Al cabo de una hora, el sonido de las botas de Irma Grese se escuchaba aproximarse al barracón hasta que entró dentro y todas las mujeres empezaron a hacer filas como era de costumbre. Sacó su pistola y se acercó a la última mujer que se puso en las filas y sin pensárselo dos voces, le disparó por su lentitud. La sangre que su cuerpo derramaba la hicieron sonreír. Eliana miraba al suelo sin inmutarse, lamentando en silencio la muerte de aquella pobre mujer. Después, la cruel supervisora se movía de un extremo a otro observando a todas y cada una de las mujeres que no se atrevían a desafiarla con una mirada, ya que les iba la vida en ello. Irma escogió a una mujer joven de unos treinta años con los ojos marrones y la cabeza rapada y seguidamente enganchó a Eliana del pelo tirándola al suelo. Cayó con tanta fuerza que se hirió ambas palmas de las manos con las piedras. Se las miró un par de segundos y luego miró a aquella mujer, que, con la fusta en la mano le ordenó levantarse y Eliana así lo hizo. La fusta ahora pasó a manos de Eliana, la cual no sabía cómo utilizarla y contra quién, lo único que sabía, era que para nada bueno se la había entregado. Irma con furia, desnudó a la otra muchacha seleccionada que seguía en el suelo y ordenó a Eliana que la azotara hasta la muerte, pero no se veía capaz, y por ello, no la obedeció.

-¿A qué esperas?.-preguntó Irma-

Eliana seguía sin moverse, no quería hacer daño a aquella mujer indefensa, ella no era ninguna sádica como la que le estaba ordenando que la matara.

-Si no lo haces, recibirás una paliza.

Y aún así, Eliana no era capaz, en cambio, esa mujer tirada en el suelo le pedía que la azotara pero Eliana negaba con la cabeza tirando la fusta al suelo. Después, las miradas de la supervisora y Eliana se chocaron; Irma con rabia y la otra con miedo, puesto que la palabra "paliza" no sabía si interpretarla como lo que realmente significaba, o como una opción más de morir. Irma recogió la fusta del suelo y tras guardársela, cogió a su objetivo del pelo y ordenó a las demás que ayudaran a vestir a la otra chica. Luego, salieron del barracón a dónde la cruel estaba instalada; una sala muy similar a la de Nevin con su escritorio, su cama, su armario, su silla, y todos sus papeles revueltos.

-Eres una inútil. Pudiendo haberte librado de una golpiza y vas tú y te rindes...¿Qué voy a hacer contigo?. Quítate la camiseta. Ya.

Eliana empezó a desabrocharse los botones de la camiseta despacio, pues ella miedosa, temía que ese fuera su fin. Irma se acercó a uno de sus armarios y de un cajón, sacó una cuerda de color negra con la que ató las manos de su víctima junto a la cama. Después, sacó de nuevo su fusta y se puso frente a ella para decirle unas palabras antes de que empezara la función.

-Que sepas que no voy a parar hasta cansarme. Si aguantas hasta el final, claramente vivirás, de lo contrario, ya no nos veremos más las caras por aquí. Y bueno...Si mueres, mi próximo títere será tu hermana.

Eliana se atrevió a mirar a Irma con desafío, pero la sádica le dedicó una sonrisa maliciosa. Se levantó del suelo y tras una leve pausa, comenzó a azotar su espalda con fuerza. Poco a poco, su espalda empezaba a sangrar debido a las repetidas veces que la golpeaba en la misma herida unas cinco veces seguidas por minuto. Eliana gritaba de dolor, pero a Irma no le bastaba, quería más y más fuertes, por eso azotó nuevamente su espalda con más fuerza. Sus chillidos empezaron ya a escucharse por todo Auschwitz, hasta que cayó de boca por completo. Irma fue a comprobar si había muerto, pero todavía continuaba respirando y la supervisora ya se había cansado de su esfuerzo. Fue entonces cuando derramó un cubo de agua en su espalda para limpiar la sangre y a la vez, despejarla un poco. Rompió la cuerda con un cuchillo afilado y salió fuera a pedir a Egbert que la vistiera y se la llevara al barracón, puesto que Irma se largaba en busca de nuevas víctimas con las que poder divertirse. Cuando Egbert la vio en ese estado comenzó a reírse a carcajadas y Eliana giró la cabeza para ver quién se estaba burlando esta vez, y como no, el mismo idiota de siempre.

-Te ves como te mereces. La pena es que no te hayas muerto todavía. Eres más fuerte de lo que imaginé. No sabes lo que me arrepiento de no haber apretado el gatillo aquella vez en las filas, pero eso no era justo, no sin antes de que sintieras lo que es el verdadero dolor. Y todo por una mocosa ignorante que se metió en un lío creyendo que se habían enamorado de ella. Tú y tu familia sois igual de patéticos y estúpidos. Aunque tengo entendido que a tu hermana no le queda ya mucho, ¿no?. Bien, me alegra saber que vais cayendo poco a poco ante mis ojos.-dijo él-

Eliana no dijo nada, además tampoco tenía fuerzas para ello. Egbert la levantó del suelo y le puso la camiseta, abrochando todos y cada uno de sus botones para después llevarla a su barracón agarrándola por su melena rubia. Cuando la dejó, Eliana fue veloz hasta su hermana, la cual a simple vista parecía estar durmiendo, pero no se escuchaba el sonido de su respiración. Jael lo sabía, no se atrevió a decir que Clara ya no estaba, se había ido. Eliana le tomó el pulso, pues su piel helada y blanca no le presentía nada bueno, y no sintió su corazón. Ciega por la realidad, puso los dedos en la muñeca con la esperanza de sentir los latidos. Nada, no sentía nada. Volvió a intentarlo, esta vez poniendo su palma de la mano entera sobre el corazón. Nada. Zarandeó a su hermana suplicando que se despertara, que ya estaba todo bien y que había vuelto sana y salva para estar junto a ella, y al final, Jael, acabó abrazándola sin pedir nada a cambio. Eliana lloraba en los brazos de su compañero desconsoladamente, había perdido a toda su familia en ese infierno de lugar, cuando de pronto, Nevin entró y pudo imaginarse lo que había sucedido. Al verlo entrarl, ella se acercó hasta él y golpeó con furia su pecho.

-Me prometiste que vendrías a cuidarla y no has cumplido tu promesa. Ahora mi hermana está muerta por tu culpa.-dijo ella-

-Me duele que pienses así, yo hice lo que pude pero tuve que atender una orden con urgencia...Yo no soy el culpable de lo que ha pasado.-contestó Nevin-

-¡Sí lo eres!. Lo eres. Y la próxima vez que no puedas cumplir tu palabra no prometas nada. Vete.

-Eliana...

-¡Vete de una vez, no quiero verte!.

La tensión aumentaba cada vez más.

-¡Te recuerdo que entré en esta mierda por ti y por tu familia para asegurarme de que estábais bien!. He tenido que matar a gente inocente para volver a verte, me he jugado la vida para estar aquí contigo ¿y ahora me dices que yo tengo la culpa de todo?.-siguió Nevin ya cabreado-

-Nadie te obligó a que lo hicieras. Yo te dije que no vinieras a buscarme.

-Sí, me obligó mi corazón.

-Eso ya no me vale, si yo te importara como dices nadie hubiera muerto.

-¡¿Es que no te resulta suficiente nada de lo que he hecho?!.

Eliana empujó a Nevin con fuerza.

-¡Que te largues!.-gritó ella sin medir sus palabras y fuera de sí-

Jael se puso en medio de los dos y miró a Nevin.

-Hazle caso y vete...Respeta al menos su dolor.-dijo Jael-

-Claro, así tú te quedas con ella, ¿verdad?. Ya voy entendiendo las cosas.

Nevin miró por última vez a Eliana y se fue dando un fuerte golpe a la puerta mientras ella se tumbó al lado del cuerpo sin vida de Clara abrazándola llorando y pidiéndole perdón como si hubiera hecho algo malo. Al cabo de una hora, Menguele entró y se acercó a donde estaba Clara ya muerta.

-Vaya...Una verdadera lástima. Aunque ha resistido más de lo que esperaba. Una cucaracha menos en este antro.-dijo Josef mientras miraba a Eliana-

Luego, cogió el cuerpo de Clara en brazos y se lo llevó para depositarlo en la montonera de los cadáveres a la espera de ser quemados en los crematorios.

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!