24 de enero de 1945, Auschwitz:

Alemania iba perdiendo cada vez más batallas en combates, todo estaba últimamente desmadrado, sobre todo en Auschwitz-Birkenau, temían por que el campo de concentración fuera descubierto por los enemigos sobrevolando el cielo con aviones, pues habían pasado en varias ocasiones. Eliana y Nevin habían estado sin verse a escondidas unos seis meses desde el mes de julio, porque sí era cierto que Egbert lo tenía totalmente vigilado las veinticuatro horas del día. Eliana había adelgazado mucho más que antes y había tenido varios desmayos por falta de agua. Solamente algunas noches, Nevin se escapaba para enviarle alguna carta que otra diciéndole que la echaba de menos y que contaba los días para volver a tenerla consigo y así poder abrazarla, besarla y nunca separarse de su lado. La noche del 24 de enero de 1945, Nevin no podía dormir ansioso por verla, ya no quería estar tanto tiempo sin estar junto a ella, se vistió deprisa con su uniforme sin olvidarse de sus armas y salió con cuidado de su habitación, pero antes de verla, necesitaba comprobar que Egbert dormía. Se dirigió con sigilo a la ventana de la habitación de Egbert para ver si allí se encontraba cuando de repente, al llegar junto a la ventana, pisó mal e hizo ruido con una pequeña rama en el suelo. Nevin maldiciéndose se agachó y esperó un par de minutos en sumo silencio hasta asomarse de nuevo y verlo tumbado sobre la cama. Supuso que dormía y se retiró de allí sin hacer ruido, pero Egbert no dormía, fingía estarlo porque no era estúpido y escuchó perfectamente el sonido de la rama crujir. Se levantó despacio y al asomarse por los cristales de su ventana vio correr a Nevin en busca de Eliana, lo que le hizo sonreír de oreja a oreja, su oportunidad de deshacerse de ambos había llegado, se vistió y salió a buscar al comandante de Auschwitz con más soldados. Nevin se llevó a Eliana corriendo hasta su habitación cerrando la cerradura con llave para que nadie pudiera molestar. Una vez allí, se abrazaron de golpe sonriendo, por fin tras seis meses se habían tocado, besado y abrazado. Los dos corazones latían con fuerza, y ambos por el mismo sentimiento de amor.

-Te dije que contaba los días.-dijo Nevin-

Eliana volvió a abrazarlo mientras sonreía feliz.

-¿Oyes lo que se comenta por el campo?. Están sobrevolando el cielo, ya van dos veces...Pronto vamos a salir de aquí los dos juntos.-dijo él agarrando sus manos-

-Sí, yo misma los vi.

-¿No ves?.

Ella contenta asintió y él le acarició la cara.

-Y ahora cuéntame qué harás en cuánto salgas de aquí conmigo.-dijo Nevin-

-Irme a vivir a una casa contigo lejos de Berlín, a poder ser a Polonia, donde yo vivía cuando era pequeña. La verdad es que me daría igual, yo lo que sí quiero por encima de todo es estar contigo sea donde sea, formar una familia los dos juntos, y juntos morir.

-Y...A parte de eso, ¿qué podrías ofrecerme?. Entiéndeme, igual no quiero irme contigo.-dijo Nevin bromeando-

-Ofrecerte todo lo que yo soy haciéndote el hombre más feliz del mundo.

-¿Sabes una cosa?. Eso ya lo soy desde que te conocí. Pero no te preocupes, yo me voy contigo donde sea.

Se besaron con pasión y tras un fuerte abrazo, se sonrieron. Pero entonces, comenzaron a sonar golpes fuertes en la puerta, Egbert ya los había descubierto por fin.

-¡Sé que estáis ahí!. Abrid la puerta, perros traidores.-gritaba Egbert golpeando la puerta cada vez más fuerte-

Eliana y Nevin se miraron, y tras esa mirada, sus esperanzas se desvanecieron por completo, ahora sí que ya era tarde para seguir soñando. Eliana le cogió una de las pistolas que tenía guardada y se la escondió entre la ropa para que tuviera algún arma por si quería defenderse de ellos. La puerta fue reventada en ese momento y los encontraron a ambos abrazados, ya que eligieron ser capturados juntos.

-Ahora sí, cerdos.-dijo Egbert, que se acercaba a Nevin sonriente-, ¿qué te pensabas?, ¿que no sería capaz de lograrlo? Si no te hubieras tropezado contra esa rama...Ya hay que tener mala suerte, ¿eh?.

Nevin le escupió en la cara y Egbert le contestó dándole un puñetazo en la nariz. Después de ello, lo desarmó sin percatarse de la pistola que tenía escondida atrás.

-¡Al muro!.-ordenó Egbert-

Dos soldados se encargaron de llevar a Eliana, y otros dos a Nevin al muro de los fusilamientos en el que morían diariamente miles de personas. Los colocaron uno al lado del otro y mientras que uno vigilaba, los demás se fueron a por sus rifles. El tiempo era lluvioso y nublado, muy lúgubre, digamos que el escenario "adecuado" para morir.

Los barracones de Auschwitz (Editorial Dreamers) ¡Lee esta historia GRATIS!