Un par de meses después, Eliana vagaba por la calle junto a su hermana, que habían salido para compartir una mañana juntas y comprarse un helado tranquilamente para después ir a un parque y estar sentadas en un banco viendo la gente pasar. Dos meses sin ver a sus padres habían acabado con la esperanza de ambas. Clara le decía continuamente a su hermana mayor que apenas recordaba ya la voz de sus padres ni el perfume de Kiva cuando andaba por la casa de un lado a otro, ni la sonrisa de Eden que siempre estaba presente en su rostro. No habían vuelto a ir a su casa después del arresto, tampoco tenían ganas de volver, entrar y ver las fotos de aquellos que ya no estaban, así que lo mejor era olvidar, aunque, ¿cómo olvidar?, ninguna tenía noticias de ellos, no sabían si estaban vivos o muertos, si estaban trabajando, si habían conseguido pasar las colas de Auschwitz, si estaban bien o mal...Solo querían tener algo de información por muy pequeña que fuese, y sin embargo ahí seguían, sin saber de ellos. Eliana lo único que deseaba por encima de todo, era que estuvieran vivos y que tuvieran fuerzas para luchar puesto que mientras todos siguieran con vida, el final aún no había llegado. Por otro lado, el perimiso de Nevin para entrar en el campo no había sido aceptado por cortesía de su padre, que decía que todavía no era lo suficientemente sádico para entrar, mientras tanto, se dedicaba a obtener información del exterior por medio de soldados, pero no tenía nada, ya que al parecer allí les cambiaban el nombre por un número. Cuando ambas se levantaron para ir a casa, Nevin apareció desde lo lejos corriendo hacia ellas sonriendo, tenía una buena noticia.

-Sé de un hombre que ayuda a los judíos a ocultar su identidad, me lo ha dicho otro soldado que piensa como yo.-dijo él-

-¿De verdad?.-preguntó Eliana contenta-

-Sí, para que sepa que somos de los suyos hay que entrar con un silvido que nos diferencia de los demás.

Eliana sonrió ante la noticia y abrazó con fuerza a Nevin dándole después un beso.

-Debemos ir ahora, ya he cogido vuestras identidades.-añadió Nevin-

Las chicas asintieron y lo siguieron. Hubo que andar por lo menos un kilómetro, pero como iban a paso veloz, enseguida llegaron. Cuando Nevin entró dentro, silvó lo que un compañero le había enseñado y el chico -cuyas facciones de la cara no eran muy de mayor- suspiró de alivio. Nevin le entregó los carnets al muchacho y pidió que los falsificara con los siguientes nombres: Gretel Steimberg para Eliana, y Eva Steimberg para Clara. Él asintió y les pidió que volvieran mañana a recogerlo, que ya estaría listo y entonces los tres partieron de nuevo a casa.

AUSCHWITZ, 1941:

Kiva dormía en las barracas, unas barracas muy estrechas e incómodas en las que a parte tenían que dormir un par de personas más, por lo que estaban apretonados. Vestía un vestido de rayas, su pelo estaba totalmente corto, no llegaba a ser rapado del todo como a algunas de las allí presentes que se les había rapado. A mitad de aquella noche en la que ya el frío comenzaba a notarse en las pieles, la puerta se abrió de golpe irrumpidamente por la que entró un hombre con una bata blanca acompañado de dos soldados más. Las mujeres, -ya que estaban en la zona femenina- se sobresaltaron y enseguida salieron hacia fuera haciendo filas, si alguna se retrasaba, era azotada o asesinada en el instante. Aquel hombre que cubría su uniforme con la bata blanquecina, andaba de un extremo a otro mirando a sus víctimas para ver cúal era la perfecta y la más desgraciada al mismo tiempo para hacer su próximo experimento. Mengele no sabía por cuál decidirse, todas eran de su agrado, pero debía elegir solamente a una. Pidió consejo a sus dos compañeros y entre los tres comenzaron a comentar qué reclusa era la apropiada y la desdichada, ya que de hecho, algunas no volvían a regresar para contar la "experiencia" Kiva notaba que Mengele observaba demasiado a su alrededor, le preocupó por un momento ser ella la elegida. Su corazón iba a la velocidad de la luz, sus piernas ya algo delgaduchas, empezaron a sentir flojedad a causa de los mismos nervios, lo único que sabía pensar en esos momentos era salir con vida de aquel lugar como fuera para ir al encuentro de sus hijas, abrazarlas de nuevo. De Eden poco sabía, sabía que estaba en la zona de reclusos masculinos, pero nada de su vida, tampoco sabía en qué barracón estaba, todo era un caos para ella. De pronto, los hombres pararon de hablar y Mengele se acercó a las muchachas, en especial en frente de Kiva. Todas bajaron las miradas cuando él puso su atención en todas ellas. Él, aún al parecer un tanto indeciso, indicó a su víctima con la mano derecha y se largó a su laboratorio dejando que aquellos soldados cogieran a una chica joven de unos veinte años que estaba justo al lado de Kiva. Los gritos se oían a kilómetros de distancia, nadie hizo nada, no se podía hacer nada. Mientras uno se la llevaba a base de empujones y estirazones de pelo, el otro ordenaba que se volvieran a meter en el barracón, pero una mujer de mediana edad se detuvo, preguntó por el suministro de agua, todas tenían sed y no había con qué saciarse. El soldado le contestó sacando su pistola disparando a la mujer en la cabeza. De nuevo, los gritos volvieron a ser la terrorífica melodía, el miedo iba aumentando por segundos. La multitud de mujeres se detuvieron ante el suceso con la mente en blanco sin saber cómo actuar, qué hacer. Aquel perro de uniforme con la pistola todavía en la mano y con la conciencia tranquila repitió la orden de entrar en el barracón esta vez más enojado. Todas obedecieron sin oponerse, Kiva observaba a la víctima que yacía sin vida en el suelo y que cinco minutos después fue llevada de inmediato al crematorio con el vestido de rayas ya quitado de su cuerpo. Volvieron de nuevo a los barracones, ya era imposible concevir en sueño, cada suceso era una pesadilla hecha realidad.

Eden, en otra parte del campo de concentración se encontraba trabajando forzosamente llevando piedras pesadas de un extremo a otro, siéndole prohibido el descanso. Los soldados vigilaban a cada instante lo que estaban haciendo, apenas parpadeaban ya que no querían perderse detalle. Estaban deseando que uno de los allí presentes tuviera un simple fallo para ser mutilado allí mismo sin compasión, sin entrañas, a sangre fría. El pobre estaba decaído física y mentalmente, lo habían separado tan rápido de su familia en tan poco tiempo que le dolía el no haber podido decirles adiós, sobre todo a Clara y a Eliana, que aunque sabía que estaban bien y a salvo junto a Nevin, no sabía del tiempo que disponía de vida ahí dentro. Su frente sudaba a gran escala, cada día iba perdiendo la fortaleza física que tenía debido a la poca comida que les daban a diario: medio plato de sopa y pan, a veces demasiado duro casi sin ser comestible, pero Eden lo mojaba para poder comerlo. Cada día asesinaban a un compañero, estabas un instante con ellos y luego al día siguiente ya no estaba, o había muerto de inanición o asesinado por no cumplir las normas de trabajo. Los presos que llevaban allí más tiempo encerrados, los huesos marcaban sus pieles, que cada vez iban desapareciendo. Algunos ya ni podían hablar y eran obligados a seguir trabajando llevando piedras inúltimente de un lado a otro, o bien trabajaban en las obras de nuevos crematorios y cámaras de gas. Una mañana, mientras Eden trabajaba duro llevando las piedras, por lo lejos llegaba Manfred para vigilar a los trabajadores sustituyendo a un compañero que se iba a desayunar. Al principio, Manfred no lo vio, pero unos minutos más tarde, cuando allí lo fichó, descubrió que era el padre de Eliana y que era una familia judía. Por suerte, pensó que Nevin ya no estaba junto a ella al creer que la había descubierto. Manfred lo llamó desde lo lejos diciendo el número que llevaba cosido en el pijama y tatuado en el brazo izquierdo. Eden dejó la piedra en el suelo por orden de Manfred y se acercó a él con la mirada baja sin mirarlo a los ojos por temor a perder la vida.

-Nos volvemos a ver...-dijo Manfred-

Manfred lo observó de arriba a abajo, su aspecto demacrado y su mal olor, lo hicieron sonreír y reír a carcajadas.

-Ahora apestas, luego tu olor se fugará por las chimeneas, no te preocupes, será un momento.-dijo Manfred burlándose-

Eden seguía aguantando las amenazas sin poder contestarle, continuando con la mirada hacia abajo.

-No sé dónde estarán tus hijas, pero las voy a encontrar, las traeré ante ti y ante tus ojos las mataré despacio para oírte gritar de dolor. Luego pues, violaré a tu mujer.

Eden se revolvió y le acabó contestando.

-Atrévete y te juro que te mato...

Manfred le dio un fuerte golpe tirándolo al suelo. Un soldado que merondeaba por allí cerca, sacó una pistola para matarlo y Manfred detuvo que le diera tal disparo.

-¿Tú a mí?.-preguntó Manfred-

Ambas miradas chocaron.

-Mírate, es suficiente una orden de mi boca para matarte yo a ti.

Eden se calló de nuevo, no quería morir sin haberse reunido antes con su familia.

-No me serviría de nada matarte ahora, prefiero que sigas aquí sufriendo y peleando por tu vida.

Manfred ordenó a uno de aquellos soldados que lo levantara del suelo y lo pusiera de nuevo a trabajar. Él así lo hizo, y Eden volvió a rocoger las piedras pesadas de un lado a otro.

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!