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La extraña figura entre el fuego

Ax estaba quieto en la salita, envuelto con la toalla. No envuelto de la cintura para abajo, sino desde los hombros hasta las piernas como las madres envolvían a los niños después de los baños.

No supe por qué rayos lo envolví como si fuera su madre, pero fue lo primero que se me ocurrió para cubrirlo todo. El asunto era que como ya no estaba cubierto de sangre ni de mugre, daba otra impresión que me tenía algo sorprendida.

Era como si por puro aburrimiento excavaras el suelo sucio y casi muerto de un terreno olvidado. No esperabas encontrar algo, y de repente salía un chorro de petróleo.

Ax era puro y auténtico petróleo.

Sí, no era buena con las comparaciones.

El punto es que todo había cambiado. El cabello le caía sobre la frente y su expresión era inalterable, neutral; pero la piel limpia tenía un tono cremoso. Se le veían las cicatrices esparcidas por los brazos, el pecho y el torso. Algunas eran tan viejas que solo le aportaban un aire de rudeza. Quise averiguar cómo se las había hecho porque sus formas eran parecidas a las de las quemaduras, pero preguntarle era gastar aliento.

Su rostro estaba intacto a excepción de una pequeña herida de menos de un centímetro que le cruzaba el labio superior, cerca de la comisura. Estaba roja pero no sangraba. Y seguía percibiendo algo imponente en él que me hacía pensar en soldados de guerra.

—Bueno, aquí hay pantalones y camisas —le indiqué.

Señalé con el dedo índice la mochila sobre el sofá. Los ojos de Ax se deslizaron hacia la mochila y luego de nuevo hacia mí.

—Te la tienes que poner —aclaré, y me esforcé por sonreírle sin despegar los labios.

Él no se movió.

—Ropa, Ax —intenté de nuevo con mayor detenimiento—. Vístete.

Una orden simple. Olvidé lo rápido que obedecía las ordenes simples.

Dejó caer la toalla como si le estorbara y en un segundo estuvo totalmente desnudo.

—¡Maldición, Ax! —solté, tapándome la cara con apremio. Lo hice rápido, pero mis ojos alcanzaron a registrar algo y la imagen quedó grabada en la oscuridad de mis párpados—. ¿No sabes lo que es tener vergüenza? —me quejé.

—No —respondió. Un simple, seco y frío: no.

Todo el rostro me ardió. Me obligué a solo pensar que tenía una excelente forma física, delgada pero atlética, aunque varias otras cosas me pasaron por la mente...

¡Pero pensar así estaba mal!

Ax podía estar loco o enfermo por muy normal que luciera. Y no sabía quién era. No sabía qué había hecho. No sabía nada de nada. Así que debía verlo desde un punto sensato y lógico. De modo que alejé cualquier idea de estúpida adolescente y me centré en ser la chica madura que tenía que resolver pronto aquel lío.

No escuché que se estuviera moviendo, por lo que creé un espacio con los dedos que aun cubrían mi cara y entreabrí los ojos lentamente.

Por suerte ya se estaba subiendo la cremallera. Los vaqueros le quedaban perfectos. Un poco holgados, pero no demasiado. Ya terminado, se volvió hacia mí como si esperara otra indicación.

—Falta la camisa —le dije.

No hizo nada.

—Camisa —pronuncié—. Póntela.

S T R A N G E © [Parte 1 y Parte 2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora