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Chico extraño + chica extraña = ?

Hay alguien mirándote...

Desde el laberinto de aire...

Te vigila...

Y se desliza de nuevo hacia la oscuridad...

—¿Mack? ¿Mack? ¡Gracias al cielo despertaste!

Cuando abrí los ojos lo primero que vi fue ese espacio oscuro y vacío que había en el techo, cubierto por una rejilla, justo encima de mi cama. De acuerdo, estaba en casa, en mi habitación, rodeada de mis cosas. Por un momento creí que... bueno, ni siquiera me sentía muy orientada. Los parpados me pesaban y un ligero palpito en la cabeza me fastidiaba. Sentía el cuerpo cansado y un dolor más afincado se hacía notar en mi muslo izquierdo.

—¿Cómo estás? ¿Qué sientes?

La persona que me hablaba era mi madre. Estaba sentada en el borde de la cama con los ojos delineados cargados de preocupación. Llevaba ropa elegante, de trabajo, así que no pretendía estar en casa por mucho tiempo. Hasta allí me llegaba el olor de su perfume y lo único que me produjo fueron nauseas.

—Bien —me limité a responder. La voz me sonó seca, carrasposa.

—Déjame verificar eso —dijo alguien más con una manera de hablar cálida y ética al igual que su presencia.

Era el doctor Campbell, amigo de nuestra familia y encargado de las emergencias desde que tenía memoria. Era un hombre de cabello canoso, barba bien recortada y ojos pequeños pero amigables.

Se acercó y comenzó a examinarme. Me apuntó a los ojos con una linternita y luego procedió a tomarme la tensión. En ese momento me di cuenta de que tenía una intravenosa en mi brazo derecho y que una bolsa con un líquido transparente colgaba de un trípode a mi lado. No estábamos en una habitación médica, pero me sentí en una.

—Mack, fue un accidente muy peligroso —comentó Eleanor mientras tanto. Sus ojos alternaban con supervisión entre la intravenosa y los movimientos del doctor—. Te he dicho que no puedes conducir a tal velocidad, pero tú nunca obedeces. Campbell me explicó que pudiste... que pudiste...

Ella no logró completar la frase, y cuando en mi mente yo pronuncié la palabra "morir", me llegó el recuerdo de lo que había sucedido en la farmacia con Tamara. No fue tan claro, de hecho, se presentó como una detonación de imágenes fugaces y aturdidoras en mi cabeza:

Veneno...

Tamara...

Mucha sangre...

Una silueta en medio del camino...

El auto...

"Estoy en peligro".

—Si fue tan peligroso, ¿por qué no estoy en un hospital? —pregunté.

No quise sonar desconfiada a pesar de que eso era con exactitud lo que sentía. Ahora todo lucía diferente. Tenía una nueva y más cautelosa perspectiva de aquella casa, de mi situación y sobre todo de la mujer que estaba sentada en el borde de la cama.

—¿Crees que deberías estarlo? —me preguntó Campbell como respuesta, examinándome con esos ojos pequeños y cansados.

—Estoy en todos mis sentidos —aseguré.

—¿Te duele algo? —volvió a preguntar y se quitó el estetoscopio.

—Nada más la cabeza, pero no tanto.

S T R A N G E © [Parte 1 y Parte 2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora