En ocasiones tomamos decisiones pensando que sería lo mejor para nosotros.
Eso me pasó a mi.
¿Lo malo?
Pensé mal.
¿Lo peor?
No fue para nada bueno.
Creí que regresar al pueblo para ver por última vez el escenario donde se desarrolló la historia de amor que nunca olvidaré me ayudaría un poco a soltar por fin lo que no dejé en el pasado. Sin embargo, me di cuenta que estuve equivocada al pensar en eso. No, no puedo soltarlo, en cambio, ahora estoy más unida que antes a lo que quiero olvidar pero también recordar por siempre: Poché.
Ahora mismo me encuentro caminado por el centro del pueblo, viendo a las parejas reír mientras salen de una tienda de helados con sus brazos entrelazados haciéndome recordar las innumerables veces que venía con Poché aquí.
[...]
"—¡Calle, Calle!— su gritó fue lo que más se escuchó.
—¿Qué pasa?— tuve que detener mis pasos ya que Poché no avanzó más. Ella se quedó callada mientras fijaba su vista en mi cono. Oh, no.
—¿Me puede dar de tu helado?— me pidió con un puchero demasiado adorable para una persona.
—Poché...— susurré. Ella sabía que todo lo mío también es suyo, pero... el helado es sagrado.
—Por favor, por favor— ella juntó sus palmas.
—¿Y por qué no comes del que pediste?— le dije. Por todos los medios quería hacer que no me pidiera de mi delicioso helado.
—Es que se me antojó el tuyo...— respondió algo cabizbaja.
Dios, no puedo con esta mujer.
—Te tengo que querer tanto como para compartirte de mi nieve — bufé mientras estiraba mi mano para darle del cono. Ella alzó su rostro y pude ver como sus ojos brillaban a causa de mi acción.
—¡Gracias, gracias! Te amo mucho— sus labios impactaron en mi mejilla con cariño —Eres la mejor del mundo.
Yo giré mis ojos con mi sonrisa que aún no desaparecía. Poché se acercó nuevamente a mi solo para entrelazar su mano con la mía y me llevó hacía otra tienda del pueblo.
Estaba segura que yo iría a donde ella fuera. Nunca la perdería de vista.
[...]
Solo una vez no estuve a su lado y la perdí.
—Ah, debí venir en mi auto— me quejo al ver que falta todavía un gran tramo para llegar a la tienda de mis mejores amigas. Les prometí ir, así que ahora lo estoy cumpliendo.
Mi mirada baja solo para encontrarse con el reloj en mi mano derecha y, como lo pensé, está quieto sin mover ni un milímetro sus agujas y por más que quiera girar la cuerda me es imposible. Es como si solo estuviera construido para una función ¿y cuál es esa? Aún no la descubro.
¿Qué puede ser tan interesante en este reloj para llevárselo a Las Villas? Yo solo miro uno simple, común, normal; no le noto nada de raro o especial, aunque, pensándolo bien, ellas pueden encontrar la forma de repararlo y hacer que gire.
—Será mejor que lo guardes— doy un pequeño salto al escuchar la repentino voz a mi izquierda.
Giro a ese dirección y me encuentro a la misma pareja de trajeados, pero en esta ocasión ellos están montados en una bicicleta doble. Rosalind va enfrente y Robert detrás.
—Ustedes... ¿de nuevo?— mi voz sale con un tono de sorpresa mayor.
—Shhh— ella me interrumpe mientras posa su dedo índice en medio de sus labios —Te pueden oír, querida— su mano regresa a el volante de la bicicleta y me sonríe. Alzo una ceja confundida por lo que dijo. ¿Quiénes pueden escucharme?
—¿Por qué me están siguiendo?— les reclamo con un tono de molestia moderada. No entiendo porque de pronto aparecen en todas partes.
Rosalind mira sobre su hombro a Robert y su expresión es como si les hubiera dicho algo muy sorprendente.
—¿Nosotros? ¡¿Seguirte?!— Robert se expresa como si lo hubiese culpado del peor de todos los crímenes existentes para después reírse como si fuera el mejor chiste del mundo —No, te equivocas, nosotros ya hemos estado aquí antes— su respuesta fue más confusa que mi pregunta.
No dije nada más y sigo caminando por la acera. Ellos me siguen mientras pedalean muy despacio.
—Bonito reloj— su voz me desconcentra de lo que estaba haciendo: ignorarlos —Muy hermoso, tanto que todos deberían verlo.
—Pero debe esconderlo— Rosalind lo reprende dándole un codazo.
—Pero debes esconderlo— Robert masculla entre dientes mientras acariciaba su abdomen.
—¿Por qué...?— no me dejaron terminar mi pregunta ya que me interrumpen.
—Mira la hora que es— Rosalind le muestra su muñeca, donde no hay ningún reloj, a Robert —Debemos irnos.
—Tienes razón— él asiente con prisa. Los dos comienzan a pedalear con más rapidez y dan media vuelta —Recuerda, ¡debes esconderlo!— grita antes de verlos alejarse.
Los miro mientras doy pasos hacía atrás y, antes de poder girar mi cuerpo, alguien choca con mi espalda haciendo que el reloj cayerá de mi mano
—¡Ey!— exclaman al momento de escuchar papeles cayéndose al suelo.
—¡Perdón! Déjame ayudarte— me arrodillo junto a él mientras recogemos todas las hojas. Me doy cuenta que la mayoría son de la iglesia —¿Eres sacerdote o algo así?
Él alza la mirada para posarla en mí: —No, soy un misionero— me sonríe avergonzado —Creo que se nota un poco que pertenezco a la iglesia, ¿no? —asiento con mi cabeza.
Después de acomodar todos sus papeles, él se levanta menos preocupado.
—Gracias por la ayuda, sino hubiera sido por ti seguro me tardaba más, eso llevaría a que seguramente el sacerdote me liquidara— ríe con algo de nerviosismo. Su vista apunta algo detrás de mi y veo la iglesia del pueblo. Guau, no la vi cuando pase por ahí.
Después de unos segundos recuerdo algo, así que cierro mi mano notandola muy vacía. Maldición.
—El reloj— murmuro mientras comienzo a buscar desesperadamente por todo la acera hasta encontrar lo que busco —Está aquí— suspiro aliviada y me agacho para recogerlo.
—¿Eso es...?
—Un reloj— se lo enseño. Me di cuenta de la expresión de sorpresa que hizo al verlo —¿Todo bien?
—S-sí, todo bien— sus ojos no se despegan de el así que lo guardo un poco insegura por su cambio de actitud —Perdón, me tengo que ir— pestañea muchas veces, como si acabara de ver un fantasma —Mucho gusto en conocerte...
—Daniela— acompleto la oración y sonríe.
—Bonito nombre, Daniela— confiesa —Larry, mucho gusto. Bueno, de nuevo gracias por la ayuda, pero ahora me tengo que ir. Adiós— se despide para comenzar a caminar hacia la iglesia.
Yo le sigo con la mirada hasta que observo como se detiene en la entrada y un hombre mayor comienza a regañarlo. Larry solo asiente con su cabeza y los dos entran a la capilla.
Es hora de emprender mi marcha.
[...]
—¡Hola, hermosa!— Laura me abre la puerta euforicamente y me deja pasar a su tienda de artilugios.
—¡Ey, Calle! ¿Cómo estás?— Lucía está detrás del mostrador con una gran sonrisa —¿Cómo despertaste?
—Bien, aunque me caí de la cama— respondo y ellas ríen.
—Ven, siéntate— nosotras tres tomamos asiento en una mesa en la habitación de al fondo donde ellas toman un descanso durante el día.
Después de que nos hayamos servido una bebida, hablamos un poco de cómo nos ha ido la mañana, pero al final llegamos al tema que tanto queremos hablar.
—Este es el diario— lo dejo sobre la mesa y ellas se le quedan viéndo sorprendidas.
—Guau, realmente no sabía de su existencia— Laura admite y Lucía asiente dándole la razón —¿Esto lo escribió Poché?
—Sí— respondo. Laura lo comienza a leer junto con Lucía. Después de unos segundos ellas se ven algo confundidas.
—¿Qué pasa?— les pregunto al ver sus miradas cómplices.
—La letra de aquí dudo que sea la de Poché— dice Laura con inseguridad dejándome sorprendida.
—¿Qué?— exclamo sorprendida —Es de ella, la encontré en sus cosas. Hasta el reloj estaba ahí— ahora eso lo pongo arriba de la mesa —Este maldito reloj que no gira— murmuro.
Laura sigue leyendo el diario y Lucía se acerca tomando el reloj.
—Es muy hermoso. ¿En serio lo encontraron en el bosque?— pregunta y asiento —Nunca he visto este modelo, parece que es un reloj único o de ediciones limitadas— ella está fascinada viéndolo —¿Segura que no gira?— mi mandíbula cae al verla girar la cuerda y como las manecillas se movían de lugar.
Eso no puede estar pasando.
—¡¿Qué?! Espera, déjame intentarlo— se lo arrebato y repito su acción. Imposible, ¿ahora si se mueve?
—¿Te encuentras bien? Estás palida— Laura me mira desde su lugar con el diario de Poché todavía en sus manos.
—Claro que sí— me siento de nuevo y dejo caer mi cabeza sobre la mesa. Todo este asunto me está estresando más de lo debido.
—Miren esto— escucho a Laura esta vez. Oh, no, ¿otra cosa más? —Es lo que paso el 26 de Marzo del 2014— mi vista se dirige a ella cuando la oigo decir eso.
—Todavía recuerdo cuando entraron a la casa apuradas y... espera, Calle, ¿alguien las estaba siguiendo?— Lucía me mira con el ceño fruncido.
—Paren un poco— me levanto de nuevo de la silla y las miro fijamente —¿De qué hablan?— pregunto y Laura me extiende el diario. Lo tomo entre mis manos y comienzo a leer.
27 de Marzo del 2014
Diario #145
Hoy fue un día demasiado raro. Después de haber tenido una charla con Calle (que quiero olvidar por todos los medios sobre que fue) íbamos caminado por la calle en la noche, de repente aparecieron dos personas extrañas y habían más en el bosque, me dió tanto miedo que decidí correr junto a ella hasta llegar a la casa de Laura y Lucía. Pasamos la noche ahí, aunque yo no pude dormir gracias a eso que comenzó a atormentarme. Hace tres días que siento como si alguien me siguiera, ¿esas personas tendrán algo que ver con ese sentimiento? No lo sé, pero ahora comienzo a tener miedo.
No puedo estar leyendo esto, es tan irreal. Cuando descubrí el diario no tenía esta entrada, nunca habló sobre ese día, ¿por qué ahora después de ese sueño aquello está escrito?
—Un momento. ¿Recuerdan esto?— señalo la página del diario. Las dos asienten.
—Si, estábamos durmiendo cuando ustedes comenzaron a tocar la puerta como dementes. Ese día nos dijeron que las estaban siguiendo unos perritos— Laura se cruza de brazos molesta —¿Por qué no mintieron?
En este momento mi cabeza empieza a dar vueltas causando que sintiera un dolor punzante.
—M-me tengo que ir...— balbuceo tomando el diario y el reloj en mis manos. Me siento muy mal y mareada.
—Calle, ¡Calle! ¿Estás bien?— Lucía me ve muy preocupada.
—Sí, solo...— cierro mis ojos tratando de respirar —N-necesito aire— digo antes de salir casi corriendo del lugar.
De un momento a otro siento como si estuviera ahogándome allí adentro, no podía seguir.
Mientras camino voy chocando con todas las personas que vienen en sentido contrario al mío. Solo puedo decirles un "disculpa" mientras ellos avientan groserías al aire. No les hago caso y continúo.
No sé a donde me llevan mis pies, ni sé donde estoy, todo lo miro muy borroso y la falta de aire es persistente. Siento como si hubiera pasado horas caminando porque todo mi cuerpo lo siento cansado y débil. No quiero seguir pensando en eso o viviendo esto. Mis ojos comienzan a cristalizarse y me dejo caer de rodillas en un montón de hojas. Mi cuerpo se desploma mientras me hago bolita.
—Poché...— sollozo.
Te necesito tanto; no sé como he sobrevivido cinco años sin ti; no sé como vivo sin ti. No puedo seguir viviendo sin ti.