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Y si ves a Mack de pequeña, también descubrirás que guardaba cosas raras


Las lagunas mentales son una poderosa nada.

Es como si una mano fuerte e invisible te robara una pieza del rompecabezas de tu mente y dejara un espacio vacío en el que ninguna otra pieza logra encajar.

Sabes que hubo algo allí y que ahora no hay nada.

Era exactamente lo que me sucedía: no había nada y al mismo tiempo algo. Sabía que conocía a Ax y también sabía que había visto aquel auto antes. Pero, ¿cuándo había conocido a Ax? ¿Y cómo reconocía el auto? ¿Había estado en él?

Algo era seguro: ambos estaban relacionados.

Nolan y yo entramos a la casa y descubrimos que la electricidad no funcionaba. ¿Era el cuarto o quinto apagón de la semana?

—Que estoy bien —repitió Nolan ante mis insistentes preguntas—. Caí de culo, pero no hay heridas. Lo que te diré es que Ax tiene mucha fuerza, y su reacción fue abrupta y peligrosa.

—¿No lo notaste? —inquirí mientras íbamos por el pasillo que conectaba la entrada con la sala—. Se alteró por ese auto.

Nolan me detuvo, colocó sus manos sobre mis hombros y escrutó mi rostro.

—¿De verdad no recuerdas nada? —me preguntó con ligera preocupación.

—No, es justo como antes...

Él me dedicó una mirada de compresión.

—Entonces hay algo ahí, y puedes tardar mucho en recordarlo o no recordarlo nunca.

No recordar nunca era lo que más me agobiaba.

—Mejor busquemos a Ax.

No lo encontramos en la casita del lago ni en las extensiones del patio, así que iniciamos una inspección por todas las habitaciones. Era un trabajo difícil considerando que la casa era enorme. Había salas en las que no entraba desde hace muchos años y otras que de seguro había olvidado que existían.

Como, por ejemplo, esa en donde encontré a Ax.

Cuando abrí la puerta, estaba oscuro. Olía a encierro y abandono. Era un espacio amplio con un par de ventanales cubiertos por unas cortinas. Apenas entraba la luz del mediodía e iluminaba los objetos arropados por el polvo.

Era un cuarto de juegos.

Un cuarto para una niña; una niña que ahora tenía dieciocho años.

Había una enorme alfombra de piezas de rompecabezas. Un estante repleto de juguetes junto a una fila de muñecas de porcelana con la piel blanca como el papel y los ojos vidriosos, fijos y espeluznantes. Una mesa con un juego de té encima y un laberinto de toboganes armables.

Detrás del tobogán, Ax se hallaba encogido mirando algo.

Me arrodillé frente a él.

—¿Qué es eso? —pregunté, extendiendo la mano para que me lo prestara.

Ax dudó, pero me ofreció lo que había estado viendo. Y entonces lo reconocí. Era un cuaderno. La tapa estaba vieja y medio suelta. Tenía un parche color crema que decía: "MACK" escrito con la caligrafía de un niño. Algunas hojas apuntaban en todas las direcciones.

Sentí una punzada en la cabeza.

Esto es mío.

Fue mío.

S T R A N G E © [Parte 1 y Parte 2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora