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Advertencia: este capítulo tiene contenido +18. Si a ti no te gusta leer este tipo de cosas, avanza en este capítulo hacia abajo hasta que veas estos simbolos (****) Después de ahí puedes leer para seguir el hilo de la historia sin problemas y entender el siguiente capítulo.

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El peor momento es el mejor

Desde que todas las cosas malas habían empezado a suceder, se había encendido una voz en mi cabeza que no dejaba de gritar: "¡PELIGRO, PELIGRO, ESTAMOS EN PELIGRO!".

En ese ese instante esa voz se apagó.

La advertencia de Campbell dejó de ser importante.

Mi mente quedó totalmente en blanco.

Lo único que existió fue la habitación semi oscura y silenciosa, y Ax frente a mí, con su boca a milímetros de la mía, las puntas de nuestras narices rozándose, y una repentina debilidad producida por el ser consciente de que me tenía contra su cuerpo.

Antes de que yo dijera algo, puso una mano en mi cuello y con el pulgar en mi barbilla me hizo inclinar la cabeza hacia atrás. Besó mi labio superior. Apenas un toque lento, un movimiento pequeño como queriendo decir: primero haré esto, así, para disfrutarte lentamente... Luego separó mis labios con los suyos y empezó movimientos un poco más ansiosos. Con ganas de seguirle le di unas suaves mordidas a las que él respondió rozando nuestras lenguas para profundizar los besos.

Entramos en un momento de inmersión. Él dio pasos hacia adelante y me llevó consigo hasta que mi espalda se recargó contra la pared. Apoyó el antebrazo en ella, por encima de mi cabeza, y presionó su cuerpo duro contra el mío. Ahí el nivel de los besos subió a uno más intenso que me hizo empezar a sentir que el delicioso calor de su boca también calentaba otras partes de mí, y fue obvio que él sintió lo mismo porque poco a poco su respiración se fue acelerando.

Fue relajante. Nos mordimos, rozamos nuestras lenguas, mezclamos nuestros alientos, fluimos sobre nuestros labios, aumentamos la velocidad...

Hasta que me acordé. De alguna manera recuperé algo de sensatez y sin apartarme de él, rompí el beso. En lo que lo vi, Ax respiraba agitado con la boca entreabierta y el pecho subiendo y bajando, aún a milímetros de mi cara.

—Dijiste que te pone débil —le recordé. Mi boca rozó la suya al hablar—. No puedes estar débil si vas a buscar a La Sombra por...

—No —me interrumpió en un aliento. Su voz se oyó ronca, jadeante, afectada por lo intenso del momento—. Ya entendí. Me pone débil porque lo aguanto.

—¿Qué aguantas? —le pregunté con un expectante cosquilleo de nervios.

Ax bajó la mirada porque mientras nos habíamos besado, él había puesto la otra mano en mi cintura, y ahora con sus dedos sostenía el borde de mi camisa. Sospeché que tenía intenciones de... pero, ¿lo haría?

Sí, lo hizo.

En lugar de dar la respuesta, apoyó la frente sobre la mía de modo que nuestras narices quedaron juntas, deslizó los dedos por debajo de la tela y tocó la piel de mis caderas. Inhaló hondamente con un ligero gesto de tortura.

—Las ganas de hacer esto —susurró sobre mi boca—. Contigo.

Y a palma abierta inició un recorrido hacia arriba. Un recorrido que dejó muy en claro que lo que quería con ello era explorar, conocer, descubrir lo que había debajo de la ropa, de mí ropa: mi cintura, mi abdomen, por la piel sobre costillas, de nuevo hacia abajo por el abdomen, otra vez la cintura...

S T R A N G E © [Parte 1 y Parte 2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora