-No me llamo Gretel.-dijo Eliana-

Eliana sacó su carnet de identidad verdadero y se lo dio a aquel soldado que lo observaba sin creer que había vivido engañado tanto tiempo. La vena de su cuello comenzó a hincharse de una manera exagerada y de la rabia, le dio una bofetada en la cara poniéndole después, su pistola entre ceja y ceja. A Eliana no se le ocurrió otra cosa que cerrar los ojos con fuerza ya intuyendo que iba a morir en menos de un minuto, pero entonces una mano se puso en el brazo de Egbert haciéndole bajar el arma: Josef.

-Lárgate.-le ordenó Josef-

Egbert, mirando a Eliana con un odio profundo, obedeció al médico más temido de Auschwitz.

-Te conozco, contigo me choqué una vez, ¿recuerdas?.-preguntó él-

Eliana asintió con la cabeza baja.

-¿Cuántos años tienes?.

-Veinte, señor.

Ahora se dirigió a las gemelas con un gran brillo en sus ojos.

-¿Y vosotras?.

Elisa, la más valiente contestó.

-Diez años, señor...

Josef esbozó una sonrisa de satisfacción, aquellas niñas eran perfectas para sus experimentos. Con el dedo pulgar y el puño cerrado, movió su dedo hacia la izquierda, por lo tanto se llevaron a las tres hacia esa zona con unos soldados, viendo a la madre de aquellas niñas partir a la otra dirección; la que iba directa a las cámaras de gas. Entraron al campo donde había pabellones y pabellones, y justo en la entrada, una enorme frase que decía: "Arbeit macht frei" -El trabajo os hará libres-. Después fueron caminando hasta llegar a una especie de terreno cerrado por verjas eléctricas y con pinchos en su superficie para que nadie pudiera escapar donde había también barracas de madera. Mientras Eliana observaba a su alrededor, vio a lo lejos un rostro familiar: su madre. Ambas se quedaron mirando y la joven se detuvo en seco, deteniendo la fila también. Sin pensar en las consecuencias corrió hacia ella para abrazarla entre lágrimas y cuando estuvo a punto de llegar, un soldado la cogió por la fuerza llevándola de nuevo a las filas poniéndole una pistola en la espalda bajo amenaza de muerte. Fueron todos llevados a un pabellón donde allí se les obligó a quitarse la ropa y ponerse cada uno un pijama de rayas con un número cosido en la parte izquierda del pecho. Para los hombres, un pijama de camiseta y pantalón, y para las mujeres una falda que llegaba un poco más abajo de las rodillas y una camiseta ancha. Después se les obligó a hacer filas uno por uno para tatuarles el número que tenía ese pijama en el brazo izquierdo. Llegó el turno de Eliana, que se sentó en aquella silla y ofreció su brazo para que la marcaran como a un animal. Cuando la aguja atravesó su piel y sentía la tinta por dentro, gritó sin poder evitarlo. Allí, le dijeron que se olvidara de su nombre, que a partir de ahora sería llamada por su número: A-28300. Eliana no lo entendió muy bien, ¿quería eso decir que se olvidara para siempre de quién era en realidad?. No tuvo el gusto de preguntar con más tranquilidad qué significaba aquello del número tatuado en el brazo y cosas similares como la que venía a continuación. Seguidamente, los trasladaron a una sala donde había sillas en fila frente a una pared blanca. Allí los fueron colocando uno por uno para raparles el pelo. Eliana no quería perder su hermosa melena rubia que era lo que más apreciaba de su cuerpo, siempre lo tenía bien cuidado y radiante, adornado con lazos o cintas de colores. Le tocó el turno, la colocaron en una de esas sillas frente a la pared y allí comenzaron a cortarle el pelo, aunque por suerte, a ella sólo se lo cortaron a media melena, su pelo era perfecto para venderlo. Alzó una de sus manos y vio que no lo habían rapado, sino cortado a la altura de los hombros. Pudo notar un breve alivio en su interior, un alivio que pronto se esfumó cuando la trasladaron a la que a partir de ese momento sería su casa: uno de los barracones de Auschwitz-Birkenau. Entró y lo primero que notó fue un mal olor que daba ganas de vomitar, pero tuvo que aguantar. Las barracas en las que dormían eran de madera y muy poco espaciosas para dormir sobre ellas. Si ahí cabía una persona, debían dormir cuatro ya que les obligaban a ello. Asustada caminó hacia adelante con su pijama de rayas sin saber a dónde ir temblorosa, sudando del mismo pánico y desorientada. Comenzó a susurrar el nombre de su hermana, por si algún casual estaba allí, pero nadie contestaba. Se sentó en el suelo y empezó a llorar, un joven muchacho de unos tres años mayor que ella un tanto delgado y con el pelo castaño muy muy corto, se sentó a su lado.

-Si buscas a Clara, la encontrarás por aquella zona.-dijo él-

Eliana miró los ojos del chico, que a simple vista le pareció apuesto y simpático.

-¿Es una niña?. Tiene trece años, es morena, muy morena, sus ojos son negros y es muy guapa...

-Creo que es la que estás buscando. Busca por allí.

Eliana sonriendo le dio las gracias, se levantó de aquel suelo mugriento y se dispuso a buscarla por la otra zona del barracón. Ahora voceaba un poco más alto su nombre para que pudiera escucharla, nadie contestaba hasta que se le ocurrió decir:

-Soy Eliana, háblame...No tengas miedo.

De pronto, la joven escuchó su nombre tras ella y se fue dando la vuelta poco a poco hasta ver a su hermana detrás de ella de pie sobre el suelo. Las dos se abrazaron con fuerza entre lágrimas de felicidad.

-Lo siento, tenía que haberte hecho caso. Por mi culpa ahora estás aquí.-se quejaba Clara sin soltarse de su hermana-

-Te engañaron, no tienes culpa de ello.

Se siguieron abrazando.

-¿Cómo has conseguido entrar?. La edad permitida es dieciséis, ¿cómo te las has arreglado?.-preguntó Eliana-

-Cuando subí al tren iba muy asustada, no tenía a nadie a mi lado. Cada día me arrinconaba en una esquina, a veces sin probar bocado ni beber agua...Entonces conocí a Jael, me ayudó a superar mis miedos allí y me echó una mano en conseguir agua y comida para no morir. Tras el viaje, nos ordenaron con voces y gritos bajar de los vagones y hacer filas...También estaba gente con pijama de rayas implicada en ello. Una vez ya en las colas, una mujer me susurró al oído que contestara: dieciséis, y a ser sincera no entendí lo que eso quería decir porque no me dio tiempo a preguntar, se esfumó como una nube. Una vez que estaba de las primeras, ese hombre con el que te chocaste una vez se inclinó ante mí con una sonrisa perfecta, su dentadura estaba bien cuidada y su perfume podía olerse a kilómetros de distancia. Me preguntó cuántos años tenía y entendí lo que aquella mujer me dijo. Le contesté que tenía dieciséis años, mas no se lo creyó. Lo último que me dijo fue: "Me eres útil dentro" e indicó con su pulgar la dirección izquierda. Todavía no sé por qué soy útil.

-A mí también me pasó algo parecido cuando estaba a punto de recibir un tiro en la cabeza por Egbert.

-Ahora sí le tengo miedo a ese...

Eliana respiró hondo por un par de minutos, necesitaba relajarse y asimilar que ese sería su "hogar" a partir de ahí.

-¿Y sabes algo de Jael?. Yo perdí a un compañero que me ayudó, no sé nada de él. Y luego dos niñas gemelas que sé que han conseguido entrar pero no sé sus barracones.-dijo Eliana-

-Jael esá aquí mismo. ¿Quieres conocerlo?.-preguntó Clara-

-Me gustaría saber quién es el hombre que ayudó a mi hermana.

Clara agarró a Eliana de la mano y la condució hacia dónde estaba ese joven, pero al parecer, ambos se habían conocido hacía cinco minutos.

-Este es Jael.-dijo Clara-

-Sí, lo acabo de conocer hace poco. Soy Eliana Gabay.

-Jael Ginich. Encantado.

Se dieron la mano sonriendo y luego se sentaron los tres en el suelo para conversar con un poco más de calma.

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!