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Un gramo de misterio es suficiente para envenenar la mente...

y estrellarse contra la verdad

Al mismo tiempo que regresó la luz, Ax cayó con las rodillas y las palmas contra el suelo.

Me apresuré a ayudarlo a levantarse, pero apenas estiró una pierna volvió a desplomarse como si no le funcionaran por completo. Quedó a gatas, con el pecho subiendo y bajando de la misma forma que alguien a punto de vomitar. Solo que nada más que mucho aire y un hilillo de saliva salió de su boca entreabierta. Sus dedos se aferraron al suelo y como sus brazos temblaban demasiado reuní mucha fuerza y lo enderecé hasta ponerlo de rodillas.

Empleé todo mi peso para sostenerlo y busqué alguna respuesta en su cara. Lo que percibí me indicó que algo no estaba bien en él. Sus parpadeos eran lentos y sus ojos, con esa heterocromía tan afincada, desorbitados. Su piel que un rato atrás percibí caliente, ahora estaba fría, sudorosa. ¿Qué demonios...? Por un instante ni siquiera supe cómo actuar.

—Ax, ¿qué pasa? —solté con la voz cargada de preocupación, todavía funcionando como apoyo para que él no se desplomara.

Sostuve su rostro con mis manos, pero su cabeza se tambaleó con debilidad. Dios santo, estaba más pálido de lo normal. Era tan grande y fuerte, pero parecía como... como si de pronto perdiera toda la energía, como si se la hubieran succionado en un segundo. Y cuando creí que ya era suficientemente malo, empeoró. Una súbita línea de sangre asomó por el orificio de su oreja, tan carmesí que me alarmó.

—¡Ax, dime algo, por favor! —insistí con exasperación—. ¿Qué sientes? ¡¿Qué debo hacer?! —le exigí, tan nerviosa que incluso yo también temblé ante la idea de que le sucediera algo que no consiguiera manejar.

Entonces habló:

—Buscar... —pronunció con dificultad. Fue un susurro ronco y forzado. Le salió entre los dientes apretados y la mandíbula tensa.

—¿Buscar qué? ¿Qué debo buscar? —pregunté con mayor insistencia. El corazón me latía con tanta rapidez y susto que me sacudía el pecho.

—Nolan —contestó él—. Seguridad.

Lo entendí a la perfección. Dejé a Ax sentado en el suelo por un momento y corrí al cuarto de control. Allí activé las cerraduras automáticas de la verja, el portón trasero y los accesos a la casa. Los mecanismos actuaron con un zumbido rápido y fluido. Una rejilla se desplegó desde la parte superior del marco de la puerta de entrada que los desconocidos habían destrozado, y cerró con una lámina de metal. Si había cualquier otro acceso estaría bloqueado hasta que yo ordenara lo contrario.

Luego llamé a Nolan. Estaba dormido, así que le tuve que explicar de la peor manera posible. Aseguró que llegaría muy rápido. Mientras esperaba, como pude arrastré a Ax hacia la sala y lo recosté en el sofá. Intenté hacerle preguntas, pero al instante en que escuchó mi voz se cubrió las orejas con las manos y cerró los ojos como si un ruido muy fuerte le molestara. Finalmente, inquieta, preocupada y algo asustada, aguardé.

Nolan llegó en diez minutos, en pantalón de pijama, camiseta y cabello revuelto y húmedo por la lluvia que todavía tronaba el cielo. Una expresión de pánico estaba estampada en su cara. Se le habían marcado unas ojeras y lo envolvía un aire agitado por la rapidez de los acontecimientos. Me abrazó con tanta fuerza que pensé que nos fundiríamos de miedo.

Después de comprobar que no nos faltaba alguna parte del cuerpo y que seguíamos enteros y a salvo, nos reunimos en la sala junto a Ax.

—Pero ¿los viste? ¿les viste las caras? —me preguntó Nolan, preocupado y nervioso.

S T R A N G E © [Parte 1 y Parte 2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora