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—Debemos quedárnoslo

—¡Que no es un puto perro!


Bienvenidos a la peculiar familia Cavalier.

Hay un papá muerto. (Qué trágico).

Una mamá arquitecta en su mejor momento laboral. (Dinero, dinero, dinero).

Y Mack Cavalier: Diecisiete años. Hija única. Cabello castaño. Ojos castaños. Contextura acorde a su edad, aunque con algunos rollitos que se le salen cuando se sienta. Chica normal. Tranquila. Víctima de lagunas mentales desde los siete. De luto, pero no demasiado. Nunca demasiado de nada.

Bienvenidos también a la linda familia Cox.

Hay un papá que a los cuarenta y cinco años decidió declarar que siempre fue gay y que luego se fue a Alemania con un chico mucho más joven. (Uy, qué chismón).

Una mamá tan impactada que se volvió religiosamente homófoba. (Hay que tenerle miedo a esa señora).

Un hermano de veintidós años más o menos normal que nadie conoce demasiado. (Pero es guapo, no se preocupen).

Y Nolan Cox, un chico genial y atractivo de dieciocho años que desde los trece admira a los muchachos de las revistas para chicas, y que con regularidad debe fingir ser un hombre común delante de su madre.

En el momento en que encontramos a Ax, ¿a quién le iba peor? ¿A Nolan o Mack? ¿A Mack o a Nolan? Puede que a Nolan, pero podías cambiar de idea.

Siempre podías cambiar de idea cuando nos conocías a ambos.

Ahora delante de mí tenía una fotografía de mi papá y era como si el mundo se me viniera encima.

Ni siquiera recordaba haberla visto antes. Pudo haber sido tomada en la universidad en la que trabajaba. Se veía justo como lo recordaba antes de morir, pero no lo sabía con exactitud.

Alcé la mirada hacia Ax, estupefacta, esperando hallar una explicación.

—¿Conociste a mi papá? —le pregunté en un hilo de voz pasmada y afectada. 

Ax respiraba pesadamente, en silencio. Se aferraba al sofá con ambas manos y lo hacía con tanta fuerza que las venas brotaban desde sus nudillos sucios hasta su antebrazo.

—¿Venías a buscarlo? —inquirí ante la falta de respuesta.

Nada.

—¡Dime! —exclamé con brusquedad, arrugando la hoja.

Nolan me puso las manos sobre los hombros y frotó en modo tranquilizador.

—Hey, sin alterarse —me advirtió.

—¿Eras uno de sus alumnos? —inquirí en un tono más calmado.

Pero Ax tampoco respondió, y empecé a desesperarme por su silencio.

Papá había sido profesor de filosofía en una importante universidad. El problema era que yo seguía alterándome cuando encontraba cosas de él. Mamá las había sacado y donado todas, y durante todo ese tiempo había sentido como si lo superara, pero ahora parecía regresar.

¡BAM!

Me levanté y me aparté del sofá. Me guardé la imagen en el bolsillo y me froté los ojos con frustración.

—Mira —suspiró Nolan, tomando mi lugar para hablar con Ax—. No sé si es que no quieres hablar o qué, pero si no cooperas no nos quedará de otra que llamar a la policía, quieras o no.

S T R A N G E © [Parte 1 y Parte 2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora