-Da igual, la suerte sigue siendo mía.-dijo Nevin cogiéndole los brazos-

-Yo que tú no estaba tan seguro.

-¿Y eso por qué?.

-Porque por ahí viene mi padre...

Nevin se dio la vuelta y entonces Eliana riéndose lo consiguió tumbar en el suelo, poniéndose encima ella esta vez y amarrando sus brazos.

-Picaste.-dijo Eliana-

-No importa. Ha merecido la pena.

-¿Por qué la ha merecido?

-Bueno, porque tengo a una chica guapa y joven encima de mí inmovilizando mis brazos.

-No me digas...

-¿Quién no querría estar en mi situación? Muchos, pero tengo la suerte de que he sido yo el privilegiado.

Eliana rió a carcajadas y después le besó, quitó las manos de sus brazos para que él la abrazara y así fue. Los dos se sumergieron en un cálido abrazo hasta que una señora pasó por el callejón y dio un pequeño carraspeo. Afortunadamente, no era conocida. Se levantaron rápido del suelo y Nevin dio para disimular una tosecilla y luego intentó excusarse ante la señora que ahora tapaba la boca con ambas manos exagerando la escena más de lo que era.

-Los tropezones...-dijo Nevin-

-Perdí el equilibrio señora.-dijo Eliana-

Los dos se miraron y se sonrieron por lo bajo observando a la señora, ahora con el ceño fruncido.

-Menos mal que no he sido uno de vuestros padres...

Y sin más, se fue. Nevin y Eliana comenzaron a reír por lo que había pasado y luego se cogieron de las manos para irse a pasear por un parque, un parque en el que la entrada estaba vigilada por dos soldados para que no entrara ningún judío dentro de él. Eliana detuvo su paso, recordó las palabras de su padre: "Deberás negarme, a partir de mañana yo solo seré un taxista que os recoge. Tienes que hacerlo tan bien que no te deben pedir el carnet de identidad". No tenía seguro si avanzar, si fallaba, todas las esperanzas se habrían terminado y habría decepcionado a su padre...Pero Nevin estaba seguro de que le dejarían entrar. Esos tipos trabajaban con su padre y a él lo conocían también. Juntos caminaron hasta la puerta y Eliana en ningún momento bajó la cabeza, no estaba dispuesta a tener errores. Valiente les miró a los ojos y los dos soldados se hicieron a un lado dejándolos entrar. Para Nevin, no fue algo increíble, pero para Eliana fue sorprendente la rapidez con la que esos dos les dejaron paso y una vez dentro, tiró todos sus nervios en un sólo suspiro. Cogieron sitio en un pequeño banco de madera justo en frente de una larga fuente rectangular con blancos patos de mármol y allí la pareja se volvió a mirar.

-Hemos pasado con facilidad, ¡qué suerte!.-dijo ella-

-Estaba claro.

Eliana creyó que se refería a que no llevaban la estrella cosida en sus ropas y que pasaron con facilidad por eso, pero lo último que se imaginaba era que Nevin era un alemán hijo de un Nazi y no un judío como ella pensaba. Nevin le agarró la mano despacio y después la miró a ella sonriendo.

-¿Qué pasa, qué miras?.-preguntó Eliana-

-A ti, ¿no puedo?

-Sí, pero ¿por qué me miras de esa manera y con esa sonrisa?

-Porque eres el motivo de ella. Es mirarte y hacerme sonreír como un niño pequeño al que le acaban de comprar su primer regalo.

-Pues espero que ese niño no se canse de su regalo.

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!