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El final del gran olvido 

Las imágenes llamadas "recuerdos" pasaron por mi mente como fragmentos conectados entre sí de forma consecutiva:

Primero, un camión especial trasladando durante la noche a una niña y a un niño que habían sido sedados y encerrados en una celda especial.

Luego, la niña y el niño siendo colocados sobre sus respectivas camillas dentro de las celdas del laboratorio de mi padre.

Después mi padre, sin la barba castaña de antes de que se enfermara y los rasgos mucho más jóvenes, explicándoles a los niños apenas despertaron que aquel sería su nuevo lugar de residencia. Y distintas emociones dentro de él: nervios, riesgo y emoción, porque se suponía que no debía decirles por qué estaban ahí ni debía socializar con los individuos si no era para algo necesario.

Pero lo haría.

Entendí muy rápido que la chica me estaba dando esas imágenes para que yo pudiera comprender el inicio de todo: desde el principio, mi padre había actuado más que como un cuidador. No había seguido todas las reglas establecidas porque no había considerado a los niños como monstruos o animales, sino como potenciales y maravillosos individuos. Lo vi de nuevo frente a la celda de la niña. Ella callada, desconfiada y alerta. Él, con intenciones pacíficas, enseñándole palabras. Enseñándole a hablar. Siendo paciente, más cuidadoso, menos estricto que los demás hombres, lo cual funcionó para que después, poco a poco, se fuese formando un lazo de confianza entre ellos.

A la larga, la niña dejó de ser tan recelosa y salvaje, y con ayuda de mi padre se volvió curiosa y ansiosa de aprender todo lo que se le ofrecía. Él le propuso trabajar en un "proyecto especial" y aunque debía dedicarse a cuidar y evaluar a los dos individuos que se le habían asignado, Godric en secreto se esmeró en potenciar las habilidades mentales de ella.

El siguiente recuerdo transcurrió más lento:

Otra vez vi a mi padre en el laboratorio. Cada cosa estaba en su lugar. No había nada destrozado. Las computadoras funcionaban, la electricidad suministraba energía, y el ambiente estaba esterilizado. En una de las celdas se encontraba la chica. Parecía de unos diez años y estaba sentada en una silla con un montón de cables conectados a sus sienes, muñecas y pecho. Al otro lado del cristal, manipulando un equipo especial de monitoreo cerebral, Godric.

Habían estado en silencio por mucho rato mientras él trabajaba en su proyecto "especial", hasta que:

—La niña —pronunció la chica con cierta duda—. ¿Quién es?

Mi padre alzó la vista hacia ella. La observó en silencio por encima de las gafas.

—¿Cuál niña? —preguntó con su voz amigable.

—La que está arriba —contestó ella.

Mi padre hundió un poco las cejas, interesado. La animó a hablar con un asentimiento.

—La escucho, como a los demás —entonces confesó por primera vez la niña—. La veo, como a los demás. Se llama Mack.

Él permaneció en silencio otro momento. La niña esperó la respuesta. Le encantaban las respuestas, más si venían de Godric que era distinto, que no la lastimaba, que le enseñaba cosas, que la alentaba a ser, no a actuar.

Pero la respuesta que provino de mi padre no fue la que ella esperó:

—No debería ser posible que escuches a alguien desconocido ahí dentro. Las paredes mantienen limitado tu campo mental para que únicamente puedas oír a tus otros once compañeros. Tal vez es un eco de ellos y te has confundido.

S T R A N G E © [Parte 1 y Parte 2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora