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 7 días para entender el pasado de Mack

7 días para admirar la belleza de Nolan

7 días para humanizar a Ax

Nolan y yo nos observamos, perplejos.

Ese ataque de ira había sido sorpresivo, violento y nuevo. Ni siquiera necesitaba leerle la mente a Nolan para saber lo que estaba pensando: que por un instante creyó que Ax iba a lastimarnos. Yo no creí lo mismo, sin embargo, lo que más me asombró fue ese cambio tan brusco.

Tan aterrador...

Nolan exhaló y negó lentamente con la cabeza.

—Te digo, Mack, que por un lado pienso que estamos haciendo bien en ayudarlo porque aseguras que lo conoces, pero por el otro que solo nos estamos echando la soga al cuello porque tu cerebro solo te está jugando una buena.

Sí, mi mente siempre jugaba conmigo, pero a esas alturas ya sospechaba tantas cosas que no faltaba casi nada para que se convirtieran en una certeza.

—No es un chico común —aseguré. Era lo que venía pensando cada noche desde que lo habíamos encontrado—. Hay algo más en él. Hay algo que... ni siquiera nos imaginamos. Ya no solo se trata de ayudarlo porque siento que lo conozco. Esto es diferente.

Nolan formó una fina línea con los labios y me miró con gran severidad. Atisbé una chispa de disgusto en su expresión.

—¿Y por qué según tú es diferente? A ver, ¿por qué? —inquirió con una nota obstinada.

—Por lo que pasó en la estación —respondí con obviedad—, por lo de ese auto, por las circunstancias en las que lo encontramos, ¡por todo! Incluso por lo que todavía no sabemos. Dime, ¿por qué crees que no lo sabemos? No encontrar nada sobre él es lo que hace más extraño este asunto.

En vez de parecer confundido o interesado, su disgusto se afincó.

—¿Dices que están relacionados? —soltó en un resoplido absurdo.

—¿Es que no lo notas? —le pregunté, desconcertada.

—Lo que noto es que Ax puede lanzarnos un pizarrón en la cara si lo hacemos enojar —rebatió al instante.

Él dio algunos pasos por la salita. Se pasó la mano por el cabello, frustrado. Negó con la cabeza y murmuró algunos reproches que no entendí. En pocas palabras, empezó a rezongar.

—Le enoja que no lo entendamos —dije finalmente, intentando alivianarlo.

Pero no funcionó. Nolan se volvió con violencia y me encaró.

—Y a mí me enoja que no hable, ¿cómo le hacemos? —refutó.

Me desafió. Sus ojos sostuvieron los míos, entornados y retadores. Entonces yo también sentí una corriente de disgusto. Entendía su frustración, pero también lo conocía más que a mí misma y me era fácil deducir el porqué de sus actitudes.

—¿Estás seguro de que ese es el verdadero problema? —escupí, no menos firme que él.

—¡El problema! —soltó Nolan junto a una risa amarga—. ¿Ahora crees qué yo tengo un problema con él? —agregó, falsamente ofendido—. No, claro que no, ¿cómo iba a tener un problema con el desconocido mudo/agresivo que metiste a tu casa a escondidas de tu madre?

Abrí la boca para rebatir, pero me salieron palabras entrecortadas por lo sorprendida que me dejaba.

—¿Por qué lo dices así como si...? Como si... —expresé. Me pasaron muchas cosas por la mente, pero a veces discutir con él era entrar en un bucle—. ¡Lo hicimos porque necesita ayuda!

S T R A N G E © [Parte 1 y Parte 2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora