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Hay que meter muchas cosas en la bañera

Fue extraño entrar de nuevo a la casita de la piscina.

Como volver al sitio en donde tuviste un accidente que te dejó grave.

Como volver a hablar con alguien que te hizo daño.

Como rascar la costra de un rasguño que intenta sanar.

Más de doce meses sin pisarla. Eso llevaba. Es decir que durante todo un año había dejado de hacer muchas cosas. Retomar algo, pasar de pausa a play, era raro.

Habría echado a correr de allí de no ser por el asunto de Ax, pero él ahora no estaba por ningún lado.

La casita era más o menos grande: dos pisos, suelo de madera, concepto cerrado, bien equipada con cocina, refri, televisor y calefacción. Cualquiera podía vivir a gusto ahí. Solo que ahí no vivían más que el polvo y unas escalofriantes telarañas de recuerdos.

—¿Ax? —le llamé.

No había rastro de él en la salita ni en la cocina que formaba parte del mismo espacio. Revisé el baño y tampoco lo encontré. La única habitación con cama matrimonial estaba vacía, y bajo esa cama no había más que oscuridad.

Se había ido.

Estaba segura.

Había escapado.

Se había llevado la verdad sobre por qué buscaba a mi padre. Me había dejado con una duda que me atormentaría.

O eso creí hasta que escuché un estornudo y me giré rápidamente.

El armario.

Venía del armario de la sala.

Salí de la habitación y me apresuré a abrirlo. Ahí lo encontré sentado contra la pared, entre el polvo y el olor a guardado, con los ante brazos sobre las rodillas y una mirada neutral e indescifrable fija en el vacío, como si no hubiera nada delante ni dentro de él.

Permanecía tan quieto que con facilidad se confundía con un maniquí, y había algo frío y perturbable en su expresión.

Me arrodillé frente a él y entonces sus ojos encontraron los míos. Me tranquilizó verlo, porque entonces todavía tenía oportunidad de aclarar mis dudas.

Le regalé una sonrisa sin despegar los labios.

—Pensé que te habías pirado —confesé.

—Aquí —dijo con desconfianza.

—Sí, te quedaste aquí —asentí mientras me sentaba en posición de indio—. Eres obediente, Ax. ¿Quién te enseñó a serlo?

Sin respuesta.

Tomé uno de los sándwiches y se lo ofrecí. Él dudó un instante pero luego no pudo más. Me lo arrancó de la mano y comenzó a devorarlo de tal manera que me pregunté cuanto había pasado sin alimentarse. No había más que impaciencia y salvajismo en su manera de comer.

Se lo terminó casi sin masticar. Tosió un poco y miró ansioso el otro que quedaba en el plato. Ahora en sus ojos sí había algo: un hambre voraz. Pero, ¿y el resto en dónde estaba? ¿En dónde estaba ese casi imperceptible reflejo que hacía a uno humano?

Intentó agarrar el sándwich, pero lo aparté.

—Te daré este si respondes mis preguntas —le propuse.

No le agradó la idea. Su mirada se endureció y sus cejas se hundieron. Me dio la impresión de que quiso protestar, pero al final asintió con la cabeza.

S T R A N G E © [Parte 1 y Parte 2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora