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Toc, toc

—¿Quién es?

¡La persona que sí le va a avisar a la policía!

Escuché las llaves cayendo sobre la mesita junto a la puerta. 

Ax giró la cabeza en un microsegundo como un robot que acababa de detectar un sonido inesperado. Temí que reaccionara como con el televisor, pero su movimiento fue precavido e interesado, como si la voz le causara curiosidad.

Mi cerebro procesó la situación de golpe y de repente noté el lío que era él:

Estaba sucio, ojeroso, rasguñado, herido, y lo peor: cubierto de sangre seca. El olor que expedía se percibía a distancia. En sí, parecía un completo demente salido de una película de terror. Si mamá lo veía, el problema iba a ser de proporciones colosales.

Debía sacarlo de allí.

Rápido.

Pensé. Ella tenía que pasar el pasillo para llegar a la cocina. Es decir que, si no me quedaba como una tonta ahí parada, podía esconderlo.

—Ax, escúchame —le susurré, mirando hacia la entrada de la cocina con nerviosismo—. Tienes que esconderte. Si quieres quedarte aquí, mi mamá no debe verte, ¿entiendes? ¿Lo entiendes? Si te escondes, te quedas. Si te dejas ver, te entregará a la policía.

Más claro no pude haberlo dicho, y de otra forma de seguro no lo habría entendido. Su respuesta fue inmediata: un asentimiento de cabeza.

Era todo lo que necesitaba.

Rodeé la isla, cogí a Ax por la muñeca y atravesamos la entrada más cercana que daba de nuevo a la sala de estar. Allí nos apegamos a la pared, valiéndonos del oído. Si algo caracterizaba aquella enorme casa era que cada habitación se conectaba con otra, así que debíamos ser en extremo cuidadosos.

Podía escuchar los tacones de mamá resonar en su adorado suelo de mármol mientras avanzaba por el pasillo.

—¿Mack?

Mamá llegó hasta la cocina. Ax y yo nos deslizamos en lateral. Ella caminó cerca del refrigerador, justo por detrás de la única pared que nos separaba. Entonces aproveché para movernos en dirección al pasillo.

—¿Qué demonios huele así? —se quejó mamá en solitario—. ¿Mack? ¡¿Qué has hecho aquí?!

Mis latidos aumentaron su ritmo.

Por precaución me llevé el índice a la boca y le hice un «shhh» a Ax. Él me miró de reojo y se mantuvo quieto. Al mismo tiempo, los tacones de mi madre se movieron hacia la sala mientras que ambos regresábamos agachados hacia la cocina.

Pasamos ocultándonos gracias a la isla, mirando hacia atrás. La escuché moverse al otro lado, tratando de encontrarme. Si nos levantábamos un poco sería capaz de vernos, pero continuamos en cuclillas hacia la puerta de cristal que daba al patio.

Con sumo cuidado y una lentitud casi desesperante pasé el seguro para abrirla. Sonó un click y de inmediato los tacones de mamá reanudaron el andar. Abrí la puerta, la atravesamos y la cerré con rapidez.

Conduje a Ax a través del patio, aún sin cantar victoria. Mi primera idea había sido meterlo en el sótano porque creí que tendría tiempo de prepararlo, pero ahora la única opción viable era la casa de la piscina.

Por primera vez en mi vida agradecí vivir en un lugar tan grande.

Seguimos el caminillo que daba a la casita. Lo bueno era que estaba a una distancia considerable de la casa grande, que no tenía ventanales y que una formación de arbustos repletos de flores la rodeaban dándole un aire oculto.

S T R A N G E © [Parte 1 y Parte 2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora