Iban ya los tres en el coche camino a la barbería, ya que a partir de ese punto, se irían las chicas al colegio. Unos segundos antes de aparcar, junto a la puerta estaba aquel soldado que humilló a Eden hace dos días con sus dos compañeros y entonces el pánico apareció de nuevo en aquel instante.

-Ya sabes lo que tienes que hacer.-le dijo Eden a Eliana-

-¿Qué pasa?.-preguntó Clara aturdida-

-Tú solo mírale a los ojos.-contestó Eliana-

Antes de que bajaran del coche, los tres soldados se acercaron a él, y Eliana bajó limpiando su vestido con asco observando a su padre con el desprecio que tenía que fingir sentir, algo que le rompía el corazón una y otra vez cada momento que tenía que hacerlo o utilizar un insulto contra él.

-¿Quiénes sois?.-preguntó el soldado rubio, el peor de todos-

-Mi nombre es Gretel y mi hermana se llama Eva. Este taxista judío nos recoge para llevarnos a clases, algo que detesto pero algo que tengo que hacer. ¿Tienes algún problema?.-dijo Eliana disimulando valiente-

-¿Y por qué un judío?.

-Mi padre murió no hace mucho y no tenemos trayecto. Contratamos a este tipo para ello. Sé que no se merece mi dinero, pero tampoco le doy mucho, al fin y al cabo me sigue repugnando.

Eliana esbozó una sonrisa maliciosa ante aquel soldado que también le devolvió la sonrisa y se presentó ante ella.

-Me llamo Egbert, Egbert Blau.

-Gretel, Gretel Steimberg.

Egbert agarró su mano con suavidad y la besó mientras miraba sus ojos azules, a la vez que Eliana moría de asco por dentro, sentía ganas de escupirle en la cara. Egbert se dirigió hacia Eden, que se disponía a salir del coche para continuar con el trabajo, pero no le dejó, le obligó a sentarse de nuevo.

-¿Quién te ha dado permiso para levantar tu trasero del asiento? Yo decido cuando te vas.-dijo Egbert amenazante-

-Sí señor, lo siento...

-Tampoco te he ordenado hablar, necio.

Egbert le dio un fuerte golpe a Eden en la cara y Eliana y Clara tenían que mantener la compostura sin hacer un solo gesto de tristeza para que no notaran que eran judías como el hombre que estaban golpeando.

-Mucho cuidado con estas jóvenes, a partir de hoy quedan bajo mi protección. Si algún día percibo un solo rasguño en sus carnes, tú serás el culpable y te lo haré pagar, ¿entendido?.

Eden asintió y entonces Egbert ya le dio permiso para continuar con su trabajo, pero antes, Eliana se atrevió a girarse para verle la cara a su padre y él le guiñó un ojo asintiéndole con la cabeza en señal de que lo había hecho bien, y ella, solo pudo sonreírle levemente.

-Y bien señoritas, ¿os acompañamos?.-preguntó el soldado-

-No gracias, sabemos ir sin dificultad.-contestó Eliana-

-Cuidaos por el camino, todavía quedan judíos sin identificar.

La joven asintió y ya partió a clase con su hermana pequeña de la mano en silencio sin dejar de pensar en lo que le había sucedido a su padre minutos antes. Al llegar a las puertas del instituto, las hermanas se dividieron y mientras Eliana subía escaleras arriba para buscar su clase, se encontró con sus amigos parados hablando. Sin duda se alegraron de verla y la recibieron con una gran sonrisa.

-¿No entráis a clase?.-preguntó Eliana-

-Íbamos a ello. Oye, ¿y a ti qué te pasa? Te noto algo apagada.-dijo Mara-

Sin poder controlar las lágrimas, terminó contando lo que le había pasado por el camino y tuvo todo el apoyo de sus amigos, que la abrazaron a la vez diciéndole que no se preocupara, que todo saldría bien. Cuando la sirena que advertía que las clases estaban a punto de empezar sonó de golpe, el grupo de amigos buscaron sus clases correspondientes leyendo la lista de alumnos junto a la puerta. A Dina, Eliana y Abraham les había tocado en la misma clase, sin embargo, Mara y Gabriel estaban en otra diferente. Entraron los tres a clase y se pararon observando los nuevos detalles que albergaba: había una fila de mesas a la derecha y otra fila a la izquierda. No entendían nada.

-Antes estaban todas juntas...-dijo Abraham-

-Habrán cambiado los gustos del diseño.-comentó Eliana-

Una nueva profesora hizo su aparición entrando por la puerta bien arreglada con un vestido de color negro muy fino con unos zapatos de tacón. Su pelo rubio estaba recogido en un moño por un lazo y unas cuantas horquillas. Al irse todos a sentar, los detuvo, sacó un papel y comenzó a decir los nombres y a indicar dónde debían sentarse, pero Eliana intervino, los alumnos siempre solían decidir dónde y junto a quién sentarse.

-Disculpe, pero nosotros los alumnos siempre hemos decidido nuestro sitio.-dijo Eliana-

-Aquí las órdenes las doy yo, y yo decido dónde te vas a sentar.-dijo la profesora con un tono un tanto repelente-

Conforme iba sentando a la gente, Eliana y sus amigos se daban cuenta de que solo a los alemanes los estaba sentando en la fila de la izquierda, y dejó a los judíos para el final y en la fila de la derecha. Eliana se sentó junto a Abraham y a Dina con una compañera.

-No lo entiendo, no llevo la estrella.-dijo Eliana-

-¿Sabes dónde estás? Aquí figura tu registro original y saben de dónde eres.-dijo Dina echando la silla hacia atrás-

-Pues espero que esta "señora" no me delate...

-Reza por ello entonces.

La profesora ordenó silencio a la fila de la derecha y las dos compañeras dejaron de hablar inmediatamente. A las dos en punto, cuando ya la sirena volvió a sonar indicando el final de las clases, todos recogieron sus cosas a toda velocidad y se marcharon. Una clase más o menos "normal". Los cinco amgos iban saliendo ya por la puerta todos juntos cuando abajo de las escaleras se encontraba un chico joven, guapo y rubio con un ramo de rosas para su dama cuyo nombre era Eliana. Muchas de las adolescentes que salían de clase deseaban que ese ramo fuera para una de ellas, pero solo le pertenecía a una sola. Los amigos de ella se pararon y le sonrieron dejando que bajara primero las escaleras para encontrarse con su amor. Cuando se encontraron cara a cara, solo supieron sonreír como dos niños, y él le entregó el regalo. Ella lo miraba sonriendo todavía, acercó las rosas a su nariz y las olfateó con los ojos cerrados.

-Son preciosas.-dijo Eliana sonrojada-

Nevin le retiró el pelo de la cara y le dio un beso en la mejilla.

-No tanto como tú. ¿Qué tal el primer día de clase?.-dijo Nevin-

Eliana no quiso dar detalles más que nada por no preocuparlo, asíque le dijo que las clases habían estado mejor que bien.

-Oye y...¿Si te robo un beso?.-preguntó Eliana-

-Me enfadaría.

-¿Y eso por qué?

-Porque luego quiero más de uno.

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!