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La respuesta está en tres años de rareza y locura


Ax avanzó en dirección a la puerta.

Lo seguí como una estúpida adolescente, un tanto fascinada por el hecho de que nuestras manos iban entrelazadas. Me entusiasmó notar que parecía seguro de la dirección a la que me llevaba porque supuse que después de tanto ignorarme finalmente quería pasar un rato a solas conmigo.

En mi mente sonó un: yeeei!

Pero como las cosas con Ax nunca eran normales, apenas salimos al pasillo que estaba más claro gracias a la luz de los alrededores de la casa que entraba por las ventanas, vi la sangre.

Y mi emoción se evaporó en un segundo.

Me detuve con brusquedad y miré hacia abajo. El borde de su pantalón y sus pies estaban empapados. Eso ocasionaba que cada paso que daba dejara una huella roja y fresca sobre el suelo de mármol pulido.

Una punzada de horror me hizo soltar su mano.

Pasé del entusiasmo al miedo de una manera tan súbita que se me heló la piel.

—Ax, ¿de dónde es...? —intenté preguntar.

Pero él giró la cabeza hacia mí, se llevó el dedo a los labios y pronunció un "shh". Luego continuó caminando en una clara petición de que no podía detenerme a hacer preguntas.

Atónita y un tanto asustada, le seguí. Había una que otra luz encendida en el resto de las habitaciones, e iluminaban su silueta de una manera macabra. El poderoso perfil sombreado más las manchas de sangre lo hacían ver escalofriante y me hacía pensar en esa salvaje parte de Ax que podía arrancar carne y...

Matar.

Justo en lo que recordé lo sucedido la noche de la fiesta, pensé de inmediato que esa sangre podía ser de mi madre, y me descubrí asustada de que mis sospechas fueran ciertas, de no saber qué hacer en el momento en que lo confirmara, de no saber qué hacer con Ax.

Pero yo no le tenía miedo.

No le tenía miedo.

No...

¿O sí?

El trayecto del pasillo a la planta baja fue tortuoso. Como mi corazón se aceleraba con cada paso, para cuando atravesamos la puerta de la cocina que daba a la parte trasera de la casa ya me golpeaba el pecho con una fuerza dolorosa.

¿Qué había hecho ahora?

¿Algo parecido a lo del rector Paul?

Contuve el aire en un intento de reunir valor para enfrentar lo que fuera a encontrar. Mis pies descalzos pisaron la grama del patio que estaba húmeda y fría como mis manos. Sin pronunciar palabra pasamos el área de la piscina y entramos al jardín.

La zona estaba oscura y el débil aroma de las flores muertas flotaba en el ambiente. Asumí que me llevaría hacia la fuente, pero de pronto comenzamos a ahondar más y más en el jardín en una dirección muy alejada de la casa.

Sentí una punzada de nervios. Por allí se llegaba a los muros que rodeaban y protegían el perímetro, pero yo nunca merodeaba esos lares, más que nada porque la cima de los muros estaba electrificada y porque no era una zona que me interesara en lo absoluto.

Algo andaba mal.

Y lo comprobé de repente cuando pisé algo.

Me quedé paralizada. Un escalofrío me hizo estremecerme. Ni siquiera tuve que ver de inmediato en dónde había puesto el pie porque supe exactamente de qué se trataba por lo líquido y repugnante que se sentía contra la piel.

S T R A N G E © [Parte 1 y Parte 2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora