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Ten cuidado con lo que deseas recordar...

O con lo que recuerdas.

Retrocedí de manera instintiva.

Durante una fracción de segundo creí que eran los horribles ojos amarillos de lo que fuese que habíamos atropellado un rato atrás, que aquella cosa había llegado hasta allí para terminar lo que tuvo intenciones de hacer en la carretera, que no habría modo de evitar lo inevitable.

Pero estos ojos no eran amarillos ni monstruosos. Eran distintos, familiares, grandes, a veces perturbadores y a veces intrigantes. Uno era totalmente negro, como si la pupila hubiera consumido el iris, y el otro era muy claro y normal. Y lo que transmitían, en realidad, era oscuridad y un gran vacío.

—Ax, ¿qué haces ahí? —solté en una exhalación de alivio, aunque no me sentí aliviada del todo.

No le tenía miedo a Ax, pero el asunto de la carretera me había dejado en extremo nerviosa y a la defensiva. Además, esa posición en la que se encontraba era un tanto aterradora: acuclillado contra la pared de la esquina, muy quieto, mirándome fijo como un animal atento a su entorno. A pesar de que la oscuridad de la habitación lo envolvía, como siempre, solo vestía un jean. Tenía los pies descalzos y el torso desnudo. Una venda blanca y limpia le rodeaba el abdomen. El cabello era una mata salvaje y oscura.

—Ax, ¿por qué no estás en la casita de la piscina? —volví a preguntar.

Su respuesta fue bajar la mirada con lentitud y luego arrastrar algo hacia adelante. Tuve que avanzar unos pasos para ver de qué se trataba, pero aun así no conseguí detallarlo bien. Me moví entonces hacia la ventana y descorrí un poco la cortina para que entrara algo de la luz de los faroles de afuera. Luego fui y me agaché frente a él. Sobre el suelo reposaba una de las libretas de dibujo que usábamos para practicar palabras. Junto a ella, un lápiz con la punta gastada.

Ax observó el cuaderno y luego me observó a mí. Ya conocía demasiado sus gestos como para entender que quería que viera algo, así que lo cogí. Él aguardó, expectante. Se me ocurrió que de seguro había practicado solo y ahora necesitaba mi aprobación. A veces le gustaba hacer algo y luego verme para que yo le dijera si estaba bien o no.

Abrí la libreta y empecé a pasar las páginas. Algunas estaban llenas de palabras y cosas que Nolan y yo le enseñábamos. A Ax le costaba tanto leer como hablar. Era muy raro. A veces leía una oración completa y otras veces no podía leer otra oración con las mismas palabras. Tampoco podía escribir. Terminaba haciendo garabatos a pulso tembloroso.

En lo que pasé una página y vi algo, me asusté y solté la libreta de golpe.

Fue un gesto automático por la impresión, como dejar caer una taza en el momento en que se recibe una noticia de impacto. Mi corazón empezó a latir muy rápido, impresionado y espantado. Miré fijamente la página de la libreta, ahora sobre el piso. Era un dibujo. Un perfecto dibujo de un par de ojos amarillos y espeluznantes. Los mismos ojos de aquello que Nolan y yo habíamos atropellado en la carretera.

Lo horrible estaba en la coincidencia, no en el dibujo en sí. Lo había trazado todo a lápiz, pero los iris los había pintado con color. Se veían las cejas, fruncidas en una expresión de furia, y el puente de una nariz incompleta a medida que bajaba. Alrededor eran sombras difuminadas en los lugares correctos y afincadas en los más adecuados. Desde una primera perspectiva parecía algún monstruo escondido en la oscuridad de un armario, bajo una cama, o dentro de un callejón, de una alcantarilla e incluso detrás de un agujero.

—¿Tú dibujaste esto? —le pregunté en un hilo de voz.

Sabía la respuesta. Sabía que sí, pero sentí la necesidad de confirmarlo.

S T R A N G E © [Parte 1 y Parte 2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora