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Hay algo en donde parece no haber nada

Me dio algo parecido a un ataque de histeria.

Entré a la casa grande, subí a mi habitación y empecé a caminar de un lado a otro, furiosa. Esa era mi manera de reaccionar ante algo que me desequilibraba emocionalmente: con enojo hacia mí misma. Ahora estaba frustrada, confundida, desesperada. Las manos incluso me temblaban por la brusquedad del recuerdo.

Ax no se parecía ni un poco a Jaden, claro que no, porque Ax era un desconocido al que solo ayudaba para sentir que aún podía relacionarme a mi padre. Bueno... eso era lo que solía asegurarme, pero todo aquello estaba tomando rutas más escabrosas. Además, papá estaba muerto por más que quisiera cambiarlo, y aunque me lo negara, el contacto con Ax sí resultaba muy familiar.

Y ni siquiera se trataba únicamente de eso. Seguía pensando que conocía a Ax por otras razones... algo que no lograba determinar... ¿o recordar?

¡Maldición!

Pateé el puff que había junto a la cama y luego me tiré en ella, derrotada. Habría dado la vida por tener a papá allí. Habría hecho un pacto con cualquier demonio para escucharlo, porque él me habría dicho qué hacer, en dónde buscar, cómo encontrar lo que había perdido.

—Papá, no recuerdo haber venido a este lugar.

—Viniste, pero eras mucho más pequeña.

—¿A qué edad?

—Nueve, quizás.

—¿Por qué no puedo acordarme? A veces ni siquiera recuerdo lo que comí en la cena...

—No lo sé, Mack, pero un relato griego que leí una vez dice que para que entren nuevos conocimientos, hay que empujar los viejos. Quizás sabes tantas cosas que las menos importantes desaparecen...

Las palabras se desvanecieron en la oscuridad de la habitación. No lograba recordar en qué momento tuvimos esa conversación, si antes de enfermarse o después. Habíamos ido a algún lugar, pero tampoco recordaba cuál. Intenté encontrarlo. Traté de formar la imagen de nosotros ese día, hablando, en ese sitio, ¿qué edad? ¿qué hora? ¿qué fecha? ¿qué aspecto teníamos?

Nada.

Volví a intentarlo durante mucho rato. Ni siquiera me di cuenta de que me quedé dormida hasta que un estrepitoso trueno, que crujió de tal manera como si hubiera partido el cielo en dos, me despertó. Los cristales de las ventanas repiqueteaban por la lluvia. De nuevo era gruesa, furiosa, helada.

Me incorporé en la cama, algo desorientada. Había tenido un sueño con mi padre. Él estaba en su despacho y me pedía que le llevara un café. ¿Lo raro en ese sueño? Mi padre jamás me había pedido tal cosa porque él nunca me dejó entrar a su despacho. Aquel era su santuario, su lugar de trabajo y reflexión, y si alguien se atrevía siquiera a husmear, solía enojarse bastante.

Me levanté y salí de la habitación. Avancé por el solitario pasillo decorado con cuadros de pintores contemporáneos. Se me antojó tenebroso. El silencio era denso, casi fúnebre. No se percibía más que un frío de abandono, como si mamá y yo, las únicas personas que caminaban diariamente por aquel suelo, fuéramos solo fantasmas habitando un lugar que no nos pertenecía.

Ni siquiera había un rastro, un olor, una chispa. Estábamos ahí por estar. Dormíamos ahí por dormir. No sentíamos que fuera un hogar. Quizás antes tampoco lo fue, pero con papá vivo, las cosas eran más sencillas. Él reía y todo se iluminaba, yo me iluminaba.

Seguí mi impulso. En ese piso solo había habitaciones, así que tuve que subir al tercero para llegar a donde de repente se me había ocurrido ir: el despacho. Era una puerta al fondo del pasillo. La puerta prohibida. Mi curiosidad hacia ese lugar siempre fue mínima, pero ahora necesitaba conocerlo.

S T R A N G E © [Parte 1 y Parte 2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora