6.2 La verdad y nada más que la verdad.

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Todo había empezado varios años atrás, un día muy lluvioso. Quizás fuese invierno. U otoño. O quizás un día de primavera. Quién sabe. Nadie lo sabía con exactitud. Tampoco tenía demasiada importancia. Devian había salido por la mañana temprano, como todos los días, desde hacía ya unas cuantas semanas a buscar algo que llevarse a la boca. Se dirigió al centro de la ciudad. En el mejor de los casos, alguien (posiblemente un extranjero) se apiadaría de aquel niño de ocho años con cara de cachorro abandonado y le compraría tanto comida como el chico quisiese. Después, esa persona insistiría en llevarlo a una comisaría para buscar a sus padres. Todos, inocentes de ellos, creían que el chico se había perdido y no que vivía solo en la calle. En el peor de los casos, lo  llevarían a una comisaría a la fuerza, pero sabía que sería capaz de escaquearse, tal como lo había hecho cientos de veces; o tendría que alimentarse de la comida del contenedor de la parte trasera de algún restaurante. Con aquello, había aprendido que la gente desperdiciaba mucha comida: yogures, frutas en perfecto estado, latas de conservas algo abolladas pero que eran aptas para el consumo… Si buscabas bien te podías dar un gran festín.

Aquel día no había tenido suerte; tendría que apañárselas con lo que le había dado el día anterior un turista irlandés. Se sentó en el portal de un edificio a darle pequeños mordiscos llenos de avaricia a la barrita energética que tenía entre sus manos.

Cuando le quedaba menos de la mitad de aquella barrita una niña captó su atención. Era muy baja y tendría más o menos su edad. Llevaba un gran abrigo rosa a juego con el lazo que tenía anudado en su pelo marrón. A cuestas llevaba una pequeña mochila en forma de animal de peluche. Estaba quieta, con el rostro bañado en lágrimas, parecía que estaba desorientada, como si no reconociese nada de lo que la rodeaba. El niño, compadecido de ella, había decidido acercarse a ofrecerle ayuda, pero esta echó a correr antes de que empezase a caminar hacia ella. Pensó que pronto encontraría a sus padres y que todo se solucionaría, se olvidó de lo sucedido en breve. Otro niño perdido en una gran ciudad, tampoco era algo tan poco común, ¿no?

Al día siguiente volvió a ver a la niña, un poco más desaliñada que al día anterior, pero parecía estar perfectamente; ya no lloraba y no parecía tan desorientada. ¿Todavía no había encontrado a su familia? ¿Cómo era posible que nadie la hubiese buscado en todo ese tiempo? Entonces, se le pasó una idea por la cabeza: ¿Acaso se había escapado de un orfanato como lo había hecho él?

Los días pasaron, uno tras otro, sin prisa. Devian seguía viendo a la niña todos los días, aunque esta al ver que un niño desconocido la estaba observando huía. No fue hasta dos o tres semanas más tarde cuando consiguió hablar con ella. La había encontrado dormida en un callejón, escondida detrás de un montón de cajas de cartón. Aquella chiquilla no encajaba en aquel lugar mugriento, tan pequeña, tan indefensa. ¿Acaso sus padres habían sido tan despiadados como para dejarla tirada en la calle? ¿Por qué no había acudido a alguien para que la ayudara? La despertó delicadamente. Esta hizo un ruido de desaprobación a medida que se despertaba. Cuando lo vio por primera vez, no hizo amago de huir, sino todo lo contrario, parecía feliz de tener compañía. Algo que a Devian no le extrañaba.

La chiquilla no entendía que había pasado, recordaba estar en un sitio y repentinamente, despertarse en aquella ciudad, sola. Por eso parecía tan desorientada el primer día que la había visto, no sabía por qué ni cómo había llegado allí. No sabía si tenía familia, quienes eran sus padres, si tenía hermanos… No sabía nada. Nada, excepto que no podía confiar en nadie más que en ella misma. Al menos, eso era lo que le repetía una voz melodiosa en su cabeza. Una voz conocida en el olvido.

Él intentó consolarla, darle apoyo, aconsejarla. Claro está, que lo hacía lo mejor que podía hacerlo un niño de ocho años. A veces era muy difícil ayudarla, ya que no podía saber que se sentía al estar en su situación, ni quería saberlo.

Ángeles de hieloDonde viven las historias. Descúbrelo ahora