toda esta plaga?.-preguntó ella-

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!