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La verdadera cosa de los ojos amarillos


Ax se estaba muriendo.

La cosa, que todavía lo sostenía, lo sacudía en intentos de hacerlo reaccionar. De nuevo, una corriente de preocupación me exigió tomarlo yo misma con mis manos, pero de igual modo la cercanía de eso que hasta hace un momento creí que era un enemigo no dejaba de producirme un terror intenso, un miedo que me hacía pensar que mi corazón dejaría de funcionar o que me asfixiaría. No podía mover ni un músculo. Estaba fría y paralizada.

—Joder, no me queda de otra... —pronunció la cosa al ver que Ax no reaccionaba.

De repente hundió una de sus manos —que tenía cubierta por un feo y sucio guante oscuro— en uno de los bolsillos de su gabardina. Sacó un largo tubillo de color blanco que de inmediato asocié con esas inyecciones de adrenalina que usaba la gente para tratar las alergias mortales. En un movimiento rápido, la cosa elevó la inyección y la clavó con fuerza en el pecho de Ax, justo por encima de donde debía estar su corazón.

Los ojos de Ax se abrieron de par en par apenas el líquido fluyó por su cuerpo. Las convulsiones se detuvieron al instante. En su ojo claro, una línea negra ondeó a toda velocidad y luego desapareció, algo que nunca había visto en él y que me dejó aún más atónita. No supe si ese era el efecto esperado, pero entendí que funcionó porque Ax se impulsó hacia adelante, apoyó los antebrazos de las rodillas y en una gran y sonora arcada expulsó un espeso, oscuro y grotesco chorro de vómito, justo como lo había hecho la sombra durante su pelea con la cosa.

Me quedé pasmada y horrorizada viendo cómo esa sustancia salía de su boca. Me pregunté si era posible que alguien normal vomitara algo así. Ni siquiera logré definir qué era. ¿Sangre? ¿Partes de la carne del brazo del rector?

A su lado, la cosa le palmeó la espalda.

—Eso... bótalo todo y no dejes nada —le dijo en un intento de ánimo.

Ax tosió, vomitó un poco más, tuvo otra arcada y luego se quedó muy quieto con la cabeza hundida entre las piernas, temblando y respirando agitadamente.

—Uf —exhaló la cosa con alivio—. Por poco te me mueres, amigo.

Amigo.

La pregunta salió de mi boca de manera automática y estupefacta:

—¿Qué?

La cosa alzó la cabeza. Esos ojos de pupilas amarillas e inyectados en sangre me observaron con fija curiosidad. Un montón de emociones extrañas e incomodas me hormiguearon sobre la piel. El miedo se intensificó. Ni siquiera sentí que fuera capaz de moverme en lo que restaba de vida. Muchísimas cosas horribles pasaron por mi mente en ráfagas asfixiantes, cosas que jamás me había detenido a considerar: maneras en las que iba a morir, maneras en las que iba a sufrir...

Pero la voz de la cosa, su postura, el hecho de que no me atacara no tenían relación alguna con mi miedo. ¿Por qué lo sentía tan fuerte?

—Pues que casi se nos va... —me aclaró con una divertida obviedad. Como me le quedé mirando con una intensa expresión de horror y desconcierto, él añadió—: o sea que casi estira la pata, suelta el último aliento, queda con la lengua afuera...

¿Era en serio?

—¡Lo entiendo! —solté de golpe en lo que casi fue un chillido—. Me refiero a, ¿son amigos?

La cosa volvió a mirar a Ax, que seguía en la misma posición, tosiendo como si fuera a vomitar más.

—Ah, sí, nos conocemos —asintió con rapidez.

S T R A N G E © [Parte 1 y Parte 2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora